Por Manuel De La Cruz

«Y cuando, por otra parte, veo los famosos hechos que nos ofrece la historia […] ser más admirados que imitados o de tal manera preferidos por todos que apenas queda rastro de la antigua virtud, no puedo menos que maravillarme y dolerme» Nicolás Maquiavelo.

Conocemos a los reinos antiguos por las ruinas que legaron. Colosos pétreos de dioses proscritos, ídolos rotos y olvidados. Columnas que ambicionando al cielo cubren sus fustes de escenas épicas.

Dioses, legiones, héroes y amantes forman un crisol de luces y trágicas sombras. ¿Qué otro sentimiento queda en nosotros si no la medrosa admiración por los titanes que nos precedieron? La emulación.

La historia como ciencia no escapa del principio teleológico aristotélico, tiende hacia un fin que es un bien. Del mismo modo, las apoteósicas estructuras que desafían las leyes físicas y conmueven al espíritu evocan un antiquísimo sentido de virtud.

Los patricios romanos erigieron monumentos en honor a las aristas de la sociedad, inspirados por un sentido ulterior a lo estético, la exégesis histórica de la acción. Quinto Ennio resume «Roma vive por sus costumbres antiguas y su heroicidad». El horizonte latino desgarrado por estatuas tenía su fin: promover la heroicidad como virtud ciudadana.

El cuerpo social que no ejercita su grandeza, terminará por marchitarse. Por cuerpo social, me refiero a los pueblos, tribus, principados, repúblicas, reinos, imperios, naciones y demás formas en que nuestra común unidad de destino se manifiesta y manifestará. Hoy el Estado-nación es paradigma, ¿pero hasta cuándo? Toda gran empresa histórica requiere de una venturosa voluntad de peligro, afán claudicado por la generación contemporánea.

Las sociedades bolivarianas creadas por Eleazar López Contreras en Venezuela perdieron su rumbo con el advenimiento democrático. La cátedra bolivariana degeneró en culto posrevolucionario que magnificando el mito heroico atrofia la sana conciencia.

En su Genealogía de la moral, Nietzsche denuncia el derrotero suicida de la conciencia culposa, argucia asceta que mancilla al hombre. La conciencia buena o culposa, domestica la voluntad de poder primigenia y le vuelca contra sí. La paradoja de la moderación in extremis engendra la raza ovejuna de nuestro tiempo más pavloviana que homérica.

Al abandonar el altísimo sentido teleológico de la virtud en la vida republicana, las formas degeneran en un triste teatro de sombras, de allí, que podamos denunciar con total acierto que Venezuela jamás gozó de una auténtica vida republicana fuera de la guerra civil de Independencia. Con la disolución de la cadavérica institucionalidad monárquica, caída en decadencia y abandonada por la dinastía borbónica; un caos primordial y fértil cabalgó indómito por la hispanidad entera.

Como el dictum hegeliano, que corona a Napoleón con el título de el espíritu de Europa a caballo; el raudo galopar de Belona unge con laureles a los conquistadores convertidos en libertadores, son estos quiénes encarnan al espíritu de la hispanidad desbordada, sin cause ni lindero.

Semejante inundación arrastró consigo las represas de la civilidad heredada. El riego de la sangre hace la tierra más fértil de cara al destino histórico. La gesta guerrera sublimó al plano cósmico las voces rectoras del cataclismo. Licurgo y Escipión están allí, legislando con la espada junto a los próceres.

Próceres, estamento de aristas, notables, fanales de la sociedad. El prócer como figura heroica pero también mediata. Es un título conquistado, no una referencia inalcanzable. El respeto por los próceres, aquellos remanentes de la heroicidad clásica, se fundamenta en la premisa de reavivar los impulsos antiquísimos que habilitan semejante canon.

El prócer rompe con la medianía de la mediocridad social, no se ajusta a temperamentos tibios. Desafía todo convencionalismo poseído de la inspiración sobrenatural de sus ancestros. Encarna la virtud del patriotismo, declama las voces de una tradición primigenia tan antigua  que se nos hace nueva. Irrumpe el panorama como explosión de fuego, sangre y espíritu. El prócer es la columna de este templo llamado Patria, en sus capiteles dorados la promesa del futuro propio.

Son hombres, que rindieron pleitesía a la senda del sacrificio. Por ello sus apellidos nombran nuestras calles, y vemos sus efigies en las plazas de la ciudad. Se manifiesta en cada estatua una dimensión celeste de lo estético, la belleza atemporal de la guerra.

Estas estatuas están allí, como testimonio de la capacidad creadora de la tierra. Es registro de una cosecha de superhombres. ¿Silentes? ¡Nunca! Fija tu mirada al pétreo perfil de alguno de estos seres épicos, y desde el pedestal susurrará: «así fuimos, así somos». Del memento mori al memento gloriae.

¡Recuerda la gloria! No para subyugar nuestra existencia al de ilustres escribas, que encienden velas a ídolos muertos. ¡No! Recuerda la gloria, con afán de grandeza.

Si fuese necesario habría que hacer mano del martillo filosófico, y emprender una cruzada iconoclasta contra toda estatua ecuestre. ¿Acaso tendremos que derrumbar al Bolívar a caballo, para recordar por qué le erigimos?

Los próceres en ningún caso deben ser el non plus ultra que el bolivarianismo sectario y malintencionado pretende. No son bóveda celeste dispuesta para limitar el espíritu humano. Son recordatorios de lo que con gallardía podemos llegar a ser, no son destinos finales sino senderos. Los titanes de piedra están allí, para que inspirados por sus vidas, asumamos el reto temerario de emular semejante genio. ¡Jamás para reptar bajo su sombra!

Si en verdad, tal y como rezan las historias oficiales, todo prócer quiso lo mejor para sus compatriotas, estarán desde sus moradas atemporales orgullosos de cada heredero del linaje heroico. Tal como Julio César cabalgó tras el rastro de Alejandro Magno, queda en nosotros la decisión de cruzar el Rubicón en pos de la odisea más influyente de nuestro tránsito vital: aquella de la que podemos ser parte. Será por ello que César de Borja signó su espada «aut caesar aut nihil».

Algunos profesores de primeros saberes reclaman la necesidad de bajar a Bolívar del caballo, temo, luego no haya quien cabalgue la bestia.

Mi aversión al culto bolivariano, y cualquier otra exaltación pseudoreligiosa de figuras laicas, está en las antípodas del antibolivarianismo kitsch desarrollado por Manuel Caballero. El problema no radica en el mito como elemento forjador de la idea nacional, o de las conclusiones autoritarias tras una lectura extemporánea del pensamiento bolivariano. Tampoco juzgo el sentido parricida de la rebelión o si se trató de una conjura masónica. Esas son trivialidades. La auténtica amenaza del culto a los Próceres está en confundirlos con seres fantásticos inalcanzables.

La más hermosa promesa que nos lega la tradición católica con respecto a la santidad, es la posibilidad que todos tenemos de llegar a ella. El santo no solo es divino intercesor, también constituye un modelo conductual. De modo semejante, no debemos rehuir de la heroicidad, en su lugar, asaltemos el panteón y hagamos nuestra la epopeya.

Honorable lector, escucha el llamado olímpico. Debemos decidir entre emular a los héroes, o reptar a la sombra de los próceres.