por Alberto R. Zambrano U.

Enconchado en su pueblo natal provinciano de Wilmington en Delaware, a sus 77 años de edad, el candidato presidencial demócrata no se arriesga en lo absoluto en lo que al pánico del Coronavirus respecta. El anciano político no se atreve a poner en jaque su salud. El ungido de las huestes de la izquierda estadounidense no está viajando por el país, ni hace mítines.

En lugar de hacer una campaña tradicional, Joe Biden lleva adelante una campaña electoral fantasma incluso en las ciudades devastadas por la ola fanática del odio racial que destila la empresa israelí del Black Lives Matter con sus disturbios.

A menos de un centenar de días antes de una elección presidencial —en jaque gracias al virus de Wuhan— y a menos de un mes de una convención virtual que debe terminar de abanderarlo, ¿Qué está haciendo Joe Biden? La respuesta es pantagruélica, en términos de sibaritas, por cuanto el veterano político consume cantidades industriales de su helado predilecto —chispas de chocolate.

Las deducciones de la campaña ponen la cuenta heladera del político de Delaware en un astronómico número: 10.000 dólares americanos en seis meses. “Me  gusta el helado, yo soy el único irlandés que tu conoces que jamás se ha tomado un trago y al que le encanta el helado”, riposta Biden. Si los Estados Unidos tuvieron a un presidente demócrata amante del maní —Jimmy Carter—, unos presidentes dipsómanos —Richard Nixon, quien para reunirse en íntimo con Nikita Jrushchov se tomó media docena de vodka martinis y George W. Bush, cuyos excesos juveniles lo llevaron a rehabilitarse para pelear por la Oficina Oval con Al Gore en el año 2000—, los EEUU podrían tener a un presidente heladero “Joe Ice Cream”.

Joseph Robinette Biden Jr. es un personaje que sabe ser empático con el público, como un Clinton o un Obama. Ante la mirada consternada de sus adversarios políticos —que lo tildan de “mano suelta y tocón”— se ha ganado el mote de Creepy Joe por la forma en la que se desenvuelve con mujeres y niños. Su talento es dejar que el público se identifique con él. Para los trabajadores, Biden es uno de cuatro hijos de una modesta familia irlandesa católica de Pennsylvania. Para el electorado femenino es un tipo con mas garbo que Donald Trump, para los republicanos centristas y los never Trumpers es un moderado, un retorno al status quo “normal” previo al gobierno de Trump.

Para el electorado negro, era el número dos del brother Barack. Su simplificación del voto negro es uno de sus muchos errores. En 2007 Biden se refirió a Barack Obama “como un personaje mainstream bien articulado, brillante y aseado, es apuesto.” Pero esa metida de pata de hace trece años no se compara con su reciente comentario a un periodista afroamericano: “Te diré que, si tienes dudas entre mi y Trump, entonces no eres negro”. En este sentido, sus palabras se complementan con una desorientación y despistes en el escenario que despiertan la crítica de personalidades como Joe Rogan —el Johnny Carson de nuestra época.

La historia personal de Biden lo acerca a sus conciudadanos. Perdió a su primera esposa y a una hija en un nefasto accidente de tránsito en 1972 cuando tenía 29 años y era senador de Delaware. En 2015 su hijo Beau muere a causa de un tumor cerebral. Esta mezcolanza de empatía y lástima evoca en algunos electores emociones que lo llevan a querer votar por él. Actualmente, las encuestas lo colocan por encima de Trump por 10 puntos porcentuales.

A los izquierdistas de línea dura en el partido demócrata —los Bernie Sanders Bros. — ven en Biden a un tipo débil, senil y efímero al cual les será muy sencillo imponerle una agenda radical desde el legislativo. El hecho es que —a diferencia de Trump, que es la ilustración viva de una candidatura que divide a la sociedad americana—Biden quiere ser un candidato de consenso. “Soy la antítesis perfecta de Trump” —dice. Al tiempo que se quiere posicionar como la piedra angular de las tribus electorales americanas.

Desde el séquito del presidente americano actual, se quiere vender la idea de que la mayoría silenciosa emergerá de las sombras como lo hizo hace cuatro años, en particular para darle otro período presidencial a una gestión que —en términos MAGA— ha sido parasitada por el “Deep State”.  Pero el destino truncó la estrategia republicana que contaba con tres pilares: Una economía boyante y pujante, una campaña contra Bernie Sanders, y una campaña contra un estado omnipresente, mentira de patas cortas que se evidencia con los recurrentes faux pas de la pandemia causada por el virus chino.

Son los republicanos los que sueñan con empujar a Biden de su reserva, lo quieren achicharrar en una campaña electoral que no podrá contar con los servicios de Cambridge Analytica o de robots rusos coludidos con Boris y Natasha de Rocky & Bullwinkle. Los republicanos consideran que en los debates televisados —el fuerte de la estrella de los reality shows que ocupa el número 1600 de la avenida Pennsylvania— Biden no llevaría chance. El cronograma de debates es el siguiente: Cleveland, Ohio el 29 de septiembre, Salt Lake City el siete de octubre, 15 de octubre en Miami, Florida, y el último en Nashville, Tennessee. Estas reuniones podrían ser desastrosas para Biden, quien tiende a ser menos disciplinado que su contraparte naranja en público, si Trump logra descolocarlo con sus apodos e insultos, entonces es game, set & match.

Estos juegos de poder electoral confrontan a dos hombres en sus programas. Trump llega a las elecciones debilitado por su manejo de la epidemia de coronavirus en un país donde se le olvida a los demócratas que son los gobiernos regionales —no la administración federal— a quien se le debe señalar como los culpables. El magnate de bienes raíces neoyorquino desea continuar con su trabajo, que se reduce a hacerle la cama a las grandes corporaciones norteamericanas al tiempo que promueve una política exterior original.

En la otra acera —la zurda—, Biden devela su plan, propuestas sociales que buscan aumentar desde el nivel federal el salario mínimo de siete a quince dólares, un plan para combatir el tan cacareado cambio climático, otra agenda para combatir la violencia contra las mujeres, y el programa para los votantes católicos. Y es que el candidato zurdo de Delaware jura con el corazón en la mano que será “garante de la dignidad de todos, sea cual sea su raza, orientación sexual, religión o discapacidad.”

Biden también promete aumentar el gasto público, si bien el coronavirus obligó a Donald Trump a sacar la chequera federal para inyectar seis mil millones de dólares a la economía, el candidato demócrata promete lo mismo…a mayor escala. Para lograrlo, busca apuntalarse en el contribuyente americano, aumentando los impuestos que irán del 37 al 39.6% para los que ganen más de 400.000 dólares al año, a su vez, la plataforma de Biden desea aumentar el presupuesto de salud de forma dramática, buscando opacar la ley de salud de Obama.

Con respecto a las comunidades negras, Biden propone cien mil millones de dólares en asistencia gubernamental para viviendas, así como carteras crediticias y exenciones en distintos gravámenes para los pequeños empresarios. No se sabe a ciencia cierta si son cien mil millones, porque al candidato heladero se le van los tiempos y se le quedan pegadas las platinas, el hombre confunde con frecuencia la abismal diferencia matemática de millones, miles y miles de millones —y no con la elegancia del “millardo” de Rafael Caldera—. Estamos en presencia de un candidato que ha dicho cosas tan descabelladas como que 120 millones de americanos murieron por coronavirus en EEUU, metida de pata que sigue a la cifra exagerada de que 150 millones de ciudadanos americanos han caido muertos por las armas de fuego desde 2007, un sinsentido, considerando que la población de los United States son unos 330 millones de habitantes.

La agenda internacional ocupa también un lugar importante para el candidato heladero y su rival. A pesar del carácter impredecible de Donald Trump, éste no ha llevado a su país a ninguna guerra, aun cuando las relaciones con China e Irán estén en su peor momento. Una presidencia demócrata implica cambios sustantivos y formales en muchos aspectos, Biden es capaz de negociar con Nicolás Maduro, ya que sus asesores venezolanos son delincuentes de cuello blanco como Leopoldo Martínez Nucete o esquiroles como Diego Scharifker.

Joe Biden es fan de los conflictos bélicos de nueva generación durante su ejercicio como vicepresidente, entre 2009 y 2015 hubo más de 450 ataques con aviones no tripulados que dejaron un rastro de muertos que escandalizaron hasta a la prensa más complaciente con los demócratas. El número dos de la era Obama fue de los primeros en hacer llamados para levantar el embargo de armas impuesto a los musulmanes de Bosnia, apoyó el derrocamiento de Slobodan Milosevic y de Saddam Hussein. Por otra parte, en la línea de la doctrina de Barack, se vio cara a cara con los iraníes embatolados en el acuerdo nuclear —ganándose la ojeriza de Tel Aviv.

En cuanto a las relaciones con el régimen comunista chino, así como con Ucrania y Rusia, para Biden resultan problemáticas por la red de contactos que mantiene su hijo, Hunter. El affair Ucranio es el primero de los escándalos que constantemente sale a relucir de la maquinaria política republicana cuando se señala que Hunter Biden —que no tenía experiencia en el ramo—fue nombrado en un consejo de administración de una empresa energética con un sueldo de 75.000 euros al mes luego de que su padre sostuviera contactos con el fiscal general de Ucrania, quien tenía la cuchara metida en la sopa del guiso de una empresa gasífera.

Hunter Biden también es señalado de ser —hasta 2019— uno de nueve directores de BHR, un fondo controlado por accionistas vinculados al Partido Comunista de China, la vida de su hijo, marcada por problemas de abuso de sustancias, es motivo recurrente de crítica por parte de los republicanos, quienes consideran que la cercanía de los vástagos con el régimen criminal chino pondría a Washington en debilidad con respecto a Pekín.

Pase lo que pase, el duelo entre el candidato heladero y el hombre naranja apenas empieza.