Por Manuel De La Cruz

La Hispanidad como ecúmene espiritual en lo particular, y la civilización occidental en general; son blanco del contínuo asedio. La nueva barbarie organizada entre progresía liberal y marxismo revolucionario planea la disolución de la tradición guerrera, aristocrática y confesional.

Se nos ha declarado la guerra cultural, que sufrimos y venimos perdiendo ante la capitulación de las élites habituales. Nuestras naciones carentes de liderazgos nobles, clama por la heroicidad de sus hijos. Es en tiempos de tribulación cuando medimos el quilataje de la estirpe.

Estamos en desventaja, lo sabemos. Por ello no basta con organizar la defensa de lo que nos queda, hoy prácticamente en ruinas. Es menester la ejecución inmediata de una auténtica Reconquista de nuestra civilización contra la barbarie.

Aunque los grandes medios, las oligarquías financieras y los dueños del mundo terrenal nos condenen; debemos preservar la lucha. Solo así mantendremos viva la llama de la tradición ancestral. No olvidemos la misión de bautizar al orbe.

Quizá, suframos ataques incluso de nuestros propios cofrades, confundidos por el lenguaje críptico al que estamos obligados a usar. ¡Qué importa! Todo símbolo se vuelve pristino al momento de la revelación.

Asumamos el reto de reconquistar nuestra identidad, nuestra hispanidad… ¡Reconquistemos la civilización!

Los principios que proponemos, son inspirados por los valores inmortales defendidos en la Polis del ayer como en los brotes contemporáneos de revitalización moral. Este décalago es tan solo el inicio de lo que planteamos. Contra la decadencia de Occidente, su Reconquista.

• Concebimos a Occidente como la Patria común espiritual. Germina por su historia de sangre y coraje en pos de conquistar las alturas. Occidente es el título que adoptamos los habitantes de una Europa atemporal carente de linderos terrenos, que arropa con orgullo a las múltiples naciones que asentadas en otros continentes geográficos siguen participando de esta sublime empresa. La Roma eterna. Occidente entra en sinonimia con la Europa metafísica y eterna que hizo del mediterráneo fanal de cultura, y de América crisol de glorias. A Occidente entramos por el pórtico y pináculo civilizatorio de la Hispanidad, ecúmene metafísica, cuyas costas van desde el caribe al mar de Filipinas.

• Reivindicamos la Virtus como recipiente de la sapiencia clásica respecto a los valores morales. A través de la restauración de la virtud clásica, retornará el hombre cuyos ojos ambicionan la gloria antes que la comodidad: el héroe. A su vez, rechazamos la ética deontológica propia del racionalismo. La moral no se reduce a un cúmulo de normas, se es o no virtuoso por las decisiones que tomamos durante cada latido. En su lugar proponemos la adopción del Areté como guía ética.

• El hombre es portador de valores eternos, capaz de trascender su existencia terrena a través de su obra. Como modo finito de la sustancia incognoscible, manifiesta mediante el pensamiento la bastedad infinita del universo. De ser hecho el hombre a imagen y semejanza de algún creador, es él también otro creador. El combate contra la idea material estriba, en su reducción del ser humano a un saco de huesos, carne y sangre. Contrario a esto último, alzamos la bandera de la Dignitas.

• Semejante a los astros, cada voluntad humana consta de su órbita propia. La acción política debe considerar como apogeo de su obra la constitución de esa armonía celeste: deberá dar con la vocación de cada hombre, a fin de auxiliarle en esa empresa introspectiva de conocer su natural inclinación en los asuntos terrenos. La Libertad es el reino donde el hombre puede ejercer aquello para lo cual nació, su rol en la constelación social sin temor a colisionar.

• Nuestro Occidente es aquél cimentado entre Homero y Santo Tomás de Aquino. El retorno de la espiritualidad es imperativo para la gran sanación civilizatoria. Una espiritualidad noble y rica, que se nutre de aproximaciones disímiles y nativas de lo incognoscible. El debate religioso no debe dividir a los miembros de esta civilización cuya cuna protegieron los antiguos dioses, llegó a su apogeo bajo la luz de la cruz, y entró en decadencia por los altares de la diosa razón. Solo cabe la indignación contra los credos foráneos que contradigan nuestros valores y nuestra identidad. De allí que tengamos como tríada señera a Dios, la Patria y la Familia.

• La Patria es el sagrado suelo donde descansan nuestros ancestros. El atávico árbol de valores que defendemos y que tiene por nombre Tradición, siendo su tronco la virtud del patriotismo.

• Quien ama a su tierra, ama además el fruto de la misma. La tradición nacional asume el desarrollo en armonía con la naturaleza.

• No existiría Occidente sin occidentales. Por lo que defendemos el derecho y asumimos el deber de preservar las características propias que nos hacen ser tal. Así como reconocemos el derecho semejante que tienen otras gentes de perpetuar su estirpe en tierra propia.

• Rechazamos la idea democrática, considerando estéril la deliberación de la muchedumbre. Todo gobierno auténticamente democrático tiende a regirse por la voluntad intempestiva y errática del vulgo. El criterio mayoritario surge tras promediar el conocimiento del versado con la opinión del ignaro, llevando a las tribunas aquellos asiduos a la mediocridad: almas plebeyas conformes con la medianía, aristófobos carentes de excelencia.

• Proponemos la conducción de los asuntos públicos de parte de los espíritus más elevados, a través de instituciones políticas que capten y formen a aquellos ciudadanos con vocación para el servicio público. La profesionalización de la política es un proceso obligatorio para la derrota de la corrupción y la usurpación. La Libertad como conquista será preservada a través de una República de notables, o una monarquía de sabios según dicte la idiosincrasia del país, cuyos dirigentes serán evaluados a través del tamiz del honor, el mérito y la solvencia moral. Antes de pretender autoridad, los políticos deberán contar antes con su propia auctoritas.