Por Alberto Zambrano

Nadie conoce el número de víctimas que dejó el Gulag soviético. No se puede determinar con exactitud la dimensión de esa barbarie, y a diferencia de otros tristes episodios de la historia, nadie pierde su carrera académica si revisa o proyecta un mínimo o un máximo total de muertes. Si se observan las peculiaridades de la Unión Soviética y la represión estalinista, se puede notar que desde la génesis de la revolución roja, la violencia fue su principal motor.

La revolución comunista rusa no fue un alzamiento social sino un golpe de estado por parte del ala armada del partido Bolchevique con una minoría de los votos luego de la primera elección de la Duma estatal, la cual había puesto en el poder a un social demócrata –en términos occidentales– llamado Kerensky. Cuando los Bolcheviques llegaron al poder, instituyeron un comité para la protección del estado y la revolución llamado la Cheka.

La Cheka inició la instrumentalización del terror en una era previa a la de Stalin, el mito –de Trotskistas extracciones– de que fue Joseph Stalin el que inició la represión y por ello es la causa de todos los problemas dentro del Socialismo es una forma de lavarle la reputación a Lenin como una especie de adoración secular.

Joseph Stalin se tardó bastante en consolidar su poder dentro del aparato estatal ruso y progresivamente fue deshaciendo la burocracia Trotskista –no fue sino hasta 1928, que la facción de Trostky fue desecha y éste se convirtió en una especie de figura similar a la de Goldstein en la famosa novela de George Orwell “mil novecientos ochenta y cuatro”– llevándola a un sistema de campos de concentración que ellos mismos crearon. Stalin básicamente llevó a los arquitectos del Gulag al mismo sitio donde habían llevado a los social demócratas, revolucionarios sociales, y a los Mencheviques.

Una de las cosas más extraordinarias del sistema de campos de concentración es que era un paralelo de la existencia de la sociedad soviética más mainstream. Nadie sabe cuánta gente tuvo la mala suerte de terminar en esos lugares. Los “revisionistas” –políticamente correctos aceptados– estiman que cerca de 17 millones de almas terminaron en el gulag, los más atrevidos ponen el número en aproximadamente 30 millones, lo cual pone al observador a considerar que si la población soviética eran cerca de 200 millones, el Archipiélago Gulag –como lo llamó Solzhenitsyn– sirve como una isla de reserva enormísma dentro de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Se estima que la cuarta parte de toda la población masculina rusa terminó en el Gulag –pero eso no será nunca un problema de género– en el cénit del terror de los años treinta y por las más nimias razones –llegar tarde al trabajo o hacer un chiste–. Los motivos que tendría un comisario político para enviar un alma a esos terribles sitios eran irracionales, y de ese terror sale el concepto que Orwell desarrollaría como “Crimental”, se instituyó una policía del pensamiento que purgaba de forma nacional, étnica, sociológica, fundamentada en un odio de clases orientada hacia la represión del campesino trabajador.

El terror se extendió hacia las entrañas del mismo partido, entre los militares la infraestructura estatal –incluso entre los mismos verdugos–. Nadie era invulnerable en la Rusia estalinista, sólo el hombre de hierro del socialismo era invulnerable a las múltiples purgas que instituyó.

Cabe preguntar, para efectos del análisis de este terrible período histórico el porqué se eligió ese sangriento camino.

El patrón leninista de las atrocidades políticas tienen –dentro de su enfermizo raciocinio– cierto grado de lógica: La eliminación de los oponentes políticos –los Rusos Blancos–, contrarrevolucionarios, el bando zarista, los que se opusierion a la guerra civil rusa ocurrida entre 1917 y 1921. Se estima que los Bolcheviques mataron a cerca de millón y medio de prisioneros de guerra y sus contrapartes, los Rusos Blancos –crueles en su propia forma–mataron a un millón, porque la Guerra Civil Rusa consistió de matanzas sin sentido.

Paralelo a la Guerra Civil Rusa y sus atrocidades en relación a las tropas, y la relación de las tropas con la población civil estaba la colectivización de los medios de producción que Lenin instituyó previo a su reversión en el congreso del Partido Comunista de 1921.

El tercer congreso revolucionario del partido consistió de deliberaciones ocultas, secretas y no reveladas sino después del colapso del gigante socialista. Uno de los resultados interesantes de dicha agrupación era el hecho de que Lenin abogaba por una alianza tácita con los nacionalistas alemanes para derrocar la entonces naciente República de Weimar para que luego se picaran la torta.

Eso es un pensamiento políticamente incorrecto –en términos Leninistas– y una decisión maquiavélica que causa –retrospectivamente­ ciertas incomodidades dentro del credo marxista leninista. El mismo hecho también precede al pacto Molotov-Von Ribbentrop con el cual ambos bandos se dividieron a Polonia –una alianza conveniente previa a los hecho de que luego Alemanes y Rusos se matarían–.

Las muertes de la Guerra de Hambruna de 1920 son difíciles de contabilizar. La BBC estima que fueron cerca de millón y medio de bajas, y los números más exagerados ponen el tope de decesos cercano a los siete millones. El total de muertes para el régimen desde 1917 hasta 1990 es de 20 millones de acuerdo a la prestigiosa publicación “El Libro Negro del Comunismo”. Robert Conquest en su libro “El Gran Terror” dice que sólo en el período estalinista veinte millones de personas perdieron la vida, el equivalente mainstream occidental está en disputa y muchos autores consideran que 20 millones es un número muy alto –influenciado principalmente por la propaganda de la Guerra Fría–.

Si se aprecian la variedad de cifras ofrecidas, nos podemos topar con la noción –bastante aceptada– de que nadie sabrá cuanta gente murió. Cuando los archivos de la KGB en Lubyanka fueron abiertos en los 1990s –durante la confusa & convulsa presidencia de Boris Yeltsin–, las cifras de la NKVD (precursora de la KGB) y órgano de seguridad encargado de la administración de los campos de concentración estiman que cerca de 11 millones de personas murieron bajo su cargo.

El terror estalinista posterior a 1928-1929 fue administrado en forma de ráfagas. A lo largo de este oscuro período, muchos ciudadanos de la URSS fueron considerados socialmente desadaptados y eran enviados a campos de reeducación. El problema filosófico de los comunistas radicaba en que si su doctrina era la panacea a los males de la humanidad, ¿por qué se tenían que ver forzados a enviar a los que no aceptaban la realidad histórica de la solución a los problemas de la raza humana a un campo de trabajo?

Una enorme cantidad de religiosos que no se comían el cuento comunista terminaron partiendo piedras en la fría Siberia hasta morirse de hambre en campos de concentración que compartían con los criminales más violentos y sanguinarios –que no tuvieran una chapa gubernamental–. La míriada de sectores sociales que terminaron en la mortal licuadora del gulag incluían a campesinos reacios a aceptar la idea de que sus propiedades fueran declaradas bienes de interés público, intelectuales tildados de revisionistas, sacerdotes, mujeres, y básicamente todo el que tuviera la mala suerte de tener una desavenencia con algún comisario estatal.

Los campesinos –llamados Kulaks por los soviets– sufrieron bastante en esa época porque esa clase social veía con reticencia cómo los frutos de su trabajo eran saqueados en el proceso de colectivización de la agricultura que caracterizó el período de 1920-1930.

El envío de millones a campos de concentración iba a la par con la enfermiza teoría de la “des-kulakización”, equivalente al Gleischaltung alemán por medio del cual se aterrorizaba a los campesinos más pudientes con fines a hacer lucir a los campesinos partidarios de Stalin –cuyas granjas no producían nada– como los adalides de la eficiencia soviética. Cerca de 5 millones de kulaks fueron sacados de sus granjas y enviados a frías y semidesérticas regiones de Eurasia a morir de hambre.

Pese a casi medio siglo de propaganda producto de la guerra fría, muchos de los campos de concentración que se instalaron en el vasto territorio jamás fueron conocidos en Occidente. El más notorio fue el Campamento Kolyma, en la cual ponían a trabajar a los prisioneros durante 16 horas al día con sólo una ración de repollo hervido para comer bajo el frío terrible del ártico mientras eran vigilados por guardias de la NKVD con perros rabiosos y sub-ametralladoras.

Muchos prisioneros intentaron escapar, hubo muchas rebeliones, muchos campos de concentración fueron cerrados y muchos prisioneros fueron asimilados al Ejército Rojo para pelear contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Durante este período los prisioneros eran carne de cañón.

No puede caber duda alguna de que la personalidad de Stalin tuvo profunda influencia en la manera en la que se implementaron los inhumanos procederes en esos campos de muerte. Antes de que Stalin tomara el poder, los campos eran rudimentarios, pequeños, y en cierto modo podían mimetizar un sistema carcelario. Luego de la experiencia estalinista, Solzhenitsin en su Magnum Opus “Archipiélago Gulag” describiría a los campos como un retrete por el cual se hizo pasar a la sociedad.

La finalidad de los campos era la de inculcar valores socialistas a las almas que allí terminaran, esos valores serían inculcados por medio del trabajo duro y el que no tuviera la capacidad física para poder sobrevivir a tan extenuantes condiciones simplemente moría intentando trabajar. Para muchos –los que tenían alguna enfermedad, impedimento físico o simplemente eran muy mayores– los campos eran una sentencia de muerte tácita.

¿Por qué el comunismo estalinista acudió a estos procederes sin necesidad alguna? Si tomamos en cuenta que previo a la consagración de la Carta de los Derechos Humanos no existía ningún tipo de habeas corpus en la ley, y que los ciudadanos estaban subyugados al control del estado desde su nacimiento hasta su muerte, el prospecto de ser encarcelado en el sistema de campos de concentración del Gulag era una posibilidad palpable para cualquiera que haya vivido en la URSS entre 1920 & 1940. Es importante resaltar que luego de la muerte de Stalin, los campos de concentración empiezan a desmontarse –en un sistema tan bizantino, cuando desaparece el líder, el aparato gubernamental no cae, sino que cambia drásticamente–.

Nikita Kruschev dijo que nadie se podía oponer a la barbarie del gulag por miedo a terminar allí. Cualquier cuestionamiento era suficiente para que el NKVD/OGPU enviara a quien fuera a ese sitio, nadie podía confiar ni siquiera en sus propias familias. Los mismos verdugos de los campos estaban en riesgo de caer en desgracia, hecho comprobable porque cuando se examina la política de etno-racial de Stalin se evidencia el cómo puso a pelear a ciertos grupos los unos con los otros: Los judíos Ashkenazi administraron campos de concentración con mano de hierro para luego decir que se les había pasado la mano en su celo revolucionario y fueron castigados. El sistema ruso fue incluso más chovinista y esos individuos fueron purgados y reemplazados por otros que obtuvieron sus puestos porque habían estado involucrados en una purga previa –un quítate tu pá ponerme yo rojo–. Ese sistema tuvo un profundo impacto psicológico en casi toda la sociedad. Era una sociedad donde no se podía estar tranquilo, en donde el ocultarse no era garantía de seguridad.

En el ejército rojo los comisarios políticos gozaban de privilegios que los miembros de las fuerzas armadas no tenían, estaban exentos de la cadena de mando militar y tenían la potestad de poder fusilar a todo aquel militar que osara irse en retirada. Esa es la razón por la cual Stalin se topó con una enorme cantidad de rusos en las huestes alemanas tras ganar la guerra, esos soldados rusos con uniforme alemán fueron reclutados de vuelta a las huestes del ejército rojo para ser puestos en batallones de castigo en las líneas donde iban a ser exterminados por ambos bandos.

La idea de purgar el núcleo primero para que la vanguardia sea pura antes de ir a atacar era una parte clave del razonamiento estalinista –algo que tiene sentido se interpreta bien el hecho de que la sociedad podía ser colectivamente hecha responsable de agitación anti-socialista–, así que si un individuo era hallado culpable, todo su entorno era susceptible de correr su misma suerte –pagan todos justo por pecadores–. Así que ese extraño concepto de ramificación interconectada de la culpa por transgresiones y crímenes imaginarios se fue insertando en el imaginario popular soviético.

Dicha forma irracional de pensar se reflejaba en el sistema: Muchos de los proyectos de infraestructura soviética fueron construidos con mano de obra esclava extraída de los campos de concentración. En la URSS se construyeron grandes vías de comunicación que no conectaban nada –trabajo improductivo–, obras carentes de propósito cuya metodología de creación fue usar prisioneros de la forma antes descrita. La motivación de los líderes soviéticos para la implementación de tan cruentos procederes surge de la metodología comunista per se. La imperfección del hombre es tan patente que en un intento de crear un Vallhalla dieron génesis a un inframundo indescriptible.

Lo que hizo la Unión Soviética fue rendirse en el desarrollo de ese paraíso terrenal y fomentar un régimen en la perpetuidad tratando de cambiar la naturaleza humana presionando a sus ciudadanos por medio de la acción. Lo contrario, la inacción, inmovilismo y estática iba en contra de la ética revolucionaria, y por ende, los intereses del individuo debían estar supeditados a los intereses del estado revolucionario.

Joseph Stalin era un hombre que no tenía concepto alguno de vida individual. El creía que todos los individuos tenían el propósito de servir al aparato estatal que él dirigía y que el estado debía servir al ideal socialista. La imagen que se tiene del hombre de hierro ha cambiado en los últimos treinta años. La mayoría de la propaganda occidental aceptó la evaluación Trotskista de Stalin como aquella de un adolescente con botas y bigote, un psicópata sádico que embarcó al sueño revolucionario hacia un desastre —noción sólamente reevaluada por autores como Simon Sebag Montefiore sobre el joven Stalin, su caucus inicial y su posterior corte en la obra La Corte del Zar Rojo —

La cinta de Sergei Eisenstein, “Ivan el Terrible” de 1944 fue un comentario metafórico de la era estalinista. Iván era retratado como la gran araña en el corazón de Rusia. La cinta cuya segunda parte fue vetada en la URSS –aunque Stalin la vio porque veía en Iván el Terrible una proyección de sí mismo–. Hay una escena en esa cinta en la que Iván baila una danza tradicional rusa vestido de negro y luce como una suerte de araña negra, la misma araña negra a la que Solzhenitsin hace referencia en “Archipiélago Gulag” cuando explica la extensión del sistema de campos de concentración soviéticos.

En aquellos tiempos no existía internet, los medios estaban bajo un regio control estatal y hasta bien entrada la década de 1960, el pueblo ruso sólo podía tener referentes de los campos y sus atrocidades por medio de la tradición oral: Todos los ciudadanos de la URSS sabían que los campos existían, y muy pocos se atrevían a decir lo que allí ocurría aunque de forma tácita se sabía porque en todas las familias rusas había al menos alguien que corrió con la mala suerte de terminar preso en ese infierno soviético. De modo tal que los libros Solzhenitsin fueron reveladores y profundamente negativos para la imagen de la URSS. Cuando la premio Nobel de literatura Doris Lessing dijo que Aleksandr Solzhenitsin causó la muerte de un imperio estaba exagerando en una licencia poética de hipérbole, aunque estaba acertada en el hecho de que la obra del autor relataba una dolorosa e incómoda verdad. En Rusia, donde los políticos ganan su respeto a punta de terror, los escritores eran vistos como heraldos de la verdad y repositorios de la sabiduría popular.

Otro libro de Solzhenitsin, “Un Día en la vida de Ivan Denisovich” sigue la cotidianidad en un campo de concentración de principio a fin de forma sórdida, relatando la crueldad y el aburrimiento en el frío inframundo en el cual los seres humanos deseaban sobrevivir mientras perecían lentamente aquella terrible experiencia. El mismo Archipiélago Gulag –denuncia por excelencia de los campos– apareció en Occidente y Solzhenitsin fue perseguido por la KGB luego de salir de la URSS. Algo que no es bien sabido en estas latitudes es que la persecución fue exasperante, Solzhenitsin vivió en Suiza –los rusos le enviaban amenazas constantes en forma de cadáveres y lesiones cancerosas– y debido al hostigamiento de la agencia de inteligencia soviética tuvo que partir a Estados Unidos en una villa privada de Vermont.

Solzhenitsin era un sobreviviente del cáncer y su experiencia batallando esta enfermedad quedó reflejada en “Pabellón de Cancer” una obra semi-autobiográfica en la que se refleja la impronta de la KGB en la psiquis del autor, esa institución usó técnicas de guerra psicológica contra él ya que lo consideraban un hombre peligroso debido a que los autores de la tradición rusa –Dostoyevski, Tolstoi, Novikov, Karamzim, Krylov, Derzhavin, Zhukovsky, Pushkin y Gogol– eran baluartes históricos de los que Occidente carecía. Es por ello que Solzhenitsin era considerado una amenaza. Los comunistas nunca lo intentaron asesinar porque sabían que si moría, los iban a culpar y que con su muerte sería aceptar como realidad lo reflejado en sus textos. La ironía es que, bajo el mandato de Vladimir Putin, los textos de Solzhenitsin están integrados al corpus de lectura obligatoria en las escuelas rusas.

Solzhenitsin pasó de ser un disidente del autoritarismo a ser un apologista del gobierno de Vladmir Putin, algo impactante para muchos liberales y disidentes de la antigua URSS. El autor de Archipiélago Gulag nunca fue un liberal sino un conservador nacionalista en términos rusos, un cristiano ortodoxo esencial. Nunca recibió aclamación cuando vino a Occidente porque sus diatribas contra lo que el consideraba la decadencia materialista del modo de vida de este lado del Muro.

Poco después de su exilio en los EEUU, la KGB dejó de perseguirle porque se dieron cuenta de lo poco popular que era en Estado Unidos porque denunciaba la cultura pop norteamericana. Los jerarcas de la inteligencia soviética interpretaron que el aislacionismo de Solzhenitsin de la Norteamérica moderna y el cómo el público occidental promedio le ignoraba como una señal de que sus opiniones no eran del todo incorrectas. Incluso tras su regreso a Rusia, Solzhenitsin no era del todo popular, le dieron un programa de TV que tuvo pésimo rating de audiencia.

El sinnúmero de personas que perecieron en el Gulag no es recordada con monumentos, no hay día para recordarles, y aunque algunos recuerden el Holodomor como un cruento episodio, no hay ningún atisbo de remembranza para estas almas en pena.

Hay un nivel al cual el terror del gulag se extendió a los países satélites soviéticos como Mongolia y Europa del Este. Ninguno de esos sistemas, ni la Rumania de Ceausescu o la Yugoslavia de Tito –que estaban fuera del bloque soviético– registraron algo similar a las atrocidades de los campos de concentración estalinistas. Si bien todos esos regímenes tuvieron sus campos de exterminio, sus disidentes y todos abusaron de la psiquiatría como un arma de control político social, nada como la atrocidad soviética.

Durante el caótico período de Yeltsin, los liberales Yabloko desearon asegurarse de instituir una especie de recuerdo por las víctimas del gulag, buscaron el pago de reparaciones, pero gracias a la dificultad económica de la Rusia de los 1990s y por el fracaso estrepitoso del ensayo capitalista que la pandilla Yeltsin trató de imponer en el sistema bancario de ese país, aquellas ideas reivindicativas fueron engavetadas y desacreditadas tanto por Yeltsin como por su sucesor, Vladimir Putin quien desarrolló una política autoritaria a ser aplicada desde el Kremlin que reemplazaría a la doctrina de su predecesor.

Putin impulsó una cultura de miedo y remembranza de los años de la URSS que ha convulsionado a las democracias occidentales europeas. Stalin recibe loas por parte de la Rusia actual como un gran caudillo militar. La ironía es que de todas estas atrocidades, incluso las que se perpetraron contra campesinos ucranianos eran conflictos internos. Después de todo, ese pueblo sometido formaba parte de la URSS y el grueso de sus víctimas eran rusos, particularmente en el sistema del Gulag. Así que esa fue una guerra que fue llevada adelante por la dirigencia –sus militares y burocracias de inteligencia– en contra de su propia población y contra minorías étnicas.

Tártaros, Chechenos fueron atiborrados en trenes y enviados a algún recóndito lugar de Siberia, luego de la muerte de Stalin, sin edicto estatal alguno, pudieron regresar. La población de la Rusia centra se vio sometida a un poder estatal difícil de describir para las democracias occidentales. El individuo estaba echado a su suerte, sin recursos y sin instituciones estatales a las cuales apelar, no existían fiscalías ni tribunales de apelaciones. De los 17 millones de presos en el gulag, escasos cuatro millones tenían juicios con sentencia firme.

A Solzhenitsin lo sentenciaron a ocho años en un campo de trabajo pese a su récord ejemplar como veterano de la guerra y pese a que era un ex cristiano converso al marxismo no fue suficiente para redimirlo del castigo ejemplar del Gulag.

Stalin era un desquiciado en el ejercicio del poder, podía ser amable y bucólico y fríamente homicida a la vez. Es bien sabido que durante el terror de 1937-1938 Stalin hizo construir para si una cabina con una ventana en el tribunal para poder ver las sentencias que eran dictadas contra sus viejos camaradas de lucha bolchevique.

Cuando George Orwell escribió “mil novecientos ochenta y cuatro” aparecieron algunos tirajes traducidos al ruso en europa del este en los años cincuenta y fue considerada una obra occidental extraordinaria que describía a la perfección lo psicológicamente opresivo que era el régimen ruso, particularmente bajo el terror estalinista. Luego, tras la muerte de Stalin, una URSS más conformista y suave –la de Brezhnev– castigaba a los infractores de formas distintas, permitiendo al sistema de castigo del gulag fenecer en sus propios términos.

Stalin consideró que el Holodomor era la respuesta natural soviética para quebrar el ímpetu ucraniano, este peculiar exterminio sin precedentes no ha podido ser condenado con firmeza en escenarios internacionales. La respuesta rusa ante el Holodomor radica en que las víctimas fueron objeto del totalitarismo inhumano que surge de las mentes del Partido Comunista en un momento en cuyos jerarcas no eran rusos, al no ser rusos los ejecutores del exterminio, la culpa no puede ser puesta sobre Moscú. Pese a esto, hoy en día hay una mayor conciencia sobre el Holodomor que en el pasado y aunque la mayoría de los rusos se muestren a la defensiva ante estos señalamientos –porque hay complicidad entre víctimas y victimarios en relación a lo masivo del crimen– muchos preferirían no hablar del tema.

La actitud de los rusos para con el Holodomor es simplemente encogerse de hombros al mencionar que esos eventos ocurrieron hace más de medio siglo y que no pueden ser culpados por ello. Existe una suerte de rechazo patriótico de entrar en un juego de culpa y recriminación cuando para muchos el colapso de la URSS, su implosión & la caída de lo que era un régimen totalitario es el castigo de todos los crímenes cometidos.

El gobierno de Putin tiene doble cara –como Janus–: Por una parte, Stalin es considerado el gran líder militar que derrotó a los fascistas en una guerra patriótica que sentó las bases de la Rusia contemporánea, el pivote de la carrera espacial. Por otra parte, los textos de Solzhenitsin están permitidos en las escuelas como un recordatorio de que el totalitarismo es causante de gran dolor. Así que la Rusia del presente lleva adelante un “double play”. Lo que no quieren hacer los jerarcas rusos actuales es humillarse ante la historia arrastrándose en el suelo sintiéndose inferiores.

En cierto modo, es astuto echarle la culpa al comunismo soviético –separando a los rusos del problema– para lavar la cara del gentilicio. Rusia es una sociedad que ha pasado por enormes tormentos y dolores, a diferencia de las sociedades occidentales. La experiencia rusa sencillamente no es comparable. La sensibilidad de sus ciudadanos para con estos temas es distinta con relación a la occidental y eso tiene que ver con el gulag y su archipiélago, lo cual permanece como especie de recordatorio en el imaginario popular ruso. Muchos creen que pasará mucho tiempo antes de que Rusia llegue a términos con lo que ocurrió con respecto a estos campos de concentración y aquellas horrendas masacres.

No debemos olvidar que cuando todo esto ocurría, los comunistas y liberales occidentales creían que ésta era una doctrina de amor, una doctrina de hermandad, que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas eran un heraldo de igualdad para el mundo, que eran un pueblo amante de la paz y de la modernidad, que tenían un potencial agroindustrial de primer nivel, que eran incapaces de ser una amenaza para los países vecinos y que eran un país sin conflictos internos.

Los turcos consideran que el genocidio armenio –así se le refiere en Occidente– ocurrido al final de la Gran Guerra era continuación de aquel conflicto mientras que el resto del mundo califica como horrendos aquellos eventos.

El gulag y su historia están llenos de ironías, la URSS a lo largo de su historia siempre se consideró a si misma como una nación débil, en peligro y rodeada de enemigos –internos & externos– cuando en el sistema en sí, a los ojos de Occidente lucía impenetrable, congelado en una especia de permafrost, y totalitariamente atado por ferocidad y rigor.

La lección que debemos aprender de esta utopía de izquierdas fundamentada en el materialismo es que es una condenada al fracaso, porque los ideales de esa conducta humana estaban por debajo de los estándares de la evidencia biológica de la vida.