Por Eduardo Figueroa

Para fabricar por medio de cuartillas afiladas flechas capaces de acertar en la fibra cívica de cada uno de los ciudadanos y de los que en ocasiones parecieran no serlo ni acaso intentarlo, hay que ir mas allá de la etimología de los conceptos, mucho más allá de las necias lateralidades. Hay que hurgar y adentrarse en lo impalpable, en las raíces, y si, también hasta cordializar con los argumentos, con las justificaciones de funestas consecuencias ocasionadas por la exégesis rupestre de algunos sistemas de gobierno.

La democracia, como afirmó Churchill, posiblemente “es la peor forma de gobierno, si exceptuamos todas las demás”, de la verdad inmanente en tal aforismo quizá parta la dificultad de algunos al momento de reducir la amplitud del milenario orden político, y es que resulta atrevido asumir que el derecho que tienen los pueblos de elegir y controlar a sus gobernantes es irrelevante o desechable.

Son más de 60 países y cientos de millones de personas los que entre hambre, muerte, cárcel y persecución han sufrido los zarpazos de ungidos que en el ejercicio del poder los relevan sus de libertades individuales, de su derecho a pensar y opinar, de deliberar y hasta de vivir. Es decir, de todas sus facultades democráticas. Estos adalides que dejan de ser ellos para encarnar al pueblo mismo, son la principal amenaza del fortalecimiento y devenir democrático de las naciones, sean estas de primer, segundo o tercer mundo.

Por lo arriba expuesto es que yo continuo vehementemente arrojando saetas que al menos rasguen la diana de las razones que fragilizan las prácticas democráticas. Y no es poca cosa esta empresa, esta persecución quijotesca de idealizados estados de derecho donde la participación ciudadana y representación política vayan de la mano, asistiéndose, sosteniéndose mutuamente en los momentos de debilidad y carencias.

Considero que el acto más ético realizable en función del fortalecimiento democrático es aceptar, darnos cuenta que el desapego a las prácticas cívicas más que inducido ha sido auto asumido, justificado con el ejercicio periódico del voto que en el mejor de los casos hacemos cada 4 años. La sociedad casi en su totalidad ha tomado caminos alternos cuando de ofrecer soluciones se trata, cuando de manifestar ideas va la cosa.

Las redes sociales han hecho suplencia permanente a la deliberación pública, al debate abierto y hasta al derecho de manifestarnos en contra de los excesos o apatías de nuestros representantes. Y es que resultan más propicios 140 caracteres del twitter, coloridos post o capciosos memes para satisfacer nuestra sed de justicia y gobernabilidad.

La visión política desde hace demasiado tiempo se ha estatizado en términos inmediatos, pues mercadear las demandas que a largo plazo requieren las instituciones y el ejercicio probo de la administración del estado, sencillamente no capta electores. Ante semejante cerco el mayor acto de rebeldía y participación activa dentro de una sociedad no es otro que cultivarse, aprender, entender que la democracia, aunque se nutre del ímpetu juvenil, no debe responder a efervescencias o sarampiones infantiles.

La sostenibilidad y robustecimiento de los hasta ahora quiméricos gobiernos del pueblo y para el pueblo, donde estos logren identificar e ignorar empresas populistas rebosantes en inmediatismo, requiere una responsabilidad que sólo se alcanzará formándonos como ciudadanos consientes, practicando una moral que vaya muy por encima de lo que decidimos o no hacer con nuestros genitales. Requiere ética y trabajo, tiempo, y sobre todo una constancia a prueba de olvidos, impermeable a demagogias, pues nada que aspire a ser duradero y en sumo tan amplio y flexible como para metabolizar continuamente nuevas tendencias y avances sociales puede ser proyectado en lapsos cortos.

No, es imposible y nuestro criterio además debe plantarse ante candidatos y planes de gobierno que no diseñen líneas de acción más allá de sus períodos de estancia, es insostenible o al menos perjudicial al espíritu demócrata de los países los gobiernos ceñidos a doctrinas partidistas, a caprichos de unos pocos o a los picos emocionales con los que despierte un gobernante.

La democracia es un árbol que comparte raíces con la libertad, debe ser atendido y regado, no con la sangre de patriotas y tiranos como afirmó Jefferson hace un par de siglos atrás, tales etapas deben quedar en el pasado, pero si debe nutrirse con el sudor, el esfuerzo de los ciudadanos y también claro está, debe abonarse con sanciones ejemplarizantes para aquellos que socaven la justicia y atenten contra las libertades, especialmente las que hace más de 70 años planteaba Franklin Roosevelt ante el congreso norteamericano ; libertad de expresión, libertad religiosa, libertad de vivir sin miedo y libertad de vivir sin penurias.

Para defender estos sagrados baluartes en la medida exacta debemos iniciar por tomarnos muy en serio nuestra primera escuela ciudadana; el hogar, es imperativo que como padres estemos conscientes de que la educación cívica más importante se debe recibir en cada mesa, habitación o cocina de cada casa, y como hijos, como jóvenes herederos de la sociedad también debemos despertar desde temprano la ética, el criterio y el compromiso de dejar un mundo sin dicotomías, mejor al que encontramos.

Siempre resultarán inextricables los motivos que enmudecen a nuestros representantes electos cuando de solicitar la práctica de los deberes ciudadanos se trata, y son estos precisamente los que garantizan el ejercicio de la participación ciudadana más allá del voto. Son los deberes por encima de los derechos.

La democracia de un país es un bien tan frágil y pesado que debe ser sostenida por cada uno de sus ciudadanos con celo materno, debe adornarse con respeto y amor a lo individual en cada ser humano, debe ser una puerta abierta al desarrollo del intelecto y el espíritu, de ninguna manera su inmensidad puede ser asfixiada en los rediles de fundamentalismo cavernario, por eso su diseño requiere gradualidad y constancia, a veces hasta discreción, lo que ocasionará que entre ensordecedores gritos populistas su presencia se perciba aminorada, pero democracia no es silencio, es argumento vivo que trabaja y debe convencer, no imponerse.