Por Manuel De La Cruz

Breve contexto histórico

Con el desmembramiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se dejaba por sentado como hegemón indiscutible en el terreno de las ideas políticas al liberalismo. En lo sucesivo, los Estados miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte se darían a la tarea de propiciar un ambiente de reconciliación con sus antiguos rivales, mientras que solapadamente buscaban influir sobre la cultura e identidad del antiguo bloque soviético, con el fin de hegemonizar las naciones que serían parte del naciente nuevo orden mundial.

Sin embargo, tras la reorganización estatal de la Federación Rusa y la llegada al poder de Vladímir Putin, se viene gestando desde el Kremlin un enfoque geopolítico completamente independiente de occidente, cuyo principal norte es consolidar la unión y cooperación no solo entre las antiguas repúblicas soviéticas, sino con el resto de los Estados asiáticos. Dicha circunstancia forzosamente proyecta a Rusia como un actor protagónico del escenario internacional venidero, dado que la futura consolidación del bloque geopolítico denominado por sus partidarios como Eurasia representaría un acabose de la Pax Americana, colocando a oriente como nuevo timonel del mundo.

En este orden de ideas, es evidente que el rumbo tomado por Rusia tiene repercusiones en todo el orbe, por lo que es de crucial importancia el comprender la naturaleza de su política exterior, lo que requeriría conocer el trasfondo teórico de su accionar. Ningún movimiento emprendido por Rusia ha sido casual, corresponden a una cosmovisión de carácter teórico y espiritual que promueve la bandera del Eurasianismo como una alternativa filosófica tanto para oriente como occidente. Ante el antiguo rival liberal, la vanguardia intelectual rusa sostiene como idea unificadora la llamada Cuarta Teoría Política (CTP), desarrollada por Aleksandr Duguin.

La Cuarta Teoría Política asume el reto filosófico de proseguir la lucha contra el liberalismo político a través de la síntesis en términos hegelianos de sus contendientes anteriores: el marxismo y el fascismo. En este sentido, la CTP plantea conciliar las más diversas posturas antiliberales en torno a la supresión del liberalismo como producto de la Edad Moderna, y el regreso a la concepción pre-moderna del hombre afín al Ancien Régime.

La postura de Aleksandr Duguin respecto a Vladímir Putin es análoga a la posición asumida en su momento por Niccolo Machiavelli frente al poderío de Lorenzo II de Medici. Como es sabido, el escritor florentino pese a sus profundas diferencias con los Medici, decide dedicar su Príncipe al jefe de dicha casa, admitiendo que únicamente la autoridad ejercida por Lorenzo podría llegar a consolidar la unión de Italia. En un acto de madurez y trascendencia política, Machiavelli apuesta por quien fuera uno de sus principales enemigos, no por congraciarse ante el nuevo soberano, sino por ambicionar el nacimiento de un Estado italiano que uniera bajo un mismo mando a las disgregadas repúblicas de la península itálica.

Así mismo, pese a que Aleksandr Duguin se ha manifestado públicamente como detractor de la presidencia de Vladimir Putin, esto no lo ha alejado de su rol como consejero geopolítico del Kremlin. Semejante a Machiavelli, Duguin optó por abandonar las diferencias en aras de una misión política e histórica de mayor envergadura: la consolidación de Eurasia.

En lo concerniente a las dificultades por presentarse al momento de desarrollar la propuesta, se puede otorgar mayor preponderancia a la excesiva vigencia del tema a tocar. Pareciese imposible el omitir acontecimientos en pleno desarrollo como el conflicto ucraniano, los cuáles son aristas precisamente del accionar geopolítico de Rusia. Asimismo, se debería mencionar un reto inherente a la mayoría de los trabajos concernientes a la teoría política: el mantener la neutralidad académica de cara a los planteamientos filosóficos analizados.

Rusia como encrucijada entre occidente y oriente

Cuando Hannah Arendt en La condición humana pretende probar como falsa la tesis aristotélica del hombre político por naturaleza, deja de manifiesto uno de los principales ejes de la política, lo cual supone un terreno común con diversas posiciones radicalmente opuestas como el caso de Carl Schmitt; este plano de análisis teórico reintroduce la noción de otredad.

La otredad en Schmitt está expresada a través del criterio amigo-enemigo como criterio de lo político. El reconocimiento del adversario, de aquél cúmulo de gentes con las cuáles se pudiese entrar eventualmente en conflicto, representa a su vez el descubrimiento de los puntos en común que se tiene con el amigo, es decir, con todos aquellos miembros de la comunidad organizada capaz de oponerse violentamente a esa amenaza. El binomio ellos-nosotros supone la búsqueda de la identidad propia al posicionar como enemigos aquellos que en esencia son diferentes.

Ante esta hipótesis, la construcción de la identidad es fundamento de la gran política, los distintos sistemas de creencias de índole religiosa, étnica, social o ideológica fungen de elementos unificadores y homogeneizadores al momento de definir el norte de cada nación. Más allá de la categorización de la unidad política, subyace el acervo cultural que cada pueblo presenta y hace suyo. En el caso ruso, delimitar su identidad es sumamente complicado pues históricamente ha variado su papel dentro de la geopolítica según sus alianzas temporales: han fungido desde última frontera del occidente cristiano frente a Asia, hasta principal límite de oriente con occidente.

Esto supone una conexión de toda índole con Asia de parte de Rusia, la cual el filósofo e historiador Oswald Spengler logra retratar de la siguiente manera en Las dos caras de Rusia (1922):

El destino de Asia no puede separarse del destino de Rusia, la que en la actualidad ha vuelto a formar parte del Asia tanto en el sentido político como espiritual. También aquí vemos que todos los moldes fundamentales han variado por completo. La política rusa tal como la hemos considerado natural antes de la guerra, descansaba sobre un ideal que se generó en la mente de Pedro el Grande, y que contrasta con lo que el pueblo ruso había mantenido como tradición. Pedro el Grande desvió la dirección de la política rusa hacia Siberia, el mar Caspio y el mar Negro en dirección de la Europa Occidental y hacia el mar Báltico. Desde entonces el sistema de la política rusa exterior ha quedado establecido en las embajadas ante las naciones occidentales. Lo que realizaron los embajadores en Berlín, Viena, París y Londres era la política rusa. Era el empleo de los medios del Asia, para alcanzar fines que estaban en Europa, y el sistema conduce al mayor triunfo precisamente a la expiración del dominio de Napoleón, cuando Alejandro I hizo su entrada en París, como “Protector de Europa” y fundó la Santa Alianza, es decir que colocó al mundo estadual europeo bajo la tutela de Rusia. (p.95)

A partir de lo expuesto es posible deducir conjeturas fundamentales para comprender la historia diplomática rusa.

Según Spengler la inclinación natural del pueblo ruso fue desde un principio hacia el este, hasta que Pedro el Grande (1672-1725) redirigió la política exterior rusa acorde con su plan de occidentalización, o mejor dicho, europeización del país. Rusia mantuvo durante siglos la pretensión de utilizar los recursos asiáticos para costear sus campañas militares e imponer sus intereses sobre Europa, de modo que en términos de identidad sostenía su adhesión a occidente. Sin embargo, a partir de la Revolución rusa la política exterior sostenida por la Rusia soviética fue poniendo su atención en oriente, hasta el punto que logró consolidar la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas partiendo de las diferentes entidades políticas tradicionalmente asiáticas que se sumaron al proyecto socialista.

En este orden de ideas, la identidad rusa en verdad presenta dos caras, las cuáles se definen conforme profundiza las relaciones con occidente u oriente. En la actualidad la postura del Kremlin ha sido la de reconciliarse con sus aliados naturales al este del país, el Estado ruso a través de diversas iniciativas político económicas ha buscado fortalecer los lazos que le atan con Asia. Hoy la identidad rusa pese a las profundas relaciones con occidente, va transformándose de cara a los nuevos horizontes y oportunidades que le ofrece Asia.

La nostalgia soviética y la seducción nacionalista

A partir de la descomposición de la Unión Soviética, la relevancia del pueblo ruso fue paulatinamente perdiendo su pertinencia en el análisis internacional, o más bien, cambiando la recepción por parte de las demás naciones con respecto a su influencia. Hablar de Rusia no suponía hacer referencia a un vasto imperio o a un poderoso Estado socialista. En su lugar, la imagen internacional de Rusia era la de un poder decadente que demostró inválido el leitmotiv de su política tanto interior como exterior.

Pese a las libertades económicas que paulatinamente fueron entrando en la sociedad rusa, una parte significativa de la población continúa rememorando con orgullo el pasado soviético de la nación eslava. Este mismo sentimiento de añoranza por una unidad política imponente o al menos influyente frente al concierto de naciones permeó rápidamente en las esferas del poder político, hasta el punto que en el año 2000 el presidente Vladimir Putin decidió la adopción como himno nacional de la Federación Rusa, la melodía que originalmente estuvo en el himno nacional soviético de 1944 a 1970. Con las palabras “La desintegración de la URSS fue una de las mayores catástrofes geopolíticas del siglo XX” (2011) Putin expresó el sentir de millones de rusos que guardan sus esperanzas en un próximo fortalecimiento del Estado ruso.

Sin embargo, la izquierda no es la única beneficiada en la continua desvalorización de la democracia que acontece en Rusia. La alternativa autoritaria tiene como referente directo al “experimento” soviético, sin embargo, muchos de sus partidarios poco o nada rescatan de la teoría marxista, en su lugar añoran las prácticas y el afán armamentista propios de la URSS. El patriotismo socialista como lo relata la historiografía rusa, fue una virtud que Stalin incorporó como componente del pensamiento socialista, ante el escenario bélico que la Segunda Guerra Mundial presentaba, la Unión Soviética relegó a un segundo plano el internacionalismo propio de la postura marxista-leninista y modificó el discurso oficial hasta el punto de pretender igualar el accionar socialista con el patriótico.

El patriotismo socialista puede de definirse a través de las palabras esgrimidas por Iósif Stalin el 14 de octubre de 1952 durante el discurso de clausura del XIX congreso del Partido Comunista de la URSS:

Antes, la burguesía se consideraba líder de la nación, defendía los derechos y la independencia de la nación, y los ponía “por encima de todo”. Ahora ya no queda rastro del “principio nacional”. Ahora, la burguesía vende los derechos y la independencia de las naciones a cambio de dólares. La bandera de la independencia nacional y de la soberanía nacional ha sido arrojada por la borda. No cabe duda que les corresponde a ustedes, representantes de los Partidos Comunistas y democráticos, levantar esa bandera y llevarla adelante, si quieren ser patriotas de vuestro país, si quieren convertirse en la fuerza dirigente de la nación. Nadie más puede hacerlo.

Eventualmente las generaciones venideras vieron en la figura de Stalin un símbolo de transición del socialismo marxista-leninista a una aproximación de la noción nacionalista. El nacionalismo como postura política en que se anteponen los intereses de la nación por sobre los individuales además de abogar por la integración de los distintos sectores productivos del Estado y la sociedad a través de una economía corporativista tiene una larga tradición en Rusia, incluyendo la existencia de facciones que en plena Unión Soviética abogaban por un socialismo nacional que emulase las acciones emprendidas por la Alemania nacionalsocialista.

Organizaciones como la Unión Eslava defienden abiertamente al fascismo como postura válida al momento de abordar la realidad rusa. Sostienen la necesidad de reivindicar el pasado zarista de Rusia bajo la tutela de un Estado militar fuerte semejante al que brindó la URSS en su momento. Mientras que el desarrollo económico de Rusia ha atraído a millones de inmigrantes venideros de los países vecinos, las filas del nacionalismo ruso se han engrosado, respondiendo a la necesidad de mantener intactas las costumbres y la identidad cultural del pueblo ruso.

Paradójicamente, a pesar de las medidas del partido de gobierno Rusia Unida para apelar al sentimiento de arraigo a la tierra, los nacionalistas se han mostrado como fervientes opositores al gobierno de Putin por considerarle muy laxo respecto su política migratoria.

Ante la nostalgia del pasado soviético y la seducción del discurso nacionalista, las esferas intelectuales rusas han experimentado un incesante devenir de programas y teorías que buscan incorporar elementos de ambas visiones, llegando incluso a constituir un partido de ideología nacional-bolchevique en Rusia.

Eurasia y Eurasianismo

Las relaciones entre Rusia y Asia se estrechan hasta el punto en que las mismas culturas otrora diferenciadas experimentan un arduo proceso de integración, lo que incluye una revisión total del equilibrio de poder global. A partir de la Segunda Guerra Mundial, Europa perdió frente a EE.UU la batuta de occidente, además que la ejecución del plan de reconstrucción Marshall corroboró a crear una sensación de bienestar producto de las políticas económicas americanas, lo que significó la profunda polarización del mundo entre Washington y Moscú.

La esfera de influencia anglosajona es un elemento sustancial que logro aglomerar la mayoría de las naciones occidentales bajo un mismo esquema de acción. Bajo el manto de la globalización, las diferencias naturales fueron mitigándose con el fin de permitir una suerte de homogeneización cultural que facilitara el surgimiento de numerosos acuerdos de cooperación militar, científica y desde luego política entre los países occidentales.

Como remanente de la Guerra Fría, subsisten todavía limitantes culturales y geopolíticas entre los países tradicionalmente occidentales y Rusia, entidad que al verse obligada a reformular su enfoque estratégico de alianzas, encontró excelentes dividendos al apostar por las relaciones con sus homólogos asiáticos.

En este contexto el nombre de Eurasia vuelve a la palestra pública, originalmente se utilizaba dicho sustantivo para designar la totalidad de tierra que abarca la unión física del continente europeo y asiático, teniendo en cuenta los distintos puentes territoriales que otrora fungieron de canales de comunicación y definieron la historia de ambos continentes, ya sea en tiempos de conflicto como en el caso de las Guerras Médicas o de unión como lo acontecido durante el período heleno. Eurasia en la actualidad tiene una connotación geopolítica e ideológica que ha sido impulsada oficialmente por Rusia. El ensayista italiano Claudio Mutti, director de la revista de geopolítica “Eurasia” define con las palabras del filósofo francés Henry Corbin la noción eurasiática de la siguiente manera:

Trascendiendo el nivel de las determinaciones geográficas e históricas, el concepto de Eurasia viene a constituir “la metáfora de la unidad espiritual y cultural que recompondrá al final de la era cristiana en vista de la superación de los resultados de ésta” (4). Estas son, al menos, las conclusiones de un estudioso que en la obra corbiniana ha descubierto las indicaciones idóneas para fundar: “aquella gran operación de hermenéutica espiritual comparada, que es la búsqueda de una filosofía – o mejor dicho: de una sabiduría – eurasiática”(5). En otras palabras, la misma categoría geofísica de “Eurasia” no es más que la proyección de una realidad geosófica vinculada a la Unidad originaria. (2012)

A estas alturas es evidente que el concepto de Eurasia va más allá de la visión geopolítica, propone además un nuevo sendero espiritual tanto para Europa como Asia.

Origen y desarrollo del Eurasianismo dentro del esquema multipolar

En las Relaciones Internacionales, la polaridad se refiere al cómo está distribuido el poder en el orden internacional. Tradicionalmente se aceptan tres variables principales: la unipolaridad, cuando un Estado se constituye como hegemón e influye mayoritariamente a los demás en términos culturales, económicos y políticos; la bipolaridad cuando son dos las unidades políticas que disputan por la hegemonía, citando como ejemplo la rivalidad entre Esparta y Atenas; finalmente la multipolaridad es dada cuando más de dos Estados son capaces de influir de manera más o menos semejante en el resto del orden internacional.

Una vez disuelta la Unión Soviética, desaparecía el titán político-económico que junto a EE.UU se disputaba la hegemonía del orden internacional, por lo que la bipolaridad sostenida a lo largo de la Guerra Fría se vino abajo. La consecuencia lógica es la conformación de un esquema unipolar emprendido por EE.UU teniendo como base ideológica al liberalismo. Desde el Eurasianismo se denuncia la Pax americana como dañina e injusta para el orden internacional, por lo que desde Moscú hasta Beijing se propone la conformación de un esquema multipolar donde las naciones en vías de desarrollo tengan un papel mucho más relevante.

La Cuarta Teoría Política

Bajo el nombre de Cuarta teoría política el filósofo político Aleksandr Duguin sintetiza distintos insumos intelectuales de pensadores tanto del siglo XX como del siglo XXI. Nutriéndose del tradicionalismo, el nacionalismo, y la filosofía anti-racionalista, Duguin presenta en un mismo sendero político el pensamiento de Julius Évola, René Guénon de la mano con intelectuales contemporáneos de la talla de Alain de Benoist (autor de la nueva derecha) y Alberto Buela. La cuarta teoría política es en la actualidad el principal referente ideológico del Eurasianismo como postura geopolítica y filosófica, se centra en la necesidad de consolidar la unión de Eurasia a través de la destrucción de los esquemas clásicos de derechas e izquierdas, mediante una nueva política basada en la tradición y el antimodernismo.

Según la visión filosófica de Duguin, la modernidad en la historia de las ideas marca el inicio de la decadencia de occidente, enmarcado en la Revolución francesa, cuyos ideales asestan un duro golpe al orden natural aristotélico sostenido por la res publica christiana propia del antiguo régimen. Con el advenimiento del liberalismo, las fuerzas vivas encargadas del desenvolvimiento histórico empiezan a mermar, producto de una visión materialista y hasta economicista de la realidad. El liberalismo es entonces la primera teoría política, que desenvuelve su visión a partir del individuo.

La segunda teoría política estaría enmarcada en la reacción lógica a la primera, es decir, a la crítica al sistema capitalista iniciada por los socialistas utópicos y que tuvo su ataque más radical a partir de la tesis marxista-leninista. Partiendo de una misma visión materialista de la realidad, el marxismo en general tiene como eje central de sus ideas la clase, antagónica al principio individual del liberalismo.

La tercera teoría política en el esquema eurasianista equivaldría a aquellas posturas ideológicas que anteponen la nación por encima del individuo o de la clase. En este orden de ideas, el fascismo, el nacionalsocialismo y las distintas experiencias de nacionalismo estarían inmersos en este peldaño del saber y accionar político.

Aleksandr Duguin define al liberalismo como entidad victoriosa y rector del axioma de la contemporaneidad, reconociendo la derrota del marxismo y del fascismo como el derribo de las estructuras que representaban una suerte de resistencia a la imposición de un nuevo orden mundial liberal. En sus palabras, Duguin se refiere a la lucha ideológica de la siguiente manera en su artículo La España negra:

Desde el principio de la Edad Moderna las ideologías políticas se han dividido en tres tipos: la Primera (el liberalismo), la Segunda (el marxismo) y la Tercera (el fascismo y el nacionalsocialismo). Estas tres ideologías están batallando por parecerse lo máximo a la naturaleza de la Modernidad, en esto consiste el sentido de la historia política de los últimos siglos. La historia es siempre la historia de unas ideas y sus choques.

El fin del siglo XX resume la historia política de la Modernidad. Después de batallas dramáticas y encarnizadas, revoluciones y dos guerras mundiales, la Primera teoría política está venciendo. Esto significa que la teoría más exacta manifestando la naturaleza de la Modernidad es el liberalismo, el orden burgués, el capitalismo global. Este último es el paradigma básico en el presente, quien está resumiendo la historia de la Modernidad política, declarando (aunque un poco prematuramente) “el fin de la historia”, es decir, el fin de la “guerra de las ideas”. La idea triunfante no tiene más rivales a su nivel. (2012)

Como hace evidente Duguin, la lógica indica que frente el hegemón ideológico y territorial representado por el liberalismo anglo-americano se necesita presentar un nuevo frente filosófico capaz de acabar con el esquema unipolar y fluctuar las fuerzas vivas de la historia hacia un orden internacional multipolar. Es allí donde entraría la Cuarta posición política, postura que en lugar de basar su eje de acción en el individuo, la clase o la nación, lo hace en la noción filosófica de dasein, al carácter espacial del ser y tiempo de Heidegger como base para el posicionamiento intelectual y la construcción de una alternativa política universal. En el mismo artículo anteriormente citado, Duguin apunta la finalidad de la cuarta posición política de la siguiente manera:

La Cuarta teoría política propone dar un paso no atrás sino adelante, y no continuar debates con los liberales acerca de tradiciones de socialismo, comunismo y nacionalismo (todos subproductos de la Modernidad), sino atacar las raíces de la Modernidad. En la práctica esto significa fundar una alternativa radical, empezando con sus postulados ontológicos, antropológicos, cosmológicos, gnoseológicos, epistemológicos y económicos. La Cuarta teoría política es un intento de realizar la síntesis de la Premodernidad y la Postmodernidad, o sea de todo lo que no es la Modernidad, lo que era antes y lo que será después. Pero mientras que la Modernidad es global, cada cultura tiene su propia Premodernidad. De eso emana el cometido de formar tal teoría que se fundamenta como negación universal de la amenaza global (del liberalismo como orden mundial americanocéntrico, occidental, capitalista) vuelve a tradiciones locales y acciones revolucionarias y acabará en proyecto de futuro multipolar. Negando, desafía de ese modo a lo universal del status quo, y que hay que proponer un proyecto que daría el derecho a cada cultura de ser autóctona e independiente. Por lo tanto las metas de cada participante del Cuarto camino serán parcialmente comunes (el derrocamiento de la hegemonía liberal) y parcialmente propias (la formación de la sociedad según sus tradiciones). (2012)

Conclusiones

Eurasia más que una propuesta geopolítica o una entidad territorial de carácter continental, representa toda una postura filosófica, espiritual y política tal y como lo demuestra la Cuarta posición política. Sus fronteras van más allá de la conjunción entre las naciones de Europa y Asia, pues se sitúan en la cima del entendimiento humano como especie.

El carácter híbrido de su nombre simboliza la multiplicidad de factores y visiones que toman fuerza a través de su sublimación como ideal de lucha. Más allá de un mero espejismo, Eurasia significa relaciones tangibles de poder capaces de modificar radicalmente el orden internacional tal como lo concibe occidente a partir del cese de la Guerra Fría.

Sin embargo, sería inocente no señalar el énfasis que tiene el Estado ruso en propagar a través de sus medios los principales ideólogos de la postura eurasianista, la ambigüedad teórica que todavía cubre el campo intelectual de la obra de Duguin le convierte en el recurso ideológico perfecto para justificar y legitimar cualquier tipo de alianza que otrora supondría una contradicción total a la esencia de la diplomacia rusa.

Este giro implicaría el surgimiento de visiones híbridas tan novedosas como insospechadas, partiendo del llamado nacional-comunismo o nacional-bolchevismo, que según la cuarta teoría política es el desenvolvimiento unificado de las corrientes antiliberales históricas. La idea nacionalista se transforma para bien o para mal, y muta junto a los valores esencialmente socialistas. Asia no sería el ejemplo único, bastaría revisar los gobiernos hispanoamericanos de la última década para corroborar como la derecha tradicional va incorporando elementos históricamente revolucionarios y viceversa.

El verdadero terremoto geopolítico que se avecina estará condicionado por un posible bloque eurasiático regido por Rusia y China, que tendrá como nueva Constantinopla a la estratégica ciudad portuaria de Sebastopol.

Por lo tanto, analizando las últimas acciones del Estado ruso en política exterior con énfasis en el apoyo a gobiernos que a simple vista rompen con el esquema izquierda-derecha al menos en el ámbito discursivo, es posible identificar a la cuarta teoría política como un recurso e instrumento ideológico al servicio del Kremlin para aumentar su área de influencia, utilizando para ello intelectuales tanto de América como de Europa que aventurados en la búsqueda de nuevas alternativas sociales, podrían fungir de agentes de Rusia en occidente.

Bibliografía

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DUGUIN, Aleksandr. (2012) “La España negra” The Fourth Political Theory. (Consultado el 12 de febrero de 2015, disponible en: http://www.4pt.su/es/content/la-espana-negra

EFE. La nostalgia por la URSS reina en la Rusia de Putin [en línea]:2005 [fecha de consulta: 19 febrero 1015]. Disponible en: http://www.rpp.com.pe/2011-08-15-la-nostalgia-por-la-urss-reina-en-la-rusia-de-putin-noticia_394392.html

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