Por Manuel De La Cruz

Son temibles y agónicos los días que nos reserva el porvenir, las medidas de cuarentena quizá reduzcan la mortandad fruto de la peste china, pero multiplicarán el azote del hambre.

Estamos bajo asedio.

Por asedio entendemos la técnica bélica con que un invasor bloquea una ciudad con el objetivo de tomarla. Se cortan los caminos, se embargan las rutas de intercambio y cesa la entrada de recursos necesarios para la subsistencia.

La clase política que integran los gobiernos del hemisferio destila pusilanimidad al no acotar nuestra principal prioridad tal y como la gravedad de las circunstancias lo requieren. Vivimos un estado de sitio.

Ideologías aparte, cada Estado tiene intereses y apetencias, que en ocasiones decisivas logran coincidir con la agenda de sus gobernantes. Cuando los mandatarios armonizan su trayecto personal con el sendero histórico nacional, consiguen desplegar lo que Spengler llamó alta política. Xi Jinping y sus oligarcas la desarrollan hoy.

El Partido comunista chino (PPCh) logró con éxito someter a cientos de millones de almas bajo una misma misión. Hoy Estado y partido son uno solo, toda posibilidad de disidencia está excluida. No existe política como enfrentamiento a nivel interno, por lo que la totalidad de las fuerzas vivas del país se arrastran en pos de los objetivos planteados por el ejército rojo.

El nivel de organización monolítica que el yugo socialista logró no tiene precedentes. La vanguardia tecnológica china permite una trasgresión total sobre la intimidad, insospechable y a veces ininteligible para los espectadores. No es necesario colectivizar la propiedad, cuando ya lo son los latidos del pueblo.

Tucídides encontró en la sed de gloria la explicación al expansionismo ateniense, que, eventualmente desemboca en las Guerras del Peloponeso. Ese afán de supremacía es un elemento reiterativo en las grandes épicas históricas y, como Meinecke admite, es rasgo definitorio del deber ser encarnado por la razón de Estado.

La razón de Estado que el PCCh dicta a la raza más homogénea y extensa del orbe es la expansión. Hasta ahora, el motor industrial manufacturero convirtió a su economía en punta de lanza para la guerra comercial. El made in China como ariete, luego del desacierto pasado de exportar al maoísmo como bien cultural.

El enfrentamiento arancelario entre Washington y Beijing congeló los planes. Por lo que la dirección política del PCCh tuvo que sortear el obstáculo mediante una carta temible: la guerra biológica.

Guerra biológica.

Erróneamente asociamos, producto más de las distopías cinematográficas que de la experiencia histórica, la guerra biológica con una modalidad bélica de alta tecnología fraguada en laboratorios de última generación por científicos locos en trajes hazmat. Absurdo.

La guerra biológica es una antiquísima modalidad de combate que consiste en hacer inoperante al oponente mediante la enfermedad. Como su nombre lo implica, su eje de acción se centra en truncar la actividad vital del organismo humano a través de un patógeno.

Por lo tanto, calificamos como acciones de guerra biológica desde el arquero troyano que según Homero envenena sus flechas, hasta el caudillo celta que asediando alguna ciudad romana arroja con sus catapultas cadáveres en descomposición. En el Renacimiento se infestaron ríos, y en la segunda guerra mundial se esparció la peste bubónica con bombardeos aéreos.

En este orden de ideas, es estéril y hasta equivocada la discusión sobre el origen natural o artificial del SARS-CoV-2. Poco importa si la pandemia nació del laboratorio de bioseguridad nivel 4 localizado en Wuhan, o de una espontánea mutación animal esparcida en mercados insalubres. Lo que debería ocupar las mentes de nuestros estadistas, si es que queda alguno, es la estrategia para contrarrestar este ataque de baja intensidad.

Está probado que se conocía del brote desde diciembre del 2019, lo atestiguan tanto los episodios de censura y represión ejercidos por el gobierno chino contra científicos como Li Wenliang; como las acciones de prevención emprendidas por Taiwán e ignoradas por la OMS.

El PCCh deliberadamente permitió el avance de la enfermedad en Wuhan, capital de Hubei. En el mes de diciembre se registraron 15 fallecidos. No es sino hasta el 23 de enero que China suspende los vuelos desde Hubei hasta el resto del país, pero, mantiene los vuelos internacionales con salida en la misma provincia hasta al menos el 4 de febrero.
Por doce días seguidos, en plena cuarentena por la expansión vírica, los vuelos salientes de Hubei no podían dirigirse a espacio alguno del territorio chino, pero sí al resto del mundo.

Desconocemos las cifras reales de víctimas. China tiene un historial vergonzoso con respecto a la veracidad de sus comunicados. Beijing no informa, exporta propaganda. ¿Qué credibilidad tiene un régimen que continúa negando las masacres de Tiananmén?

Hubei tiene una población de aproximadamente 58 millones de habitantes. Supera por si sola los casi 47 millones de toda España. No obstante, según la cifras manejadas por la OMS para cuando escribo este artículo (15 de abril del 2020), señalan que en España con 174.060 casos, solo se han conseguido curar 67.504, mientras que fallecieron 18.255 personas. Esto arroja una tasa de curación del 38,78%. Hubei según el gobierno chino, tiene 67.803 casos, 64.014 altas y apenas 3.212 fallecidos. Es decir, el epicentro del brote tendría una absurda tasa de curación del 94,41%.

Es evidente que la tragedia española se debe en gran medida a la mediocridad, negligencia y cuasi cómplice omisión de parte del gobierno del PSOE-Podemos. No obstante, ello no justifica una diferencia tan abismal entre los datos de España y Hubei. En especial cuando España goza de un sistema de salud superior al chino, comprobado por décadas de turismo sanitario.

Repito con el resto del mundo. China mintió, gente murió.

Entre el Gran salto adelante y la Revolución cultural, el PCCh sacrificó millones de vidas en pos de ejecutar sus propios experimentos socioeconómicos. La nomenclatura marxista ensalza tan cínico vocablo: experimento, la historia está plagada de ellos.

El experimento ruso, el experimento cubano, el experimento venezolano, el experimento alemán; para los políticos de militancia comunista, los países son poco más que laboratorios sociales. Aquellos defensores del materialismo histórico, negacionistas del espíritu, animalizan al hombre. Cobayas y esclavos, así nos quieren.

Estos mismos cínicos podrían sin problema ético asumir un sacrificio más por la expansión del poderío chino. ¿Por qué no inmolar unos cien mil en pos del destino de mil trescientos millones?

Lo cierto es que China está logrando aventajarnos en la carrera económica, mientras Europa y América se hunden paralizadas a la miseria. No creo que Beijing logre o pretenda matarnos de enfermedad, no quieren un casus belli a gran escala. Pero, de hambre también se muere.

Como toda magna obra, precisaremos perecer el dolor y el caos que supondrá acabar con la inmoral dependencia de la mano de obra china. La solución no puede quedarse en una efímera redistribución de importaciones. Pasa necesariamente por abolir la segunda esclavitud de las maquilas tercermundistas, y revalorar el trabajo del productor nacional. De ello depende la supervivencia de la civilización.