Alberto Zambrano desde Guadeloupe

Idealmente, todos los nacionalistas y defensores de occidente deberían ser —cuando menos bilingües—, la lengua francesa es hablada por cerca de 277 millones de personas a nivel mundial. El conocimiento de un lenguaje adicional a la lengua materna mejora las habilidades cognitivas y en el ámbito político, donde el activismo es necesario, la proficiencia en una segunda lengua es fundamental para fomentar alianzas. Es por ello que con algo de ironía tan francesa, el día de hoy en Cultura Política compartimos con nuestros lectores un paseo por la lengua de marras.

La Gran Europa —en las postrimerías de su decadencia a manos del globalismo— no puede ser reducida al mundo angloparlante, buena parte de la civilización europea —y su actual diversidad— se debe a las perennes y fecundas interacciones entre las distintas naciones estados que la integran, el francés era el lenguaje de la diplomacia internacional.

Aprender la lengua de Pierre Drieu La Rochelle, Houellebecq, Degrelle, Soral, Céline, Dominique Venner, Dieudonné, Le Pen, Molière y Víctor Hugo tiene sus ventajas, los franceses tienen siglos perfeccionando el arte del trolleo.

Aprendiendo francés como segundo —o tercer idioma— se pueden leer las obras de pensadores disidentes que no han sido publicadas y difundidas con la misma amplitud en el mundo angloparlante por una prensa globalista tutelada por una élite hostil a occidente: Doscientos años juntos, de Aleksandr Solzhenitsyn y La Autoabolición de Alemania de Thilo Sarrazin son buenos ejemplos.

En momentos donde la expresión de la identidad nacional se limita a competiciones deportivas —hoy en paro por el virus de Wuhan— y desfiles militares, en el día de la Fête Nationale tuvimos recordar que la lengua francesa es inseparabale de la historia Europea, y de la historia de los movimientos de Independencia americana: Cuatro siglos de monarcas francófonos tras la conquista de Guillermo enriquecieron —o marcaron— al idioma inglés con términos marciales, políticos, legales, literarios y culinarios: Los nórdicos se afrancesaron y comían su bœuf mientras los campesinos anglosajones seguían sembrando —orden jerárquico muy a lo Julius Evola.

Como resultado de la transculturización de los pueblos originarios europeos, el idioma inglés terminó incluyendo una variedad de vocablos con distintas peculiaridades y connotaciones específicas, permitiendo una gran capacidad de expresión.

De forma paradójica, pese al desprecio estadounidense por la tradición militar gala desde la Segunda Guerra Mundial, la influencia del idioma está allí: Palabras como lieutenant, esprit de corps, personnel, maneuver, rendezvous, reconnaisance, materiel, etc. son palabras propias de los hombres de armas de los EEUU que tienen su origen en la tradición de la comunicación francófona.

El sistema métrico es francés, como lo es el poder y terror del yugo Normando, al igual que los extraordinarios desastres que los soldados de Luis XIV hicieron en los Países Bajos, como también es francesa la columna de Grenadiers de Napoleón nacida del levée en masse. 

Aprender sobre estos detalles es sentir la tradición de la pluma y la espada.

Johann Gottlieb Fichte —padre del idealismo alemán— escribió que el lenguaje de un pueblo es su alma “die Spräche eines Volkes ist seine Seele” una exageración: Si la mente semiespiritual está arraigada en el cerebro biológico, el alma en última instancia proviene de la sangre. Aun así, el lenguaje ciertamente es el medio principal por el cual el alma se da cuenta de sí misma y se expresa.

Y en esto, el francés, como el latín y quizás el inglés, han tenido un privilegio raro: Ser los idiomas de Europa por antonomasia . Efectivamente, entre San Luis y Napoleón I, todos los grandes y buenos de Europa hablaban francés, ya fueran monarcas ingleses —el lema del Reino Unido es Dieu et mon droit, “Dios y mi derecho”—, príncipes alemanes o nobles rusos.

Se supone que el emperador Carlos V dijo: “Hablo español para Dios, italiano para mujeres, francés para los hombres y alemán para mi caballo” —el francés es para asuntos serios.

Federico el Grande prefirió el francés al alemán, mantuvo una relación larga con Voltaire en el idioma y fundó la orden Pour le Mérite, que luego se otorgó a Otto von Bismarck y al Mariscal Rommel.

Aprender francés es escuchar y sentir el alma de Europa —mientras esta podía hablar— durante la mayor parte de los últimos mil años. La lengua de marras también es peculiarmente relevante para el autoconocimiento del anglo al conocer su propia tradición política.

El estado inglés realmente es un constructo normando y tiene la misma centralización, ventajas y defectos que el parisino (es por eso que los ingleses, aunque superados en número por los españoles o los franceses, nunca han visto su isla conquistada desde 1066). Los Plantagenets eran básicamente franceses. Pound afirmó que el inglés fundador de Chaucer era “parte de Europa” (a diferencia del de Shakespeare) y estaba firmemente arraigado en las tradiciones latina, francesa y provenzal.

Tras toda esta prosa barroca y ácida digna merecedora de homenajes en el del Día de la Fête Nationale —que ya fue—, es menester destacar que hay un grado en el que los anglosajones y los franceses son responsables de todo lo que salió mal con la civilización occidental.

Hay mucho que aprender en la Ilustración y en la tradición liberal clásica, que es básicamente un proyecto anglo-francés. El modelo de Montesquieu & Voltaire era Inglaterra.

Los Padres Fundadores estadounidenses citaron a Montesquieu sobre todo (junto con los Antiguos).

Benjamin Franklin amaba a París. Thomas Jefferson también lo hizo y leyó demasiado a Jean-Jacques Rousseau. El Marqués de Lafayette ganó la guerra de independencia Estadounidense,  Pierre Charles L’Enfant diseñó Washington DC y el análisis críticó de Tocqueville a la democracia estadounidense sigue siendo insuperable.

Incluso la tradición republicana francesa no es tan políticamente correcta como suele verse. Voltaire era extremadamente racista y antisemita (“cette nation est, à bien des égards, la más detestable qui ait jamais souillé la terre”).

La Revolución fue en algunos aspectos una extraña guerra racial contra una nobleza parcialmente germánica. Paradójicamente, el principio del Blut und Böden del nacionalismo alemán halla en la Marsellesa un equivalente: “¡Qu’un sang impur abreuve nos sillons!” Que la sangre de los impuros riegue nuestros campos.

La Tercera República adoctrinó a generaciones de pequeños niños franceses con el lema “Nos ancêtres les Gaulois”, aunque lo cierto es que ésto  sólo se hizo para avivar el conflicto con los alemanes húngaros —en lugar de mantener alejados a los africanos de sus colonias insondablemente desastrosas.

Víctor Hugo, ese afamado escritor, habló de “la raza europea” y fundamentó su llamado a la unidad europea en “la consanguinité franco-allemande”.

Los franceses desempeñaron su papel en la historia épica y trágica del colapso de Europa en el último siglo, desde la hegemonía mundial hasta la colonia estadounidense programada para la afroislamización.

Le fil de l’épée de De Gaulle es una brillante obra maestra —Chef-d’œuvre— de vigor juvenil nietzscheano leída con entusiasmo por republicanos hardcore como Richard Nixon.

Francia también proporciona un gran contingente de colaboradores para servir como cuadros superiores en instituciones globalistas —a menudo de diseño francés—, ya sea las Naciones Unidas (Cassin), la Unión Europea (Monnet, Schuman, Mitterrand, Delors), el Banco Central Europeo ( Trichet), la Organización Mundial del Comercio (Lamy) o el Fondo Monetario Internacional (Strauss-Kahn, Lagarde).

Los franceses siempre hacen grandes tratos con las instituciones de la UE que hablan francés. De hecho el inglés eurocrático está marcado por la burocracia francesa y la legalidad latina: Direcciones Generales, acervo comunitario, “actores”, relatores, comisionados & gabinetes.

Hoy en día solo se necesita francés en Bruselas para hablar con el guardia de seguridad ( que es congoleño), la señora de la limpieza (que es marroquí) y el comisionado (((francés))).

La desintegración de esas reminiscencias de antaño ya son patentes. No tiene sentido hablar de un esprit de corps que ya no existe. El élan de los franceses a estar orgullosos de su país parece opaco con los tiempos más antiguos. La decadencia de la nación francesa se resume por la preferencia de las masas por el uso de vocablos germanos e ingleses, ya vimos las cuestiones militares, diplomáticas, de etiqueta, y cuestiones superfluas —como la mode— se volvieron fashion.

La burguesía juega su rôle en la soirée con una perfecta façade de rigueur con sus chics accoutrements, comparte un bon mot, y en última instancia abrazan el laissez-faire al tiempo que no pueden sino traicionar el fin-de-siècle ennui.

Esa es la razón por la que Francia está de rodillas. L’absurde es que el nihilismo estetizado y la decadencia —hecha hashtag— tienen sus raíces desde hace dos siglos en la expresión “Travailler pour le roi de Prusse” —trabajar para el Rey de Prusia. Entiéndase: “Cachicamo trabajando pá’ lapa”— en un contexto en el que los ciudadanos de la Grande Nation —término usado incluso hoy en día para referirse a Alemania de forma sarcástica— eran buenos bons vivants mientras los súbditos de la diminuta Prusia eran unos disciplinados, austeros, sacrificados —y neuróticos. Poco a poco, éstos últimos le ganaron la carrera desarrollista a Francia y en tres oportunidades distintas, Francia cayó derrotada y tuvo que llamar a los anglos para que le salvaran el pellejo.

COLOFÓN-HUMOR

¿Cómo aprender francés?

La lengua de Jean-Baptiste Poquèlin puede lucir intimidante, con sus acentos circunflejos, quisquillosa gramática y demás peculiaridades. Le ofrecemos al lector —a manera de sátira—  explicarle unos simplísimos pasos para poder aprenderla.

  1. Descargue y escuche los MP3 de Michel Thomas durante su caminata diaria. Este simpático viejito le expondrá cómo el idioma inglés destruye al francés.  Tras escucharlo notará que incluso los perezosos pueden aprender.
  2. Luego escuche los MP3 de Pimsleur y hable en voz alta para obtener la pronunciación correcta y verá el cómo la lógica alienígena de la gramática francesa se filtra en su subconsciente.
  3. Obtenga un libro de gramática francesa, haga ejercicios de lenguaje y tenga su Bescherelle al lado.
  4. Si tiene cómo pagársela, vaya a una clase. Así tendrá el beneficio de la camaradería.
  5. Consígase una jolie Française de novia.  Vuestra mala pronunciación será inevitablemente será más elegante que el castellano promedio que ella aprendió, cosa que lo hará lucir a usted bastante genial. El franpagnole  de la chica probablemente será mejor que el francés que usted aprenda.
  6. Lea un artículo francés o dos al día (tal vez de Fdesouche, Valeurs Actuelles o Égalité & Réconciliation).
  7. Vaya a Francia de vacaciones & conozca a algunos camaradas.
  8. Mire los videos de Soral con subtítulos en inglés.
  9. Mire los videos de Dieudonné con subs (Les Pygmées es legendario).
  10. Mire los videos de Guilliame Faye hablando franglais.

Felicitaciones, ya está listo para la Révolution européenne. Quizás la futura presidente Marine o Marion le contratará para alguna cuestión.

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