Por Manuel De La Cruz

Un  cierto  ascetismo,  ya  lo  vimos,  un  duro  y  jovial  renunciamiento  con la mejor de las voluntades, se cuentan entre las condiciones favorables de  la  suprema  espiritualidad,  y  asimismo  entre  sus  consecuencias  más  naturales. Friedrich Nietzsche.

¿Qué tienen en común casi todos los intelectuales charlatanes de nuestro tiempo? Aquél arma arrojadiza que reza «no me gustan las etiquetas», manifestación pomposa de un alma blanda que se limita a no sentar postura.

A mí no me agradan las etiquetas, pero sí que las uso. Para mí son atajos cognitivos sumamente útiles para abordar nociones que por su profundidad requieren sufrir su mutilación si se nos es escaso el tiempo para conversar sobre ellas. De modo que, si tuviera que escoger una etiqueta que definiera rápidamente la senda filosófica que camino, optaría por hablar de vitalismo.

El maestro Nietzsche tuvo mucho de vitalista, su prosa es briosa, siendo sus dictámenes tan volátiles y estruendosos como la carga de caballería en combate. Es verdadera filosofía de y para la acción, a diferencia de las lisonjas y bagatelas que conforman la filosofía de la praxis de los aristófobos.

Nuestro profeta occidental dedica el tercer tratado de su Genealogía de la moral al problema de los ideales ascéticos. Ironiza ante el pedestal erigido por la filosofía occidental al fetiche filosófico par excellence desde Sócrates: el ascetismo.

Como disciplina originalmente sacerdotal, el ascetismo implica la sumisión de nuestros impulsos vitales hacia una consciencia enmarcada por el desapego a los placeres, contrapuesto a la entrega sin mesura hacia el dolor. El ascetismo es, la práctica constante de una moderación exagerada, convirtiéndose en el oxímoron de la templanza destemplada.

Los votos monásticos de pobreza, castidad y obediencia son universales, y creo preceden a una lógica antiquísima de origen brahmánico. Vamos, toda una visión indoeuropea que lleva de oriente a occidente un mismo meta mensaje: mientras más miserable, más superior.

Esto, desde luego, es una mentira, un mero recurso de defensa desarrollada por la psicología del débil. Es el refugio que el mediocre contempla ante la imposibilidad de medirse en fuerzas con el resto de la urbe. Ensalzan y santifican la renuncia, para camuflar su retirada de esta lucha llamada vida. En síntesis, el ascetismo se sitúa en las antípodas del vitalismo.

La política muchas veces requiere un enfoque ecléctico, por lo que de estas herejías contra la vida también podemos aprender. El principal problema del ascetismo radica en su nihilismo intelectual: su rechazo a lo mundano, hace inoperante al asceta, quién al no poder fiarse de lo sensorio, escoge reptar en el plano espiritual.

Creo el hombre podría resolver parte de la crisis que hoy vive la civilización, retomando su vena espiritual. Convengamos que la vida sin un ideal elevado, sin la presencia de lo celestial, es una existencia vacía. Lo trágico es cuando el zelote olvida que el monje-guerrero de la cristiandad no solo oraba: también luchaba.

Habiendo dejado en claro algunas de las desventajas del ascetismo, procederé a defender su práctica heurística y concreta en la esfera política.

Del ascetismo, podemos saltar al estoicismo.

Como tantos otros trabajos, muchos de los pilares fundacionales de los principales esquemas de pensamiento se han perdido en el tiempo. El übermensch, por ejemplo, apunta a un ser sobrehumano capaz de superar las limitaciones morales y culturales del hombre, criatura que es eslabón de una cadena evolutiva entre los primates y el hombre que vendrá.

Entendida la necesidad de volar, de mirar las estrellas, podemos refugiarnos temporalmente en el ascetismo para experimentar la disciplina marcial que requiere la renuncia al mundo sensorial. Esto, como paso previo al desarrollo por un gusto más elevado.

El ascetismo nos enseña la posibilidad de vivir en la privación total del confort o de los placeres superfluos.  La contemporaneidad nos asedia con el acceso fácil a cualquier tipo de apetencia mediocre. Nos alimentamos con mugre química diseñada para estimular nuestros centros nerviosos de placer.

Ante la vida sedentaria y urbanita, los amos del mundo sacian nuestra sed de aventura con innumerables alternativas lúdicas donde la violencia virtual calman nuestra necesidad de adrenalina.

¿Qué clase de hombre caminará estas tierras, tras cien años de dietas basadas en azúcares, ocio alejado del campo, y dedicación exacerbada al plano digital? ¿Qué ser dominará el suelo patrio, tras un siglo alejados de los sanos temperamentos naturales que nos llevaban en otrora a cazar, dormir bajo las estrellas, amar nuestras esposas y destruir espada en mano a nuestros enemigos? Yo tengo una idea, gobernarán los bárbaros de oriente, aquellos que lograrán aplastar a la estirpe de hipsters flacuchentos y sexualmente confusos que hoy componen nuestra juventud.

Ante esta crisis biológica e ideológica, nos queda la responsabilidad de constituirnos en una élite estoica, que abrace con gusto las pericias y miserias de la vida ascética como prerrequisito a un estilo aún más elevado de vida: el aristocrático.

¿Alguna vez habéis ayunado, afable lector? Muchas religiones y movimientos espirituales defienden al ayuno desde hace milenios. Sin embargo, el conocimiento antiguo es despreciado en pos del imperfecto método científico y su afán de decirnos qué y cómo comer. Nos mienten, con el propósito de hacernos seres ovejunos, o lo que es peor, votantes y demócratas a carta cabal.

El ayuno, desde un punto de vista metabólico, otorga al cuerpo humano el espacio de tiempo necesario para depurar el exceso celular del organismo. Gracias al ayuno, podemos beneficiarnos del proceso conocido como autofagia. Pero más importante, gracias al ayuno podemos comprender la fortaleza de nosotros mismos.

A pesar de los desesperados llamados que el hambre arroja sobre la psique, quien sobrevive un día o más solo con agua, se muestra victorioso en el combate contra sí mismo. El ayuno es un escupitajo a la cara del mundo moderno, pero también se extrapola a los demás planos de nuestra existencia terrena: ayuno financiero, ayuno del ocio, ayuno político, ayuno religioso, et cetera.

Aquellos santos que escogieron el claustro monástico antes que la vida «mundana» del medioevo violento, ordenado y tradicional. ¿Cómo reaccionarían ante la decadencia contemporánea? De pecado, el suicidio sería elevado a virtud teologal.

La hermosa lección legada por el ascetismo, radica en visibilizar nuestras probabilidades de supervivencia ante escenarios donde la escasez impera. Tú que, alguna vez has pensado en la posibilidad de reconquistar la libertad con las armas en la mano, ¿serías capas de vivir en Estado de guerra? ¿Cómo, si ya siquiera osas escaparte a las montañas sin ningún tipo de dispositivo inteligente aparte de tu cerebro?

Las batallas que nos depara el porvenir serán duras, y no nos podemos permitir el lujo de contar con blandos en nuestras filas. Josemaría Escrivá tenía entre sus motes predilectos contra el hombre mundano ese mismo adjetivo: blandos. Nietzsche nos narró sobre los liberales «en pantuflas», aquellos que tras establecer un entramado institucional cónsono a sus intereses, engordan en casa mientras bajo sus narices se forma la subversión socialista.

Quizá, optar por duchas frías en las mañanas y una sesión de meditación cada tarde nos aleccione más que decenas de tomos sobre teoría política. Ese afán innatural por estar siempre informados, esa adicción por la corporeidad irreal que atesta el mundo virtual, no es más que un grueso humo, un tremebundo ruido que nos impide escuchar la voz interior, el espíritu.

Ascetas, seamos ascetas y sumerjámonos voluntarios en el océano de la privación y la miseria. Pero jamás naufraguemos, del asceta que milita surge el estoico, y tras la crisálida de la lucha nos reencontraremos con el ideal heroico.

¿Qué clase de soldados poetas requiere Occidente?  Despreocupados, burlones,  violentos, ¡sí! Y también duros, disciplinados, estoicos. ¡Héroes!