Por Manuel De La Cruz

Fuerzas ocultas controlan el futuro de Venezuela, y no solo se trata del infernal Foro de Sao Paulo.

Desde Buenos Aires a Madrid se conocen las artimañas emprendidas por los emisarios de la tiranía roja, su gran golpe contra todos nosotros: imponer la ficción electoral.

Los regímenes con aspiraciones totalitarias, especialmente las socialistas, tienen como leit motiv una visión teleológica de la historia, es decir, conciben la existencia terrenal como un desarrollo dialéctico que eventualmente desembocará en un fin ulterior.

La escatología marxista impulsa las fuerzas vivas que reconocen como ciertas, o por lo menos útiles, los pilares del materialismo histórico. En la Guerra Civil española, la promesa de un paraíso terrenal que redimiese a la clase oprimida trató de llenar el vacío espiritual que el ateísmo militante insertó en las filas del Frente popular.

A su vez, el terrorista anarquista se inmolaba junto a la bomba de relojería por la fe ciega en la abolición de toda autoridad. Ni hablar de la sangre derramada por los fanáticos de rojas banderas, que entre las selvas o en los frentes guerrilleros urbanos emulaban a su cristo proletario, el Che Guevara.

La política la hacen los hombres, no las máquinas. En última instancia la pasión, y no la razón, motoriza revoluciones y reacciones, tiranías y repúblicas. Son también hombres, reos de sus apetencias, los que desangran a Venezuela para perpetuar su poder, y me temo, muchos de ellos lo hacen convencidos que todo crimen es permitido con tal de conseguir la sociedad revolucionaria que les inculcaron en las escuelas de cuadros de partido.

Considero la revolución socialista en su acepción chavista como una corriente nefasta, perversa y antinatural como cualquier otro planteamiento marxista. Del mismo modo, ellos nos ven a quiénes formamos parte de la reacción como el mal encarnado. Regresamos al dogma ideológico: ellos tienen una visión agónica de la historia. Por eso triunfan.

Mientras nosotros luchamos por espacios, ellos lo hacen en la dimensión del tiempo. ¿Qué más da, en su retorcida visión, que tengan que apagar con la vida de tres cuartos del país? La historia les absolverá, Fidel Castro dixit.

He allí la eficacia para el mal. Sus agentes no temen representar de por vida un papel, con tal que el sueño siga, y la billetera se llene. Estas hienas son los miembros de la casta política venezolana. Todos esos traficantes de esperanza que bajo el nombre de MUD, Frente Amplio o gobierno interino siguen dilatando el margen de maniobra de la gran logia de Cuba.

Solo el tiempo importa, y por ello, todos estos mercenarios que no merecen otra cosa que el patíbulo retrasan nuestros esfuerzos como venezolanos por lograr la libertad.

Son tres cañones los que Venezuela tiene a su disposición para lograr el cese definitivo, no solo de la usurpación, sino de toda depredación, cohabitación y traición por parte de la tiranía co-regida y sus secuaces.

El primer cañón es de salva, y lo encarnan todos los monigotes que la tiranía dispone para guiar a sus adversarios. No importa el calibre o desde donde nos dicen que dispararán, al final, nada más que ruido saldrá tras las maniobras.

El segundo cañón tampoco es nuestro, y está en posesión de las naciones aliadas circunstanciales de la nuestra libertad. Es de verdad, y de potente calibre. Podría derrumbar las murallas del oprobio y permitirnos avanzar hasta la Patria que anhelamos. No obstante, no está en nuestro poder dispararlo. Y, últimamente, pienso que no pasará de ser un amago del que hacen uso ciertos amigos para ganar indulgencias en negociaciones geopolíticas donde Venezuela es tan solo una ficha más. Ese cañón podría no dispararse jamás.

Hay un tercer y último cañón, que muchos ignoran y solo los más perspicaces divisan. Está oculto, esperando a ser desplegado cuando sus legítimos operarios se dignen a coordinar las maniobras.

Siendo Venezuela prisión y camposanto, tendremos que sobrellevar la responsabilidad de su liberación los que materialmente estamos fuera. La diáspora venezolana es una fuerza de más de seis millones de voluntades, llamas que juntas formarían un luminoso sol de justicia.

Ante un cañón de salvas, y otro que no es nuestro, nos toca convertirnos en artilleros de este tercer cañón. Uno infinitamente más poderoso, porque no se queda en el plano material de la fuerza, sino que trasciende como alternativa histórica final: la ira divina y rigurosa de quiénes sufrimos los embates de la Tierra de Gracia aún desde la distancia.

En nuestra escuadra están los sobrevivientes, los que escaparon a la condena, los que suspiramos desesperanzados ante la ineptitud cómplice, los que imaginan su tumba en tierra foránea, los que tienen el corazón encadenado por los sollozos silentes de la madre en la lejanía…

Amamos a Venezuela, a nuestras familias y nos duele en las entrañas cada tortura, vejamen y humillación por el que pasa nuestra nación. Debemos reclutar en todos los rincones del orbe a aquellos que sienten el perfecto odio, que con creces se ganó el chavismo, el odio contra los enemigos de lo divino, de lo correcto del que nos habla el salmo 138, 22: «Los odio con odio implacable, los tengo por enemigos».

La única solución al problema político de la tiranía, es el tiranicidio. Y nuestra ira divina logrará el último cañón y el más importante por disparar. Unamos nuestros esfuerzos como nación exiliada, aportemos el diezmo a una causa justa: la Reconquista de Venezuela.

Mi propuesta sigue en pie, hagamos uso de la opción contratista. Recaudemos fondos para, de manera independiente y sin tutelas malintencionadas, contratar asesores militares privados, cuya misión será adiestrar a los voluntarios de un próximo Ejército de Reconquista Nacional y acompañarnos a derribar definitivamente la arquitectura criminal al servicio del contubernio. Cueste lo que cueste hay que conseguir, que en Caracas el león y su cruz vuelvan a regir.