Por Manuel De La Cruz

Es una alegoría repetida, carente de originalidad pero no por ello menos aleccionadora. Apenas iniciaba el turbulento  49 a.C. cuando Cayo Julio César ataviado por los laureles del triunfo militar, contemplaba el estrecho cauce de aguas rubiáceas.

Tras haber sometido a la Galia Transalpina, la gloria militar otorgó a Julio César un auctoritas que rebasó los linderos de su título como gobernador de las Galias.

Tan fulgurosa trayectoria se convirtió en una amenaza para el Senado, por lo cual rápidamente el patricio romano se enfrentó a la decisión más importante de su cauce vital: renunciar a sus distinciones como general de la República hasta ser reducido por la ingratitud parlamentaria, o iniciar una guerra civil en pos de la gloria.

Tras meditarlo, incluso con sus más leales compañeros de lucha, César cruza los bancos del río arrastrando consigo a la XIII Legión. Al seguir ejerciendo imperium sobre las tropas al aproximarse a la capital el caudillo romano fue declarado como traidor a la República, sin embargo, su ímpetu heroico siguió insuflando de valor a sus hombres quiénes le siguieron hasta la victoria años después.

¿Qué impulso sacó a César de sus dubitaciones y lo llevó hasta la azarosa posición de vivir no ya peligrosamente sino heroicamente? ¿Qué le motivó a situarse más allá del bien y del mal?

Suetonio atribuye la decisión al influjo sobrenatural de un espíritu: «Cuando  permanecía  vacilando,  un prodigio le decidió. Un hombre de talla y hermosura notables, apareció sentado de pronto, a corta distancia de él, tocando la flauta».

Se trató del espíritu de la trascendencia. Un instinto superior de renuncia a las riquezas materiales en aras de conquistar las estrellas. La locura olímpica que mueve la historia.

La gran obra de todos los tiempos estará signada por caracteres superiores capaces de volar por encima de la medianía social. Esa capacidad de romper paradigmas y reescribir al mundo requiere de una sensibilidad con la cual creo todos nacemos, pero con el tiempo, nos encargamos en abollar empeñados en apetitos más cercanos.

La estrechez de miras en política es una de las peores clases de ceguera. Apaga la llama de las almas y esteriliza hasta el más fecundo de los campos.

Nuestra civilización atacada desde sus entrañas, padece de una languidez cuasi cadavérica de parte de sus dirigentes.

Encerrados en fórmulas institucionales, se conforman con preservar una cierta imagen de estabilidad y paz cívica, que a la larga resulta cuando menos volátil. Recuerdo las risas de un perfumado Macron mientras el terrorismo desangra a Francia, o los ojos grises de frau Merkel que no distinguen el cada vez más estruendoso avance turco en tierras germanas.

Venezuela, mi amado tormento, parece estar condenada a una casta de seres polimorfos y vomitivos. Cómo líder de un gobierno que no es, tenemos a un tipo tan joven como senil, protagonista irrelevante de su barco interino del que es capitán sin navegar.

Occidente sufre ante la sórdida mediocridad de estas gentes. Una mediocridad altiva y rigurosa, aunque resulte contradictorio, se necesitan auténticos esfuerzos para mantenerse impávido cuando te queman la casa. No es un liderazgo estoico, sino nihilista. El poder absoluto de poder no hacer nada.

En otros lares, la metrópoli del mundo anglosajón convulsiona ante el ego irreductible de un hombre que, más allá de nuestras afinidades, nació con esa impronta si no heroica al menos atrevida. Trump volvió a sorprender al orbe, no aceptando el decreto inicuo de la oligarquía de los medios.

Se enfrenta hoy, tal como César a un Rubicón. Su denuncia de fraude electoral es una declaración de guerra al establishment norteamericano. Tal ha sido su postura, que no pocos centuriones del partido republicano han abandonado el barco. Jefes de la estructura partidista le condenan, al tiempo que rebosan las calles los votantes de a pie.

No quiero defenestrar a un héroe de guerra legendario como César, comparándole con personas de distinta trayectoria y vocación. Sin embargo, es innegable que algo de esa ambición sobrenatural que le valió la conquista de los laureles, está presente en las voces estruendosas de nuestra época, entre ellas el magnate neoyorquino.

A pesar de lo que digan los grandes medios, Trump como candidato está en todo su derecho de cuestionar los resultados electorales siguiendo los cauces institucionales hasta el 20 de Enero, fecha costumbre de la inauguración de los términos presidenciales estadounidenses.

César cruzó el río Rubicón un 10 de enero tras agotar todas las posibilidades cívicas de congeniar con el Senado. ¿Qué sucederá en enero del 2021? Espero el ímpetu imperfecto pero sensato de un patriota, doblegue la asonada globalista y sus brotes violentos.

Falta todavía mucho para que empiece una guerra civil en los Estados Unidos. No toda la población está tan politizada como nos lo hace pensar las cámaras de eco que encontramos en las redes sociales. Pero, ¿y si puestos a escoger entre un César patriota o una democracia corrupta, optamos todos por la dictadura regeneradora? Escuchen este pronóstico: ¡el cesarismo volverá!

Pase lo que pase en el norte, los hispanos debemos obrar por el triunfo de la civilización sobre la barbarie en nuestras propias tierras. La amenaza comunista no descansa, y avanza arrolladoramente de Caracas a Madrid.

Por eso, repito las palabras de César con las que arengó a sus legionarios al cruzar el mítico río:

¡Marchemos  a  donde  nos  llaman  los  signos  de  los  dioses  y  la  iniquidad  de  los  enemigos!