Por Manuel De La Cruz

Cada nación, cada cultura manifiesta su ethos a través de categorías omnipresentes en su legado intelectual. Nótese que uso la noción de cultura como encarnación de las fuerzas vivas que constituyen el tejido social, pero en lo sucesivo optaré por una acepción más consensuada. Las manifestaciones culturales, sea arte sea ciencia, nos permiten redescubrir los principios éticos que conducían la existencia de los pueblos antiguos.

Quizá, una de las principales razones por las cuáles el pensamiento de la Hélade, la llamada filosofía clásica, sigue manifestándose como un inspirador fanal en la obra intelectual contemporánea, sea el hecho de custodiar un marco lógico, un desarrollo orgánico de lo metafísico, que sitúa en una posición privilegiada a la búsqueda de lo conveniente, lo bueno y lo bello.

Releer los diálogos platónicos o la obra aristotélica, inspiran una sublimidad comparable solo con la del asceta que estudia textos sagrados. La atemporalidad, la inmortalidad de estas obras tienen sus raíces en lo elevado de sus dictámenes.

Tras dos milenios, seguimos pensando que la sangre de los héroes es más cercana a los dioses que el tintero de los poetas o las plegarias del santo. ¿Por qué? ¿Han podido estos pretéritos sabios dar con la esencia de la naturaleza humana? Con una parte, está claro. Sin embargo, algunos erraron respecto a una inquietante relación: lo ético y lo estético.

Platón, el eterno apolíneo, consideraba equivalente la bondad con lo bello. La influencia socrática, de la cual se iría deslastrando al final de sus días, le inclinó a manifestar en El banquete que «hay algo por lo que vale la pena vivir, es por contemplar la belleza». No una belleza temporal y efímera como aquella conquistada por la fortuna pecuniaria, sino la resultante de todo aquello que fuese de forma equivalente bueno y veraz.

Una sinonimia que arrastró Occidente demasiado tiempo, llevándonos incluso a obviar la existencia de la maldad veraz y a la ves hermosa.

Los argonautas presos de la tentación casi mueren ahogados ante la belleza de las sirenas. Una belleza que ante los ojos platónicos no sería tal, sino una condición estética alejada de la naturaleza verdaderamente temible de estos seres míticos. Pero, ¿no es una mezquindad negar la beldad del enemigo?

Antes del uso masivo de medios de comunicación con sintonía en la inmediatez, antes incluso de la cornucopia informativa, y a veces indigesta, que rige hoy nuestros pensamientos; la propaganda política era rudimentaria y con métodos de limitada eficacia. En tapices y fábulas musicalizadas, se buscaba retratar al enemigo como un monstruo, se deshumaniza al adversario con el objetivo de transpolar su fealdad con la maldad que encarna.

El problema surgía cuando la realidad inmediata asediaba al paraje folclórico y artístico que los soberanos construyeron para denigrar al oponente. De allí, la estupefacción que describe Arturo Uslar Pietri en Lanzas coloradas en que cayeron presos los habitantes de Coro cuando Francisco de Miranda desembarcó en sus tierras: aquél hombre de modales cortesanos, corpulencia militar y rasgos europeos era abismalmente diferente al demonio miscigenado retratado en las pinturas propagandísticas que la Capitanía General de Venezuela distribuyó entre los súbditos de la corona.

También hay testimonios, de veteranos ingleses que asistieron a la carnicería conocida como primera guerra mundial. La propaganda británica retrataba a los germanos como simios sedientos de conquista, demonios ignaros y barbáricos que iban a por el mundo. Sin embargo, en los campos de batalla se encontraron con los cascos pulidos en estilo prusiano de una disciplinada, e impecable en los primeros días de guerra, juventud bélica con quiénes guardaban más semejanzas que diferencias.

La estética, desde luego, es manifestación tangible de la ética. Aquello que hace una causa justa o no, es la serie de decisiones que toma respecto a su existencia y hacia donde dirige la misma. No se es bueno, se elige serlo ante cada interrogante planteada por la vida. No es deontología, es manifestación de la voluntad. Por tanto, la estética es una declaración ética: dice a dónde vamos. Escogemos cómo vernos ante el cosmos, y por tanto, seremos considerados o censurados en base a nuestro criterio. El progresista contemporáneo, por ejemplo, escoge a priori un uniforme no oficial que retrate ante el mundo sus anhelos políticos: no son casuales las banderas rojas.

También, la estética es en sí misma un arma propagandística. La politización del arte tiene su origen en la conducción de las corrientes artísticas por parte de élites políticas. El realismo socialista, género pictórico, encarna la mano de hierro soviética dirigiendo las pinceladas del artista oprimido. Es, además, una estruendosa promoción de los valores que encarnaba aquél sistema político. Algo que tampoco es nuevo, si se piensa en cómo el vaticano renacentista asumió el mecenazgo de los artistas más influyentes de la época.

Creo es innecesario ahondar más, el quid de la cuestión es evidente: existe un axioma falaz que rige la moral política, y esta es la fealdad del enemigo. El panorama maniqueo de tradición socrático-cristiana imbuyó durante generaciones una perspectiva existencial que simplifica la realidad en el binomio buenos y malos. Nuestra mala conciencia, aquella que ahoga toda pulsión genuina de voluntad, nos indica que la causa bella es la nuestra, y que, la victoria es obtenible en la medida que el enemigo está enfermo, corroído y en desventaja. ¡Herencia cobarde!

¿Qué de glorioso tiene enfrentarse al enemigo en desventaja?

La gloria para los clásicos, la ansiada gloria que impulsó a atenienses y espartanos a destrozarse en tierra y mar por la supremacía total sobre la Hélade, desvela una verdad inquietante y temible. Tanto que en nombre de la civilización permaneció mucho tiempo bajo tierra. La grandeza del conquistador yace en la dignidad de sus contrincantes. La auténtica heroicidad arroja el imperativo de buscar enemigos no solo temibles, sino además admirables. El profundo y recíproco respeto que manifiestan Pátroclo y el asesino de su primogénito ilustran la sabiduría helena.

Carl Schmitt retomó la antorcha, al plantear el criterio de lo político como la probabilidad real de máxima hostilidad entre dos comunidades, descarta las distinciones morales y estéticas como puntos relevantes en el desarrollo de la relación amigo-enemigo. El enemigo existe desde el instante en que surge la posibilidad de desatar nuestra violencia, como comunidad, en su contra; y siendo la causa la búsqueda de gloria o la defensa de los intereses nacionales, resulta irrelevante la solvencia moral o las cualidades éticas y estéticas del mismo. ¡Atención! El enemigo incluso podría ser bueno.

Desde la realpolitik nos alimentamos con el espíritu amoral del accionar político en Machiavelli y afirmamos: ante la existencia de nuestra Razón de Estado, que perezcan los demás.

Además, si consideramos los rasgos psicológicos que definen al hombre, nos puede resultar hasta obvia la posibilidad del enemigo bello. ¿Cómo no ceder ante la tentación de contemplar aquello que por deber odiamos? La tradición católica, al fin y al cabo, señala a Lucifer como el más hermoso elemento de la creación espiritual de Dios, el ser incorpóreo cuya esencia rebelde resulta infinitamente atractiva: ¡justo como la subversión contra el orden que las banderas rojas invocan!

Perdemos nuestro tiempo, y hasta resulta contraproducente negar la belleza métrica que poseen los condenados versos de un Neruda elogiando a Stalin. Así, como pretendemos negar los esfuerzos éticos y discursivos de la revolución comunista por seducir a las naciones del orbe.

La izquierda, la eterna enemiga del orden, hizo a la cultura su campo de guerra predilecto, porque solo allí puede cubrir la quimera de sus argumentos contra natura, con el manto de arte. El enemigo bello es aún más peligroso.

Podemos, como hace la mediocridad conservadora, fingir nauseas ante las manifestaciones culturales de siniestra. Incluso tenemos la posibilidad de entrenar nuestros impulsos, a través de algún método conductivo, para que nos produzca asco la pluma de algún poeta comunista, o las cinceladas del escultor soviético. Pero todas esas absurdas manifestaciones de constricción política no sirven para nada. Peor aún, niegan el gigantesco reto que tenemos en la lucha cultural.

Algunos invocan la acomodaticia frase, el arte trasciende al artista. No. La pasión de Bernini siempre será de Bernini. Debemos permitirnos, cómo hice ya algún tiempo, el deleite de los reales estímulos que produce el arte del oponente en nosotros al tiempo que declaramos: qué hermoso, debe morir. Pues la lucha por los ideales más elevados nos lleva a comprender la concepción de existencia que también ellos tienen con respecto a nosotros.

Sonrío, cuando algún amigo me confiesa, como si se tratase de un pecado venial, su fascinación oculta con algún artista del bando infame. A mí me agradan los himnos de batalla entonados por el ejército soviético, sus notas, su pasión, me resultan tan vívidos y disfrutables como mi genuino afán de evitar a toda costa que el engendro político que les creó vuelva a reproducirse.

Así mismo, mi observación muta a contemplación ante los grandes edificios totalitarios, esos concebidos por los Mordvinov y los Speer para anular la conciencia-de-sí del transeúnte ante la omnipresencia y omnipotencia del Estado totalitario. Lucho y seguiría luchando para que jamás semejantes distopías se establezcan en la tierra, pero no por ello debo fingir repugnancia ante los hitos estéticos del enemigo.

La comprensión vitalista del criterio de lo político nos permite entender la existencia de actividades, para algunos imbéciles perversa afición, como el coleccionismo de militar, o la recreación histórica. Hay algo que sigue vivo entre las criptas de los tiranos: la seducción de su ira contra la vida. Ese carisma sobrenatural que en algún momento fue capaz de contagiar y corromper pueblos enteros, sigue plasmada por las manos de aquellos técnicos de la estética que a regañadientes, y bajo amenaza, desarrollaron la mayor obra propagandística de sus amos. Su inmortalidad oprobiosa.

No seamos banales, el enemigo, al menos el de nuestra causa, no tiene que ser necesariamente feo. Nuestro casus belli radica en la bajeza de su esencia: el afán de esclavizarnos. Por ello, así como mi gusto estético se siente atraído por aquellos hermosos símbolos de opresión soviética, mi corazón late eufórico cuando les hacen añicos.