Por Manuel De La Cruz

Derecha política y Derecha Nacional

En tiempos recientes, expresiones políticas aparentemente caducas como el espectro izquierda-derecha están siendo revitalizadas. La perseverancia de los socialistas por imponer su hegemonía cultural de izquierda, ha inspirado a patriotas en todo el orbe en pos de constituir una antípoda ideológica que pueda contratacar. Quizás la olvidada derecha nacional, o destra nazionale, pueda llenar ese vacío.

Derecha e izquierda, un anacronismo que se niega a morir.

Los ejes de izquierda y derecha tienen orígenes superficiales, alejados de cualquier organicidad intelectual y que responden a elementos circunstanciales en épocas convulsas. Se señala su origen, con casual acierto de poca prolijidad, en la Revolución Francesa.

¿Tiene utilidad el espectro izquierda y derecha?

Sorpresivamente sí.

Aunque carentes de nitidez, son ineludibles los vivos colores de las imágenes proyectadas por las palabras izquierda y derecha en la mente del ciudadano promedio. Evocan un sentido de dualidad aparentemente intrínseco a la naturaleza humana. Son a nuestro dictamen, atajos cognitivos que permiten una rápida identificación de los intereses y pretensiones de un actor político determinado.

El problema contemporáneo está, en los prejuicios que se ciernen sobre quiénes se proclaman partidarios de uno u otro extremo.

La izquierda se nos presenta como un bloque monolítico, que encarnando el comunismo su rasgo ulterior, no tiene reservas en deslizarse de un grado a otro a conveniencia del clima político. Los guerrilleros leninistas de ayer, son los socialdemócratas de hoy.

El caso de la derecha sí presenta sus dificultades. Derrotados en la guerra cultural, sus militantes optan por evitar a como dé lugar la etiqueta. Por complejos fatalistas, intentan aferrarse al centro cada vez que pueden, y ven en el rótulo de «ultraderecha» la defunción de sus carreras políticas.

La pusilanimidad conservadora impera en los grupos de derecha, que capitulan en cualquier debate con tal de evitar ser acusados de coincidir con ese impreciso extremo que supuestamente alberga a fascistas, monárquicos, ultra-católicos, paganos, liberales austriacos proponentes del Estado mínimo y totalitarios partidarios del Estado ético hegeliano.

Hoy el discurso izquierda-derecha es fructífero para los profetas del malvivir. Los comunistas con la venia del liberalismo reducen el debate a la perspectiva materialista, preponderan la esfera económica por sobre cualquier consideración política y terminan execrando de la contienda a los valores. Hablar de moral o identidad resulta incomprensible para quiénes limitan la discusión al espurio y estéril conflicto entre capitalismo y socialismo.

Creemos que las condiciones de la gran política permitirán el advenimiento de una ruptura ideológica tan drástica que logrará derribar el cerco ideológico que la izquierda sostiene. Como hemos señalado, los primeros brotes radican en los movimientos identitarios y nacionalistas, que denuncian al globalismo como tendencia afín de rojos y liberales. Los globalistas contra los nacionalistas.

Lo nacional como elemento atávico e irrenunciable de lo político, ese llamado ancestral de la estirpe, es el hipocentro del próximo cataclismo en el debate de las ideas. Los múltiples conflictos definitorios de nuestros tiempos tienen como quid la cuestión nacional, que se manifiesta en las pretensiones irrendentistas o disputas territoriales, las aspiraciones de integración o independencia política de ciertas regiones, los fieros enfrentamientos étnicos, las crisis migratorias, el terrorismo islámico y los estragos del multiculturalismo forzado.

Y es que no solo Europa y el norte de América revolucionan su panorama político. También lo hace una Hispanoamérica que despierta ante los trágicos experimentos sociales de las tiranías socialistas. Occidente entero se hace eco de las sangrientas hecatombes que sufren naciones como Venezuela y Cuba.

El vacío legado por el conservadurismo liberal está siendo ocupado por necesidad. Hordas intempestivas de jóvenes vierten su ímpetu en viejos odres, que terminan reventando por su deshonestidad intelectual. Nuevas generaciones ávidas de polémica, rompen con los linderos habituales de la corrección política y se proclaman de derecha. La teoría de Carl Schmitt cobra vigencia, basta para ellos el reconocer su enemigo, el enfrentamiento les dota de identidad propia.

La sociología contemporánea apunta que las nuevas generaciones están inclinadas hacia la derecha.

La sociología contemporánea apunta que las nuevas generaciones están inclinadas hacia la derecha.

Estos Intentos loables pero pueriles han granjeado la maledicencia de los medios y la disonancia con los espectadores. La trayectoria decadente de la alt-right ilustra los peligros de la acción política sin esmero por las bases conceptuales. El éxito que supuso su amplitud ideológica terminó siendo su ruina. Es preciso encausar el espíritu jovial disidente hacía un frente mucho mejor definido, si en verdad queremos derrotar definitivamente a la izquierda. Una de nuestras propuestas es la Derecha Nacional.

La derecha contrarrevolucionaria.

Con la caída del ancien régime francés, estandartes contrarrevolucionarios se elevaron en toda Europa. La pluma de Edmund Burke (1729 – 1797) distinguió apenas en 1790 el iceberg al que se dirigía Francia por los vientos revolucionarios. Para el político irlandés, el principal fallo de la Revolución Francesa yacía en su adoración a la diosa Razón: la revolución, al ser heredera dogmática del racionalismo moderno, negaba la política del corazón.

Los grandes hitos del hombre trascienden cualquier modelo de elección racional, el sacrificio por la Patria o por la familia responde al sentimiento de amor. Los latidos del corazón se sitúan por encima del simple instinto y son capaces de sublimar ideas que pareciendo absurdas bajo el lente racional, constituyen las fibras de la tradición heroica.

Burke sostiene que el reconocimiento del origen divino de las instituciones políticas, la defensa del rey y de Dios contribuye a la preservación del orden social sin el cual ninguna nación prospera. La reforma paulatina a su modo de ver el panorama europeo, es válida, siempre que no represente un divorcio total con las normas consuetudinarias. De hecho, el conservadurismo de Burke coloca de manifiesto la necesidad del cambio: un orden que no admite reformas, será incapaz de prevalecer frente a amenazas cambiantes.

La revolución rompe con el orden y mecaniza al hombre, obstaculiza la formación de un criterio espiritual o metafísico y centra su acción en el mundo terreno. Se esfuerza entonces por la eficiencia, pero jamás por la trascendencia. Sus instituciones son débiles, al basarse no en grandes mitos fundacionales, sino en la cambiante voluntad de los hombres que le erigieron.

La crítica de Burke resultaría tímida en comparación con la demoledora retórica reaccionaria del conde Joseph De Maistre (1753-1821), miembro de la nobleza saboyana quién vivió los primeros brotes revolucionarios y alcanzó a observar desde la lejanía sus nefastos estragos. Su defensa del trono, la espada y el altar visibiliza la delgada línea entre el conservadurismo y la reacción tradicionalista: aquél ve a la Revolución como un fenómeno inevitable, procura preservar algunos elementos del pasado en el nuevo orden; mientras que el segundo se enfrenta a la Revolución y considera el restablecimiento del antiguo status quo.

En la visión de De Maistre, plasmada en su Consideraciones sobre Francia, la humanidad se encuentra restringida pero no esclavizada por las cadenas del Ser supremo. Un altar divino dispone el orden cósmico. Como en Aristóteles, los elementos del universo cuentan con causas finales o ulteriores, misiones que definen su existencia y rol en el plan eterno.

Existen dos tipos de causas que definen el comportamiento humano, las celestiales y las terrenas. Las primeras se asemejan a las leyes inmutables que el hombre descubre en su acercamiento a la naturaleza, son de origen divino y responden a un plan perfecto que trasciende las eras. Las segundas, tienden al error, pues son consideradas desde la limitada y subjetiva visión humana. De Maistre escribe:

Nada es más admirable en el orden universal de las cosas que la acción de los seres libres bajo la mano divina. Esclavos libres, actúan voluntaria y necesariamente al mismo tiempo; ellos hacen lo que en verdad quieren, pero sin entorpecer los planes generales.

Las instituciones políticas fundadas sobre el Trono y el Altar encarnan en el plano social el mandato sagrado que el universo impone a la vida. Su destrucción significa la disolución de las cadenas que atan la voluntad humana, pero también la pérdida de la concordia entre lo humano y lo divino.

La tradición representa la cadena que une el sendero del hombre con el orden cósmico, su ruptura conocida como Revolución impone la tiranía de las apetencias y el caos. Lo elevado es inaccesible, y el infierno se desata en la tierra. El terror sangriento de los revolucionarios franceses es causa de las voluntades dispersas que embisten contra toda jerarquía pretérita, construyendo órdenes sociales sobre cimientos inciertos. ¡Ni siquiera el revolucionario es capaz de conducir la Revolución!

De Maistre expone a la Revolución como un torbellino intempestivo que arrasa con toda posibilidad de orden, y que engulle a sus ejecutores hasta devastar también a ellos.

La consecuencia funesta de romper con la ley natural se traduce en el acabose de todo acuerdo. Los mediocres dominados por sus pasiones, creen dirigir el tumulto revolucionario. No se percatan que sus posiciones de liderazgo dependen de circunstancias que trascienden su talento o voluntad.

Robespierre, Collot o Barère nunca pensaron en establecer el gobierno revolucionario o el Régimen de Terror, ellos fueron llevados allí por circunstancias imperceptibles, y algo semejante jamás será visto de nuevo. Estos hombres en extremo mediocres ejercieron sobre una nación de culpables el despotismo más temible en la historia, y seguramente estarían más sorprendidos de su poder que cualquier otro en el reino.

Pero en el momento en que estos detestables tiranos completaron las medidas criminales necesarias para esa fase de la Revolución, un suspiro les derrocó. Su poder gigante, que hizo temblar a Francia y a Europa, no pudo soportar el primer ataque, y como no pudo haber nada grande, nada augusto, en una revolución completamente criminal, la Providencia dictó que el primer golpe fuese dado por los Septembristas, de modo que hasta la justicia misma fuese degradada.

La izquierda cultural arguye que las ideas de tradición y progreso se contrarían. Solo ellos, amantes de la igualdad, encarnan el vigor de quién avanza. Falso. Etimológicamente progresar es sinónimo de avanzar, lo que en el plano político se expresa en el desarrollo de la civilización. La tradición aboga por preservar las conquistas logradas en esta perenne lucha contra la barbarie: la tradición es el avance prudente y deliberado, imperiosos para el progreso de los hombres libres.

La Sociedad de defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP) , fundada en 1960, se considera contrarevolucionaria.

La Sociedad de defensa de la Tradición, Familia y Propiedad (TFP) , fundada en 1960, se considera contrarevolucionaria.

La desviación de nombre progresismo predica la construcción del futuro sobre los escombros del pasado que demuele. Los tradicionalistas apuestan por preservar los cimientos pretéritos como bases firmes en pos de las alturas. ¿Qué torre alcanzará los cielos? ¿Aquella asentada sobre cenizas, plástico y arenas tan movedizas como el criterio mayoritario, o la que inspirada en el orden dórico se alza majestuosa honrando al Olimpo?

Como propuesta contemporánea, el Papa Pio XII en su Discurso a la nobleza y al patriciado romano, 20 de enero de 1944, considera a la tradición de la siguiente manera:

Gracias a la tradición, la juventud, iluminada y guiada por la experiencia de los ancianos, avanza con un paso más seguro, y la vejez transmite y entrega confiada el arado a manos más vigorosas que proseguirán el surco comenzado. Como lo indica su nombre, la tradición es el don que pasa de generación en generación, la antorcha que, a cada relevo, el corredor pone en manos de otro, sin que la carrera se detenga o disminuya su velocidad.

Tradición y progreso se completan mutuamente con tanta armonía que, así como la tradición sin el progreso se contradice a sí misma, así también el progreso sin la tradición sería una empresa temeraria, un salto en el vacío.

La diferencia crucial entre izquierdas y derechas sobre las consideraciones respecto al futuro, estriban en que el progreso se limita a una fuga hacia adelante, mientras que el avance se caracteriza por la elevación espiritual. El quid del desarrollo se sitúa por encima de las mejorías materiales: los valores son los que nos hacen avanzar. Para el materialista el único movimiento válido es hacia adelante como concepción terrena; para los tradicionalistas, el imperativo es alzar el vuelo.

Julius Évola (1898-1974) cerca con estas palabras la cuestión progresista:

El “progresismo” es una quimera extraña a toda posición de Derecha. Lo es porque en una consideración general sobre curso de la historia con referencia a los valores espirituales, no a los materiales, a las conquistas técnicas, et cetera; el hombre de Derecha es llevado a reconocer un descenso, no un progreso y un verdadero ascenso. Los desarrollos de la sociedad actual no pueden sino confirmar esta convicción.

La derecha tradicional.

A la luz del planteamiento tradicionalista, el posicionamiento a la derecha en términos ideológicos supone la defensa del orden natural frente a los discursos subversivos que busquen disolver la jerarquía.

La derecha tradicional no solo se coloca “a la derecha del rey”, asume la preservación de valores que preceden su existencia terrena, inmutables e intrazables ante la tentación arrojada por el progreso. La corona más que institución política, es una alegoría metafísica, que dota al hombre de una suerte de nobleza espiritual: la certeza de un proceder inspirado en lo incognoscible, un sendero cuyos linderos escapan al raciocinio. El ideal aristocrático dota al hombre de una misión en la tierra: la búsqueda de lo bueno, lo bello y lo sublime.

La izquierda simboliza las ideas sediciosas que apelando a la igualdad pretenden tiranizar al universo. Son los famélicos tropeles incapaces de percibir la divina verticalidad universal, al engolfarse entre los gritos de sus pasiones. El estómago domina al corazón, la virtud cede ante el vicio, y la falaz cosmovisión invoca una justicia que no es, una corte revolucionaria que parte del resentimiento y no de la rectitud. Un actuar que evoca las palabras de Platón sobre la democracia, el gobierno más infausto, ejercido por innumerables déspotas que, olvidando el bienestar general, rapiñan todo a su paso. La mediocridad cuestiona la autoridad, y con recelo derriba todo rastro de excelencia. En una sociedad profundamente corroída por el germen democrático, hasta los ángeles deberán devorar sus propias alas.

La derecha como expresión lingüística surge en defensa de la monarquía, sin embargo, el espíritu que le inspira precede al régimen feudal. La derecha como breviario filosófico continente de las ideas de orden, jerarquía, respeto por los ancestros y defensa de lo nativo; se ha manifestado de maneras variopintas en disímiles discursos a lo largo de la historia de Occidente.

Indudablemente el nacionalismo tiene algo de ese sustrato, pero también lo tuvo el vitalismo de Spengler y Nietzsche, el positivismo de Comte o Spencer, la metafísica romántica de Fichte y Herder, las coronas universales, las ciudades libres itálicas, el imperio y la República romanas, et cetera. Expresiones políticas cuyas banderas defendieron con desigual intensidad las comunes nociones que arropan el sentido ético y estético de una tradición primordial inteligible solo desde la conciencia histórica.

Industriales obsesionados con la conquista científica, soldados aventureros en pos de la gloria, campesinos huraños encariñados con los hábitos del abuelo, ciudadanos quijotes del imperio de la ley, paganos que adoran la naturaleza y obispos que se aferran a las encíclicas papales. Desde fascistas revolucionarios hasta monarquistas reaccionarios, pasando por los tímidos curadores de políticas pretéritas y los adoradores del progreso técnico. Todos ellos, enfrentados por pugnas coyunturales, terminan asistiendo sin saberlo a la cimentación perpetua de la civilización. Quizás en el más allá, reconozcan en tono cordial el haber regado sangre desde banderas contrarias, el común y atávico campo de donde brota el primal, pero también sublime, amor por el credo, la patria y la familia.

Optimates y Populares, ascendientes filosóficos.

La Roma clásica, eterna referida por sus descendientes culturales, cobijó en su Senado las dos expresiones más diáfanas y contrarias de la gran política. Las magnas obras de filosofía concerniente a los asuntos públicos, se sintetizan en las agudas polémicas libradas entre los oradores de las facciones parlamentarias: los optimates contra los populares.

La patria como tierra sagrada donde descansan los ancestros y sus dioses, la libertad como el derecho conquistado de autogobernarse según la voluntad propia, la ley como árbitro imparcial y supremo fruto de la deliberación pública. Sobre esas máximas se edificó la República romana, el debate subyace en la dirección que debería tomar la arquitectura política, hacia la búsqueda de la excelencia o hacia la resolución de las necesidades comunes.

Los optimates encarnaron la voz de la tradición patricia en Roma. Los patricios, o padres de la patria, fueron los señores cuyo linaje se remontaba a las primeras familias de la ciudad. Adoptando el título de excelentes, pregonaban la desigualdad entre los hombres, considerada como una condición natural derivada de la disímil práctica de la virtud.

La virtus es el acercamiento romano a la búsqueda de la excelencia que los griegos conocían por areté, pulsión natural manifestada en el hombre como pasión divina conducente a la heroicidad. El coraje en el campo de batalla y la sapiencia sobre lo provechoso para la sociedad, manifiestan al unísono el perfeccionamiento del carácter.

Es verdaderamente hombre, vir, quien ejerce su virtus. Virilidad es heroicidad. El ethos se eleva a través de la batalla inacabable entre lo conveniente y lo honroso: el héroe opta por conquistar la gloria aunque signifique la muerte. De manera libre, y no de otra, convierte su vida en libación para los altares de la patria. De allí el lema pro aris et focis, por los altares y los hogares, ponderado por patricios como Cicerón, y que hoy heredamos en la trinidad Dios, patria y familia.

Semejante al fuego sacro de las vestales, la llama de la heroicidad aristocrática se mantuvo ardiendo por la custodia de los Optimates. Hombres duros, muchos de bucólicos orígenes, defendieron el mos maiorum, los principios de los ancestros, como tradición inexpugnable e intrínseca a la supervivencia de Roma. Al respecto escribió Quinto Ennio, Moribus antiquis res stat Romana virisque, Roma vive por sus costumbres antiguas y su heroicidad.

La autoridad republicana trasciende la asignación arbitraria de competencias, el auctoritas apela a la solvencia moral y la trayectoria insigne de un político: incluso prescindiendo del poder, la influencia de un hombre distinguido sobre los asuntos públicos podía ser decisiva.

«La salvación de la República se debía al gran valor de pocos ciudadanos».

«La salvación de la República se debía al gran valor de pocos ciudadanos».

Los Populares, senadores de también impoluto linaje, maquinaron innumerables formas para conquistar el poder consular a través de la plebe. La quintaesencia originaria del populismo se manifestó en estos oradores que, expresando su alineación con las raleas mayoritarias, se embutían con las mieles del poder. Uno de sus rasgos más característicos fue la estratégica predilección por el cargo de Tribuno de la Plebe, puesto con el que granjeaban apoyos y sembraban incendiarias propuestas entre la prole romana.

En innumerables ocasiones, los Populares amenazaron la autoridad del Senado y pusieron en peligro la continuidad de la vida republicana. Iniciaron ardides como reformas agrarias que incluían la repartición de tierras, e impulsaron además el otorgamiento de la ciudadanía romana a los vecinos con el fin de conseguir mayores apoyos entre los hombres comunes. Contra las potestades acostumbradas, levantaban las banderas del poder popular.

En definitiva, el latrocinio, el espolio, la demagogia, la expropiación, el empoderamiento del migrante frente al residente, el enseñoramiento de los estratos menos brillantes y el discurso férvido contra la autoridad, fueron prácticas subversivas implementadas y perfeccionadas por los Populares dos milenios antes de la aparición del marxismo.

En este orden de ideas, el cinismo comunista es tan irrespetuoso por la sapiencia ajena, que toma como título preciado el mote de proletarios. Justamente a los proletarios se les consideró en la Roma clásica como el estrato más bajo entre todos, pues careciendo de gentes probas lo único de valía que tenía para ofrecer a la República era su prole,  útil sólo para el trabajo rudimentario y el refuerzo del ejército tras las reformas de Cayo Mario, cónsul de la facción popular.

Marco Tulio Cicerón (106 a.C.-43 a.C.) sublimó la nobleza de espíritu por encima de la corrupción popular en su memorable denuncia contra la conjuración de Catilina. Mientras hordas de jóvenes sucumbían ante la tentación del desenfreno licencioso, Cicerón revitalizó la dignitas pública al aplastar la rebelión contra el Senado. Sus palabras atestiguan el carácter de un genuino prócer romano al condenar los sediciosos:

No piensan sino en muertes, incendios y robos; malgastaron su patrimonio, devoraron su fortuna, se les acabó el caudal ha tiempo y empieza a faltarles el crédito, pero permanecen en ellos los gustos dispendiosos de la opulencia. Si en el vino y en el juego sólo buscaran el placer de la gula y la lujuria, aun desesperando de ellos, podrían ser tolerados. Pero, ¿quién ha de sufrir las asechanzas de los cobardes contra los esforzados, de los necios contra los sensatos, de los borrachos contra los sobrios, de los perezosos contra los activos? Paréceme estarles viendo en sus orgías recostados lánguidamente, abrazando mujeres impúdicas, debilitados por la embriaguez, hartos de manjares, coronados de guirnaldas, inundados de perfumes, enervados por los placeres, eructando amenazas de matar a los buenos y de incendiar Roma.

Entonces los linderos del conflicto no habían sido bautizados con los rótulos de izquierdas contra derechas. El debate se libró sobre causas de mayor trascendencia: la guerra entre los excelentes contra los populares, los mejores contra los más. Nos aleccionan tan eminentes dimensiones de la política: la auténtica querella no es de izquierda y de derecha, sino de lo glorioso contra lo útil, lo sublime contra la bajo, lo noble contra lo enfermo…

Salustio que militó en la facción popular y tras años de deliberación decidió historiar con repulsión a los abusos de su partido, sentencia a propósito del proceso contra Catilina: «después de mucha reflexión y examen, veníase a concluir que la salvación de la República se debía al gran valor de pocos ciudadanos, y que por ellos venció la pobreza a las riquezas y el corto número a la muchedumbre».

El fascismo y la derecha.

Una porción mayoritaria de los políticos contemporáneos, gusta confundir los términos fascismo y extrema derecha, ignorando u omitiendo que el movimiento nacional fascista encabezado por Benito Mussolini, que gobernó a Italia desde 1922 a 1942, despreciaba los vínculos con la derecha tradicional.

El fascismo surgió como un discurso romántico y revolucionario, alimentado por el nacionalismo decimonónico e impulsado por el afán de transformar la sociedad italiana. El término fascismo proviene del fascio littorio, símbolo de autoridad consular en la República Romana. El haz de varas expresa la fortaleza de la Patria romana a través de la unidad de sus componentes. De modo que el fascismo se enfrentó al discurso desintegrador de la lucha de clases, al tiempo que combatió la pugna electoral entre partidos planteada por la democracia liberal. Ante los intereses particulares, imponía la suprema decisión del Estado.

El rasgo más característico del fascismo fue su absoluta sinceridad: desde sus primeros brotes se proclamó autoritario y antidemocrático. Renegaba de la corona y apelaba al heroísmo como nexo atemporal con el pasado glorioso de la península itálica. La magna restauración del Imperio Romano marcaba el fin último de este movimiento marcial, cuyos matices estéticos descubrían una ética pretérita relegada, una tradición laica o aconfesional que contradictoriamente sacralizaba el sacrificio.

Se nutrió de la corriente cultural llamada futurismo, signo del resquebrajamiento de todo orden anterior en pos de la conquista del mañana. Revitalizó el vivere pericolosamente renacentista y declaró la nietzscheana guerra contra la conformidad y toda forma de apaciguamiento. El fascista fue un hombre a destiempo, respetuoso de una nobleza del trabajo que equiparaba el esfuerzo laboral con las proezas de los mitos clásicos, y asumió la tarea hercúlea de decapitar la hidra moderna encarnada por la decadencia materialista.

Jamás la jerarquía fascista se proclamó conservadora. Mussolini, venido de la escena socialista, exteriorizó su deseo de exponer al marxismo como una desviación corrupta de la izquierda, y no como su quid. Las múltiples corrientes de inspiración fascista en todo el orbe, adoptaron como característica común el alejamiento con las categorías de izquierda o de derecha. Pretendían trascender la clasificación política habitual, en pos de lograr el matrimonio entre un nacionalismo desprovisto de explotación capitalista, y un socialismo divorciado del internacionalismo comunista.

El fascista fue un hombre paradójico en toda regla. Su corpus doctrinario embrazó con nostalgia una mística pagana, que glorificó a la tierra natal con intensidad semejante a la del antiquísimo patricio que libaba en los altares de la patria de Eneas. Al tiempo, rompía con la costumbre nobiliaria y ensalzó la aristocracia del trabajo. Su intencionalidad surge de las cicatrices legadas por la Gran Guerra: el italiano desesperó al verse sucumbido en la miseria, incluso compartiendo mesa con los vencedores.

Más que un movimiento netamente político, el fascismo fue un movimiento social, un esperanzado gesto de vitalidad intempestiva: huracán que elevó el espíritu nacional pero que terminó estrellándose con la derrota bélica.

Consideremos al fascismo como un cúmulo de creencias e ideas arcaicas y modernas sintetizadas a través de la impostura marcial. Fue capaz de ganar adeptos entre los principales círculos intelectuales de su época, lo que explica la supervivencia de su credo. Tras el fracaso de 1945 el fascismo había muerto, sí, pero había despertado un espíritu filosófico del cuál fue instrumento sin siquiera percatarse de ello.

El romanticismo fascista, previo a los juegos de poder y mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, osó destapar una caja de Pandora oculta en las entrañas del imaginario colectivo occidental, en términos junguianos, redescubrió el arquetipo del héroe mítico indoeuropeo.

El mito heroico.

Careciendo de nombre, el espíritu clásico del que más tarde bebió el fascismo, encendió el entusiasmo de los guerreros trágicos que acompañaron a Gabriele D’Annunzio (1863-1938) en su rebelión por la reconquista de Fiume (1919). Aquél poeta guerrero se asumió como profeta y, reconociendo el carácter cíclico del tiempo, blandió los usos más antiguos como seña del futuro. Bautizó a sus subordinados como legionarios, y saludando al sol como enseña del pasado imperial, proclamó una constitución en que héroes y artistas figuraron como superhombres de la Patria.

Es innegable que ese crisol de ideas constituyó el caldo de cultivo del fascismo italiano como experimento político, pero limitarnos a ello demostraría una suerte de mezquindad intelectual. La explosión artística y filosófica encarnada por el renacer de las formas más elevadas de patetismo cultural, revitaliza la política del corazón del hombre que se descubre portador de principios inmortales. Es un cataclismo que derrumba el yugo de la máquina y la cifra junto a su política masificadora.

Los legionarios de Gabriele D’Annunzio ocuparon la ciudad de Fiume (Croacia) el 12 de septiembre de 1919.

Los legionarios de Gabriele D’Annunzio ocuparon la ciudad de Fiume (Croacia) el 12 de septiembre de 1919.

La organicidad del heroísmo clásico resuelve la coyuntura entre la masa y el individuo: el héroe conquista su personalidad como individuo considerado respecto a la sociedad. El dasein heroico fue mucho más allá de una constitución corporativista, impregnó en los corazones valientes la búsqueda por lo sublime. Fue el deseo de Yukio Mishima, de transformar la vida propia en poesía aunque ello significara la muerte. Fue el retorno de la ética del areté.

Hombres como Julius Évola escribieron sobre el fascismo desde la derecha, al percatarse con lucidez extraordinaria de que aquél movimiento romántico era apenas la forzosa materialización de una corriente de pensamiento aún más profunda. Un cauce ancestral trazado por los mismos dioses, tan superior que apenas era rozado por las bayonetas y los fascios de aquellos marchistas de negro.

La derecha nacional o destra nazionale.

Tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial, el proceso de desnazificación y la puesta en marcha del plan Marshall, la soberanía italiana quedó en entredicho. Se persiguió con esmero los reductos culturales del fascismo, se enjuició a los camisas negras prominentes, e Italia se sumergió en el cosmopolitismo liberal propugnado por los aliados.

Se celebró con júbilo la imposición de la democracia y la libertad por decreto, pero ello no evitó que la península sucumbiera en la miseria. La guerra arrasó con los campos y la industria, por lo que la pobreza generalizada se agudizó, y trajo consigo una debacle moral comparable solo a los tiempos de la decadencia imperial. Las calles de Roma eran un triste espectáculo de degradación y meretricio, donde tomos manuscritos de Machiavelli se intercambiaban por hogazas de pan.

Tan luctuoso panorama impuso el yugo de la incertidumbre y el desasosiego. Las fuerzas políticas permitidas por los aliados en el nuevo concierto europeo execraban todo guiño al fascismo, pero también purgaban con rencor y algo de paranoia a aquellos movimientos que inspirados en el mito heroico superaban la huella mussoliniana. Incluso bajo tumba y proscritos constitucionalmente, los fascistas, o neofascistas como tituló la prensa sensacionalista, seguían siendo los culpables oficiales de la crisis italiana incluso diez o veinte años después de la guerra.

Los demócratas cristianos junto a los liberales, los más blandos en retórica, fueron los designados por aquél «occidente» sintético para lidiar electoralmente contra las feroces hordas de socialistas apoyados por el bloque soviético. Italia, en especial por la posición geográfica de posiciones como Trieste, representaba la última frontera de la civilización ante la barbarie comunista. ¡Y los encomendados en su defensa eran los apacibles tolerantes!

Tras la Segunda Guerra Mundial la derecha en definitiva quedó desfigurada, afligida y acomplejada. No queriendo compartir con los fascismos ningún aspecto, se acerca tanto a la izquierda que se desdibuja del todo. Abandona la defensa de los valores inmortales, y opta por meras proclamas patrioteras acompañadas de la liberación de los mercados. Recobra auge ese oxímoron llamado derecha liberal, que en pos de milagros económicos (teología mundana), relega la esencia de la civilización: identidad, espiritualidad y jerarquía.

Son años difíciles para los europeos quiénes ven en los tanques soviéticos una amenaza real.

Como era de esperarse, la actuación de esa derecha pusilánime consintió el crecimiento de uno de los partidos comunistas más poderosos y con mayor apoyo en el continente. El Partido Comunista Italiano, de orígenes y militancia partisana, fue el segundo partido más votado entre las décadas de los sesentas y los noventas. Tampoco los tolerantes pudieron encargarse de la preservación del orden ante la subversión marxista. La Operación Gladio da fe de ello. Tuvo que intervenir la OTAN en cubierto para aplacar la violencia desatada por las Brigadas Rojas.

Parece ser que la derecha no podía ganar. Incapaz de sostener un discurso coherente, sólido y vanguardista, se limitaba a reaccionar ante tal o cual propuesta socialista. La doctrina marxista hacía estragos entre la juventud italiana, y se convertía en el credo máximo en la política nueva.

Los anni di piombo (1969-1988) arroparon con su pesado manto de pólvora y sangre a la juventud italiana. Los gramscianos habían triunfado en el terreno cultural conquistando para sí las universidades, convertidas entonces en sus principales fábricas de propaganda. Socialistas moderados y comunistas crecían en el campo electoral, al tiempo que auspiciaban abiertamente la lucha de clases. ¿El tema principal en los parlamentos? La apologética marxista en busca de la amnistía al terrorista. El terror comunista fue real: Aldo Moro, Primer Ministro de Italia en dos ocasiones, fue secuestrado y asesinado en 1978 por el grupo terrorista Brigadas Rojas.

Entre las tinieblas, un puñado de hombres decidió marchar ascético contra la decadencia: enarbolaron sin disimulo los estandartes patricios de otra Europa y juraron combatir frontalmente la amenaza soviética. Surgieron decenas de partidos, Movimiento Social Italiano el de mayor relevancia, que tras el paso de los años forjaron un poderosísimo discurso político que restauró a la antiquísima derecha espiritual. Habría quién convirtiera la indignación en acción.

Militantes del MSI en una manifestación, preparados para el ambiente violento de los años de plomo.

Militantes del MSI en una manifestación, preparados para el ambiente violento de los años de plomo.

Los intelectuales de esta Destra emergente procuraron romper con el sectarismo y la proscripción, mediante el estudio de esos movimientos que habían sido relegados al pie de página en la historia de la última gran guerra, y que por ello, aun viniendo de la derecha no cargaban con estigma alguno. Las ideas tras la konservative revolution alemana fueron revitalizadas medio siglo después en Italia: regresó al ruedo la restauración autoritaria de los valores tradicionales, dícese los del hombre aristocrático, a través de una visión orgánica de la sociedad.

De hecho, Évola explicita la estimación positiva acerca de la Revolución Conservadora en los siguientes términos:

Para el hombre de Destra son los principios lo que siempre constituye la base de su acción, la tierra firme ante la mutación y la contingencia, y aquí la “contra-revolución” debe valer como una consigna muy precisa. Si se quiere, nos podemos referir en vez a la fórmula, tan sólo en apariencias paradojal, de una “Revolución Conservadora”. La misma concierne a todas las iniciativas que se imponen para la remoción de situaciones negativas fácticas, necesarias para una restauración, para una asunción adecuada de aquello que posee un valor intrínseco y que no puede ser objeto de discusión. En efecto, en condiciones de crisis y de subversión, puede decirse que nada tiene un carácter tan revolucionario como la sustentación de tales valores.

La Destra Nazional encarna esa corriente que reivindica al hombre como portador de valores eternos, semejante a la visión de José Antonio Primo de Rivera (1903-1936) respecto a la dignidad humana:

Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse. Sólo cuando al hombre se le considera así, se puede decir que se respeta de veras su libertad, y más todavía si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.

Según Julius Évola, «las posturas de una Derecha son necesariamente anti-societarias, anti-plebeyas y aristocráticas; en modo tal que la contraparte de todo esto será la afirmación del ideal de un Estado bien estructurado, orgánico, jerárquico, regido por un principio de autoridad».

Corrientes políticas de toda índole fueron admitidas en la Destra, siempre que se comprometieran a mantener como norte los supremos intereses de la nación europea. Esta estratégica amplitud respondía a la necesidad de mitigar la influencia de izquierda en el imaginario colectivo. ¿Monarquía o república? ¿Economía social de mercado, planificación centralizada, distributismo o libre mercado? La Patria no debe dividirse ante discusiones coyunturales, ni mucho menos desintegrarse entre zelotes de la crematística.

Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo escribió Nietzsche. Aquellos que hacen de la felicidad nacional su obra de gobierno, podrán admitir con entereza cualquier fórmula económica que conduzca a la prosperidad según las características únicas del país, como el medio físico, los recursos materiales y la idiosincrasia de sus habitantes.

La Destra Nazionale se propuso nacionalizar a la derecha. La concordia entre las estructuras tradicionales y el espíritu nacional fue la fórmula triunfante que reimpulsó y popularizo a la Destra Nazionale en la sociedad italiana de los años setenta.

La idea orgánica de nación evoca la necesidad de dedicar la acción de gobierno al engrandecimiento de la Patria. Cada familia es una célula perteneciente al gran cuerpo social, cuya salud depende del esfuerzo conjunto de sus elementos. Con inspirar este anhelo en el corazón de todo ciudadano, podremos dar el primer paso hacia la restauración de la tradición primordial. La civilización depende de ese renacer de la idea nacional.

Adriano Romualdi (1940-1973) es uno de los principales ideólogos de la Derecha Nacional, su prolífica obra se detuvo solo ante su precoz fallecimiento. Como profesor universitario conocía con especial detalle el peso de la cultura en los procesos políticos: en las universidades se forman las élites del mañana, a aquellos individuos que tendrán la responsabilidad de moldear la cultura, y que desde las aulas fraguan las revoluciones.

Romualdi aborda con esmero el tema del desarrollo de la cultura como eje del enfrentamiento político. Si la cultura es un organismo vivo, como señala Spengler, o las antenas de la raza en Pound; asediar la cultura será el paso definitorio de las transformaciones reales en el plano social. Las fuerzas vivas de derecha perecen por carecer de un proyecto orgánico alternativo a la visión plebeya de la vida. Reproducimos sus palabras sobre la verdadera causa del predominio de la hegemonía ideológica de la izquierda:

Ésta reside en el hecho de que allí, en la izquierda, existen las condiciones para una cultura, existe una concepción unitaria de la vida, materialista, democrática, humanitaria, progresista. Esta visión del mundo y de la vida puede asumir diferentes matices, puede tornarse radicalismo y comunismo, neo‑iluminismo o «cientifismo» de carácter psicoanalítico, marxismo militante y cristianismo positivo de naturaleza «social». Pero siempre nos encontramos frente a una visión unitaria del mundo, de los fines de la historia y de la sociedad.

De esta concepción común surge una masiva producción ensayística, histórica y literaria que puede ser mezquina y decadente pero que posee una lógica y una íntima coherencia propias. Esta lógica, esta coherencia ejercen una fascinación creciente sobre las personas cultas. No es ningún misterio para nadie que un gran número de docentes medios y universitario es marxista y que el proceso de extensión del marxismo entre el cuerpo de profesionales de la enseñanza se verifica con una impresionante rapidez. Y entre los jóvenes que tienen el hábito de leer, las posiciones de izquierda ganan terreno de forma evidente.

En el ámbito de la derecha no se produce nada semejante. Aquí se vaga en una atmósfera deprimente, hecha de conservadurismo de andar por casa y respetabilidad burguesa. Se pueden leer artículos en los que se solicita que la cultura tenga más en cuenta los «valores patrióticos» o de la «moral», todo en medio de una pintoresca confusión de ideas y de lenguaje.

Mientras la izquierda sabe perfectamente lo que quiere, la derecha anda a tientas. En la contemporaneidad se carece de un tipo de conciencia que ponga coto al discurso (conciencia) de clase. Y esbozamos la tipología conciencia por la importancia cabal del reconocimiento propio que debe advertir aquél que pretenda unirse a la cruzada civilizatoria. El eterno conócete a ti mismo del oráculo de Delfos ha de reproducirse en nuestra conciencia cultural.

Romualdi explica:

Quizás las personas cultas no sean menos en número a derecha que a izquierda. Si se considera que la mayor parte de electorado de derecha es burgués, se debería deducir que entre ellos son abundantes las personas que hayan realizado estudios superiores y deberían haber contraído un cierto «hábito de lectura».

Sin embargo, mientras el hombre de izquierda dispone también de los elementos de una cultura de izquierda y lee a Marx, Freud, Salvemini, el hombre de derecha difícilmente posee una conciencia cultural de «Derecha». No sospecha la importancia de un Nietzsche en la crítica a la civilización, jamás ha leído una novela de Jünger o de Drieu la Rochelle, desconoce la Decadencia de Occidente de Spengler y no duda en absoluto que la Revolución francesa haya constituido una página insigne en la historia del progreso humano. Mientras se mantiene en el ámbito de la cultura es un bravo liberal, sólo, tal vez, un poco nacionalista y patriota.

El reto que asumimos es doble, pues no basta con asumir la ofensiva en el terreno político. Para que la Europa espiritual, que por extensión llamamos Occidente, resurja; necesitamos forjar nuestros propios elementos culturales.

Regresando al tema central que nos compete, tal y como lo señala el título de este pasaje, la definición más acertada de lo que es la Derecha Nacional, como filosofía y disciplina cultural más que vector, nos la lega Adriano Romualdi:

Ser de «Derecha» significa, en primer lugar, reconocer el carácter subversivo de los movimientos nacidos de la Revolución francesa, ya sean éstos el liberalismo, la democracia o el socialismo.

Ser de «Derecha» significa, en segundo lugar, comprender la naturaleza decadente de los mitos racionalistas, progresistas y materialistas que preparan la llegada de la civilización plebeya, el reino de la cantidad y la tiranía de las masas anónimas y monstruosas.

Ser de «Derecha» significa, en tercer lugar, concebir al Estado como una totalidad orgánica donde los valores políticos dominen sobre las estructuras económicas y donde el dicho «a cada uno según su valía» no significa igualdad, sino una equitativa desigualdad cualitativa.

En fin, ser de «Derecha» significa aceptar como propia aquella espiritualidad aristocrática, religiosa y guerrera que ha caracterizado en sí a la civilización europea y aceptar, en nombre de esta espiritualidad y sus valores, la lucha contra la decadencia de Europa.

La Derecha Nacional como alternativa ante la decadencia.

Sentemos los pilares fundacionales de este gran renacer civilizatorio en torno a nociones comunes a todos los hombres de bien, son estos principios aquellos valores inmortales que fueron tenido como caros tanto en la Polis del ayer como en los brotes contemporáneos de revitalización moral. Nacional, pues se enfrenta al globalismo que hoy amenaza la civilización.

Para empezar a hablar de un corpus doctrinario coherente de Derecha Nacional, circunscribimos a modo de propuesta los siguientes anhelos y fundamentos:

• Concebimos a Occidente como la Patria común espiritual. Germina por su historia de sangre y coraje en pos de conquistar las alturas. Occidente es el título que adoptamos los habitantes de una Europa atemporal carente de linderos terrenos, que arropa con orgullo a las múltiples naciones que asentadas en otros continentes geográficos siguen participando de esta sublime empresa. Occidente entra en sinonimia con la Europa metafísica y eterna que hizo del mediterráneo fanal de cultura, y de América crisol de glorias. Occidente es la Europa continente de múltiples ecúmenes, cuyas costas van desde el caribe al mar de Filipinas.

• Reivindicamos la Virtus como recipiente de la sapiencia clásica respecto a los valores morales. A través de la restauración de la virtud clásica, retornará el hombre cuyos ojos ambicionan la gloria antes que la comodidad: el héroe. A su vez, rechazamos la ética deontológica propia del racionalismo. La moral no se reduce a un cúmulo de normas, se es o no virtuoso por las decisiones que tomamos durante cada latido. En su lugar proponemos la adopción del Areté como guía ético.

• El hombre es portador de valores eternos, capaz de trascender su existencia terrena a través de su obra. Como modo finito de la sustancia incognoscible, manifiesta mediante el pensamiento la bastedad infinita del universo. De ser hecho el hombre a imagen y semejanza de algún creador, es él también otro creador. El combate contra la idea material estriba, en su reducción del ser humano a un saco de huesos, carne y sangre. Contrario a esto último, alzamos la bandera de la Dignitas.

• Semejante a los astros, cada voluntad humana consta de su órbita propia. La acción política debe considerar como pináculo de su obra la constitución de aquella armonía celeste: deberá dar con la vocación de cada hombre, a fin de auxiliarle en esa empresa introspectiva de conocer su natural inclinación en los asuntos terrenos. La Libertad es el reino donde el hombre puede ejercer aquello para lo cual nació, su rol en la constelación social sin temor a colisionar.

• Nuestro Occidente es aquél cimentado entre Homero y Santo Tomás de Aquino. El retorno de la espiritualidad es imperativo para la gran sanación civilizatoria. Una espiritualidad noble y rica, que se nutre de la diversidad religiosa propia de aproximaciones disímiles y nativas de lo incognoscible. El debate religioso no debe dividir a los miembros de esta civilización cuya cuna protegieron los antiguos dioses, llegó a su apogeo bajo la luz de la cruz, y entró en decadencia por los altares de la diosa razón. Solo cabe la indignación contra los credos foráneos que contradigan nuestros valores y nuestra identidad.

• La Patria es el sagrado suelo donde descansan nuestros ancestros. El atávico árbol de valores que defendemos y que tiene por nombre Tradición, tiene como tronco al patriotismo.

• Quien ama a su tierra, ama además el fruto de la misma. El tradicionalismo asume el desarrollo en armonía con la naturaleza.

• No existiría Occidente sin occidentales. Por lo que defendemos el derecho y asumimos el deber de preservar las características propias que nos hacen ser tal. Así como reconocemos el derecho semejante que tienen otras gentes de perpetuar su estirpe en tierra propia.

• Rechazamos por entero la idea democrática, considerando estéril la deliberación de la muchedumbre. Todo gobierno auténticamente democrático tiende a regirse por la voluntad intempestiva y errática del vulgo. El criterio mayoritario surge tras promediar el conocimiento del versado con la opinión del ignaro, llevando a las tribunas aquellos asiduos a la mediocridad: almas plebeyas conformes con la medianía, aristófobos carentes de excelencia.

• Proponemos la conducción de los asuntos públicos de parte de los espíritus más elevados, a través de instituciones políticas que capten y formen a aquellos ciudadanos con vocación para el servicio público. La profesionalización de la política es un proceso obligatorio para la derrota de la corrupción y la usurpación. La Libertad como conquista será preservada a través de una República de notables, o una monarquía de sabios según dicte la idiosincrasia del país, cuyos dirigentes serán evaluados a través del tamiz del honor, el mérito y la solvencia moral. Antes de pretender autoridad, los políticos deberán contar antes con su propia auctoritas.