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¿Qué es una dictadura y por qué nos hacen falta en pleno siglo XXI?

El uso y abuso del vocablo dictadura para describir erróneamente a todo gobierno que no nos agrade está tan difundido, que amenaza de vaciar de contenido una de las nociones más significativas de la ciencia política. En las próximas líneas explicaremos qué es una dictadura y sus diferencias con la noción de cesarismo.

En las páginas de nuestra historia política, encontramos personajes tan polémicos que aún décadas después de su muerte siguen despertando pasiones a favor y en contra.  Se les tilda de dictadores debido a su forma cruenta y rigurosa de gobernar, pero ello no significa que lo hayan sido.

Hombres como Joseph Stalin, Fidel Castro, Mao Zedong, Idi Amin y Pol Pot tienen todos algo en común: no fueron dictadores.

Acólitos alegres por obligación, culto a la personalidad desmedido, crueldad sin motivo... Stalin definitivamente no fue un dictador.

Acólitos alegres por obligación, culto a la personalidad desmedido, crueldad sin motivo… Stalin definitivamente no fue un dictador.

Concepciones erradas

Para algunos analistas, carentes de formación histórica claro está, la dictadura constituye la forma de gobierno opuesta a la democracia, esto porque mientras la primera se basa en la coacción de un individuo o élite, la última se fundamenta en el consenso  mayoritario.

El primer error que arroja la definición antes expuesta, radica en que la dictadura no es una forma de gobierno, es una magistratura extraordinaria. Las formas de gobierno hacen referencia a la configuración de los ejes decisores dentro del Estado. Por ejemplo, una federación (forma de Estado) puede tener un gobierno parlamentario (forma de Gobierno) dada la preeminencia del poder legislativo en la toma de decisiones.

Max Weber definió al Estado como el monopolio legítimo de la violencia, lo que implica que en cualesquiera que sean las configuraciones del gobierno, siempre estará presente el elemento de lo coercitivo. Esto porque la relación entre el gobernante, legítimo o no, y el gobernado es de obediencia. El poder radica precisamente en la capacidad de imponer la voluntad de quién lo ejerce, esta voluntad puede ser el fruto de una decisión autocrática así como también del consenso democrático. Por lo tanto, en las democracias también hay coacción.

Y por el último pero no menos importante, la dictadura surge como una técnica de gobierno para la manutención del orden y la libertad en épocas de crisis, siendo su eje central la preservación del bienestar colectivo.

Sin saberlo, los detractores de Augusto Pinochet respaldan su obra al calificarle de dictador.

Sin saberlo, los detractores de Augusto Pinochet respaldan su obra al calificarle de dictador.

La dictadura clásica

Durante la república romana, los ejes centrales del poder descansaban en un complejo pero equilibrado sistema compuesto principalmente por el Senado y la diarquía consular.

Mientras el Senado, constituido por los pater familias más distinguidos, se encargaba de crear las leyes y tomar las decisiones cruciales para la República, la aplicación de las mismas era responsabilidad de dos magistrados llamados cónsules,  quiénes estaban revestidos de la potestas necesaria para ello.

Tal configuración del poder tenía una desventaja, la imposibilidad de una toma de decisiones rápida debido al proceso de discusiones y debates dentro del Senado. Algo que resultaba contraproducente en épocas de crisis. Para resolver esta falla, el Senado instituyó una “sabia invención”, la magistratura extraordinaria de la Dictadura.

La dictadura fue una magistratura nombrada a petición del Senado, que revestía temporalmente a uno de los cónsules con poderes ilimitados e imperium, de modo que pudiera tomar y ejecutar las decisiones necesarias para acabar con las amenazas internas o externas que asechaban a la República.

Dicha magistratura podría ser convocada para hacer la guerra o llevarla a buen término, reprimir rebeliones internas, solventar emergencias producto de catástrofes naturales o incluso auspiciar grandes ceremonias y festividades político-religiosas. Su duración por lo general era de seis meses, que podrían ser prorrogables si la situación lo ameritaba. El dictador debía renunciar a sus poderes extraordinarios una vez se solventara el episodio excepcional, así lo hubiese logrado antes del plazo establecido.

Orígenes de la dictadura romana

Según la tradición histórica,  el cónsul Tito Larcio Flavio ejerció por vez primera la dictadura en el 498 a.c. para repeler la invasión que la Liga latina preparaba contra Roma. Apenas habían transcurrido diez años después de haber expulsado a Tarquinio el Soberbio, último rey de Roma, cuando ya la curia romana invocaba la necesidad de un gobernante con poderes absolutos, paradójicamente para defender su libertad.

El rey Tarquino abusó de sus atribuciones y ejerció de manera despótica el poder que había usurpado al asesinar a su predecesor. Su yugo fue tan terrible para la ciudadanía romana, que una vez le derrocaron, se instituyó la pena de muerte para cualquiera que intentara reinstaurar la monarquía.

Aunque ostentó el título de rey, un juicio más apegado a la realidad política situaría a Tarquino como tirano, dado que sus acciones desde el poder respondían a sus apetencias personales, y no al bienestar general. Una vez depuesto, se unió y dirigió a los latinos para acabar con la recién fundada República romana, en un último intento de retomar su dominio.

Para los antiguos la guerra era mucho más que la ultima ratio de la diplomacia, se le tenía como un elemento omnipresente que arrojaba sobre las ciudades la suerte de la gloria o el oprobio. Permitir que las murallas perecieran ante las tropas invasoras, significaba en la mayoría de los casos el espolio de las riquezas, el ultraje de las esposas y la imposición de la esclavitud sobre los ciudadanos.

Se prefería morir en combate antes que terminar como siervo en tierras lejanas. Por lo que el ultimátum de Tarquino estaba impregnado de una gravedad incuestionable.

Ante tal amenaza Tito Larcio Flavio fue nombrado dictador, quién tenía como propósito defender la República, un gobierno basado en el no sometimiento de sus ciudadanos y la práctica de las virtudes. El dictador debió organizar la sociedad de manera rigurosa para disipar el desorden producto del pavor inspirado por el enemigo, y asegurar la victoria. Por lo tanto, la esencia de la dictadura es la defensa de la libertad frente a la tiranía.

La dictadura de Cayo Julio César roza el nivel de legendaria.

La dictadura de Cayo Julio César roza el nivel de legendaria.

La dictadura como técnica del gobierno para la preservación del orden y la libertad comprendía ciertas características muy precisas al momento de ejercerse. Los poderes absolutos tenían como linderos su temporalidad y la obligatoriedad de apegarse a las leyes de la República. El dictador era ejecutor, no legislador.

En los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Nicolás Maquiavelo sostiene que la institución dictatorial benefició  a la república romana:

Ni el nombre ni el cargo de dictador hizo sierva a Roma sino la autoridad de que se apoderaron algunos para perpetuarse en el poder. […] Y es notorio que el dictador, cuando llegó a serlo por legal nombramiento y no por autoridad propia, siempre hizo bien a Roma. Perjudican a las repúblicas las magistraturas creadas y la autoridad concedida por procedimientos extraordinarios; pero no si lo han sido conforme a las leyes.

El arquetipo romano de dictador se encuentra en la figura histórica de Lucio Quincio Cincinato, un patricio amante de la actividad bucólica, que ejerció la dictadura en dos ocasiones. Devolvió en ambas oportunidades los poderes excepcionales apenas habiendo solventado los siniestros, sin siquiera aceptar los honores en agradecimiento ni haber intentado la prolongación de sus mandatos. Siempre regresó al campo a arar sus tierras. Es la encarnación del espíritu cívico.

La ciudad de Cincinnati, EE.UU, honra con su nombre al patricio Cincinato.

Sila y César, dictadores soberanos

A pesar de haber definido a la dictadura como una magistratura extraordinaria, existen casos que rompieron con el molde y establecieron un patrón completamente diferente a la acepción tradicional de dictadura. Estas dictaduras son las de Lucio Cornelio Sila y Cayo Julio César.

Lucio Cornelio Sila fue un influyente patricio y estratega militar, que se destacó por sus imponentes victorias en las campañas contra Numidia, los Cimbrios y los teutones. Pertenecía a los optimates en el senado romano, una facción elitista que preponderaba las tradiciones y el juicio de los aristócratas por encima de las opiniones de la plebe.

Tras un cruento período de guerras intestinas producto de sus diferencias con los partidarios de Cayo Mario, el legendario y popular “tercer fundador” de Roma; Sila es nombrado dictador, invocando la necesidad de imponer el orden mediante la disciplina, además de combatir los alzamientos del populacho, el irrespeto a las costumbres y en general la decadencia en que Roma se encontraba sumida.

La dictadura silana logró efectivamente regenerar la sociedad romana, pero a través de mecanismos nunca antes usados por la magistratura dictatorial: se dio a sí mismo poderes legislativos, y estableció la temporalidad indefinida. Según sus propias disposiciones, sería dictador durante todo el tiempo que requiriese para ordenar a la República.

Para acabar con los enfrentamientos y las discordias civiles, se publicaron listas de proscritos. Cientos de funcionarios populares fueron ejecutados junto con sus partidarios, a otros se les confiscaron sus propiedades y se les negó la ciudadanía. Con la sangre de los enemigos del orden, se limpiaron las calles de Roma.

Sila gobernó como dictador durante casi dos años, desde el 81 a.C. al 80 a.C.  Luego de reformar el orden jurídico romano y asegurar la continuidad de las instituciones republicanas, renunció a los cargos públicos y se retiró voluntariamente. Murió en el 78 a.C. en su villa de retiro, donde pasó sus últimos días escribiendo, organizando fiestas y lidiando con su enfermedad.

Dictadura comisaria y dictadura soberana

Según la clasificación de Carl Schmitt sobre las dictaduras, podríamos calificar a la de Sila como una dictadura soberana, mientras que el modelo tradicional planteado por las primeras dictaduras romana entraría en los límites de las dictaduras comisarias.

Podemos aclarar este punto citando Die diktatur, obra del jurista alemán:

Cuando la omnipotencia del dictador descansa en el apoderamiento otorgado por el órgano que existe y actúa conforme a la Constitución, se produce la dictadura comisaria.

Cuando por el contrario, se quiere eliminar la ordenación existente, y se apela no a la constitución en vigor sino a otra cuya implantación se propone, puede hablarse de una dictadura soberana.

La dictadura de Cayo Julio César también tuvo la particularidad de gozar de poderes legislativos, pero además se fue al extremo de declararse vitalicia ante la imposibilidad de mantener el orden por los canales institucionales de su época.

Más que un capricho, César fue el producto de las necesidades orgánicas de la sociedad romana ante la amenaza de desintegración. La figura del hombre fuerte se impuso por sobre la ley, pero siempre con el afán de mantener la armonía entre los ciudadanos y la rehabilitación de la felicidad pública. Es la respuesta de emergencia que arroja el cuerpo social ante su propia decadencia. A pesar de su ilegalidad, goza de legitimidad.

Desde luego, calificar a la dictadura silana de soberana es un atrevimiento nuestro. Schmitt coloca como ejemplo de Dictadura Soberana, la ejercida por la Convención Nacional de París (1792): dado su afán de transformar por entero el status quo, llegó a convertirse en un organismo omnipotente carente de ley o limitación.

Con el tiempo, sus dirigentes indigestos en ideologías abstractas degeneraron en tiranía, desembocando en el Régimen de Terror, puesto a su fin por el golpe de Estado del 18 de Brumario (9 de Noviembre de 1799), encabezado por Napoleón Bonaparte, lo que le hizo valedero del título “salvador de la Patria”.

Napoleón aprovechó su prestigio militar para instaurar una dictadura, que con el tiempo mutó en monarquía.

Napoleón aprovechó su prestigio militar para instaurar una dictadura, que con el tiempo mutó en imperio.

Cesarismo

El estilo de gobierno personal, absoluto, supranormativo, indefinido y centralizador, pero a la vez legítimo por sus fines integradores, tiene el nombre de Cesarismo. A pesar de sus semejanzas con la dictadura, se convierte en una forma de gobierno que por lo general goza con el respaldo de la sociedad debido al prestigio heroico de sus conductores. No debe confundirse con dictadura.

Los césares son hombres que doblegando a Fortuna a través de la fuerza y la astucia, imponen su dominio. El virtuosismo de ellos radica en su papel frente a la historia: la disciplina que imponen es un mal necesario para acabar con los disturbios, las sediciones, el espíritu de facción y en general los obstáculos para el desarrollo social.

Tras las guerras de independencia en hispanoamérica, surge el fenómeno conocido como caudillismo, una reminiscencia del sistema feudal por estar basado en la lealtad a algún señor. La diferencia estriba en que sus actores pueden compartir el mismo estrato social, por lo que la obediencia no es definida por la nobleza, sino por el carisma y la fuerza bélica.

Esta solidaridad mecánica entre tropa y caudillo trasciende hasta constituirse en una forma política propia de los países con llanuras, definida como Cesarismo Democrático por el sociólogo y político venezolano Laureano Vallenilla Lanz (1870-1936). Para Vallenilla Lanz el césar democrático representaba un personalismo institucionalizador, un fenómeno necesario para ordenar el panorama irregular que nos legaban décadas de guerras intestinas.

Dicha noción la toma del positivismo francés, al ser esta la categoría empleada para referirse al gobierno de Napoleón III.

Reproducimos una de las definiciones de Cesarismo Democrático, encontrado en la obra de mismo nombre autoría del intelectual venezolano:

El César democrático, como lo observó en Francia un espíritu sagaz, Eduardo Laboulaye, es siempre el representante y el regulador de la soberanía popular. “Él es la democracia personificada, la nación hecha hombre. En él se sintetizan estos dos conceptos al parecer antagónicos: democracia y autocracia”, es decir: Cesarismo Democrático; la igualdad bajo un jefe; el poder individual surgido del pueblo por encima de una gran igualdad colectiva.

Fiel en que sus convicciones políticas coincidían con sus posturas sociológicas, Laureano Vallenilla Lanz se convirtió en el principal ideólogo del General Juan Vicente Gómez, gobernante de Venezuela desde 1908 hasta 1935.

Fiel en que sus convicciones políticas coincidían con sus posturas sociológicas, Laureano Vallenilla Lanz se convirtió en el principal ideólogo del General Juan Vicente Gómez, gobernante de Venezuela desde 1908 hasta 1935.

La dictadura como necesidad contemporánea

La noción de dictadura evoca una institución excepcional, que situándose más allá del Estado de derecho, le preserva. Involucra un accionar político absoluto, necesario en época de crisis, que impone sobre la anomía la rigurosidad tempestiva del orden. Su validez estriba en ser el último recurso ante la inminencia del desorden o de la tiranía.

De modo que ante la injusta arbitrariedad, es erróneo el uso del vocablo dictadura. Como ya hemos revisado a través de la historia, el ejercicio de la institución dictatorial responde siempre al fin legítimo de preservar la estabilidad política, la libertad y la felicidad pública.

A sabiendas que hoy en día abundan los regímenes ilegítimos, sugerimos el uso de la voz tiranía para designar los gobiernos unipersonales que sacrifican el bienestar colectivo en aras de acrecentar las riquezas y satisfacer las apetencias del gobernante. Para las asociaciones nefastas que desde el poder atentan contra la sociedad, oligarquía resulta igual de válido.

El pensamiento político contemporáneo conserva vestigios de la dictadura clásica. La mayoría de las constituciones admite una configuración estatal excepcional que lleva por nombre Estado de excepción. La excepción puede ser invocada por la jefatura de Estado en momentos de emergencia económica, desastres naturales, crisis políticas, alzamientos militares y guerra. Es decir, cualquier situación extraordinaria que atente contra la preservación del Estado y sus instituciones. Todo sea en nombre del bienestar general.

El problema con la excepcionalidad en nuestras sociedades, radica en la incapacidad de asegurar el bienestar colectivo cuando quiénes pretendan ejercerla pertenecen al séquito de malhechores que atenta contra la felicidad pública. Ergo, moralmente es inviable una dictadura de corruptos, tal aberración se constituiría como una simple tiranía, en cuyo caso, cada ciudadano estaría en la obligación de desacatar sus mandatos.

Getulio Vargas siendo civil ejerció la dictadura en Brasil.

Getulio Vargas siendo civil ejerció la dictadura en Brasil.

Hoy nuestras sociedades están plagadas de terribles enfermedades sociales: la corrupción no se limita a la desviación de recursos, sino que además hace a los gobernantes cómplices de los delincuentes. Los titulares en hispanoamérica con razón señalan indicios cada vez más alarmantes, de cómo importantes funcionarios pertenecen a poderosas redes de narcotráfico, o financian la labor de guerrillas y bandas criminales.

También es común en plena globalización el surgimiento de organizaciones supranacionales, que posicionando sus tentáculos en los ejes del poder político, influyan de forma subrepticia en la clase política de nuestras naciones y amenacen con demoler nuestra independencia.

Con este sombrío panorama, no sería insensato suponer que ante la incapacidad de las instituciones habituales de aplacar con los males públicos, la severidad dictatorial podría restituir la dignidad y libertad de nuestra ciudadanía.

Imagínese que, por una decisión soberana, todos aquellos corruptos que en otrora se consideraban intocables, hoy tengan que comparecer ante un pelotón de fusilamiento.

El proceso de regeneración necesaria en nuestras realidades, podría partir de una dictadura cívica, de valores y principios, que arrase con las rémoras que impiden la evolución social y nuestro crecimiento personal. Que logre sentar las bases para el desarrollo de la cultura política, y que juiciosa prepare el camino de la civilidad.

Acerca de Manuel De La Cruz

Licenciado en Ciencias Políticas, amante de la historia y el debate. Me agradan los temas oscuros y las lecturas rebuscadas. Preferiría no tener que asistir al funeral de occidente.
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