Por Manuel De La Cruz

Venezuela, relato viviente de la intrínseca malignidad socialista, se encuentra ocupada por fuerzas foráneas, quiénes a través de un política de sangre y terror, sostienen la tiranía narcotraficante.

Hechos abominables, como el secuestro, tortura y exterminio sistemático de disidentes, o la táctica soviética del control a través del hambre, demuestran la imposibilidad de pactar una solución pacífica, concertada o dialogada con los criminales que ocupan Miraflores. Los agentes de la tiranía encarnan lo más bajo y podrido de las pasiones humanas, su lógica depredadora no atiende a razones humanitarias ni condenas internacionales: emplean y acatan solo el lenguaje de la fuerza.

Ante la monstruosidad sin precedentes en la historia republicana de nuestra Tierra de gracia, frente a los descendientes «morales» de las sanguinarias tropas de Bóves, únicamente podemos accionar de forma fructífera si dimensionamos nuestra coyuntura como el de un conflicto de carácter existencial. La barbarie del necrófilo proyecto narco-comunista bolivariano, contra la Venezuela decente e inmortal de la cual con no poca nostalgia nos hablaban nuestros abuelos. Somos la civilización, por ello los chavistas nos odian.

Contamos con hitos en el plano geopolítico que no pueden menospreciarse, hoy la cuestión venezolana es un elemento de suma relevancia para la seguridad hemisférica. Disolver la pesadilla comunista no se trata simplemente de un acto filantrópico o humanitario: es un asunto prioritario para la estabilidad regional y planetaria.

El Estado Islámico se convirtió, con razón, en el principal enemigo de Occidente en años recientes. Tal fama, y empeño por parte del mundo libre en acabar con la amenaza, estribaba no en los recursos que manejaba ni el número de militantes con los que contaba en todo el orbe. Nada de ello, el peligro del EI está en que no es un grupo terrorista más, teniendo como leit motiv la constitución de un Estado político con fronteras definidas que activamente financiase la jihad por todo el orbe. Un Estado terrorista.

Es posible hoy en día trazar un paralelismo entre la tiranía comunista en Venezuela y la estructura terrorista del Estado Islámico, ambas arquitecturas político-militares enfocan la suma de sus esfuerzos a la promoción de crímenes sumamente lesivos para Occidente, al tiempo que justifican sus sangrías con fórmulas de carácter ideológico. Uno promueve el terrorismo en nombre de Mahoma, el otro al narcotráfico en aras de lograr la utopía socialista.

Aun así, la comparativa es pobre si se tiene en cuenta que más víctimas mortales se ha cobrado la tiranía de los hermanos Castro en Venezuela que la suma de todos los atentados y ejecuciones llevadas a cabo por los múltiples grupos fundamentalistas en las últimas dos décadas.

La comunidad internacional, esa laguna extraña y ambigua de la que no se puede esperar nada, aparentemente está inclinada a la liberación parcial y negociada de Venezuela. Al menos nuestro principal aliado, la administración Trump, sí que está decida a la erradicación del comunismo hispano. Sin embargo, todas las opciones planteadas han sido obstaculizadas por la mediocre y dañina clase política venezolana.

Hasta ahora contamos con la figura de una presidencia interina, que lo es de lege pero no de facto, que manda pero no es obedecida. Contamos con un príncipe desarmado, un comandante sin tropas, que encima está rodeado de la marisma perniciosa del establishment socialdemócrata.

Mientras nuestros mártires mueren en las celdas tras cruentas torturas, los representantes del gobierno legítimo sostienen diálogos con la tiranía que día tras día extermina a Venezuela. Epopeya canallesca que retrata la ingenuidad del ciudadano común, aquél, que defiende con tanta vehemencia en la calle y en las redes a una casta de imbéciles incapaz de solicitar la intervención militar/policial que necesitamos para extirpar de raíz el cáncer chavista.

Pasemos de ellos. Quiénes desde el exilio o desde la conspiración seguimos apostando por Reconquistar a Venezuela, que es algo mucho más icónico y profundo que liberar, tenemos una opción factible de triunfo siempre que sepamos organizarnos: la opción contratista.

Releyendo a Maquiavelo nos encontramos una continua exhortación a prescindir de tropas mercenarias, nos advierte el florentino que «durante la paz despojan a su príncipe tanto como los enemigos durante la guerra, pues no tienen otro amor ni otro motivo que los lleve a la batalla que la paga del príncipe». Y más adelante nos explica como únicamente las armas propias son útiles para la consecución y defensa de principados. No obstante, la carrera mercenaria ha evolucionado con los años, y lejos de la experiencia italiana, podemos citar casos concretos y benéficos del empleo de ejércitos privados.

Una intervención militar de parte de USA es vista con malos ojos por muchos norteamericanos, porque consideran absurdo que sus hijos derramen la sangre en tierras extrañas por causas ajenas. Son numerosos, los que víctima de la propaganda demócrata, se sienten ajenos a la amenaza latente que representa un Estado narcosocialista en el continente americano. Sin embargo, la idea de que quiénes arriesguen sus vidas sean mercenarios que voluntariamente escogieron el camino de las armas a cambio de recompensas pecuniarias, pudiera otorgarnos un mayor campo de acción.

El oficio del contratista está regulado por el gobierno norteamericano, quiénes gracias a la guerra en Irak pudieron desarrollar las políticas necesarias para el surgimiento de un modelo ético y profesional de ejército privado. Hoy en día esta clase de batallones no están compuestos por masas amorfas sedientas de sangre. Son, realmente, veteranos militares que encuentran en el oficio bélico una fuente de ingresos más que honrada. Además, la garantía a nivel táctico que ofrecen estas empresas, radica en el entrenamiento de élite de sus tropas: cada mercenario posee las destrezas operacionales necesarias para un desenvolvimiento en batalla por encima del promedio de efectivos militares.

Imagine por un momento, que quiénes se encargan de contrarrestar la carga infame de los colectivos (paramilitares comunistas) y demás bestias de guerra del chavismo, no somos los estudiantes y escuderos de las protestas, sino veteranos de guerra habituados a operaciones de contrainsurgencia y de contención del terrorismo islámico.

Las famélicas milicias socialistas, quiénes en desfiles pomposos se creen con la misma ferocidad del ejército rojo, correrían temblorosas ante el rugido de nuestros rifles. Lo sabemos. Todos esos represores, esas hienas desalmadas, son cobardes: se ensañan contra nuestra estirpe porque nos saben indefensos. Prohibieron hace años desde la tenencia personal de armas de fuego hasta incluso el comercio de «juguetes bélicos». Agreden y matan porque saben que nunca hay riesgo para ellos.

Desde luego, no olvidemos que nuestro florentino nos advierte además que « Los milaneses, muerto el duque Felipe, tomaron a sueldo a Francisco Sforza para combatir a los venecianos; y Sforza venció al enemigo en Caravaggio y se alió después con él para sojuzgar a los milaneses, sus amos». Empero, las acciones que empleen las fuerzas mercenarias no pueden depender únicamente de ellas. La opción mercenaria es un planteamiento válido si se desarrolla junto a la posibilidad de que también la Resistencia venezolana sea armada y entrenada para combatir al enemigo castrista.

El Kremlin, experto en jugadas geopolíticas de altura, llevó a cabo operaciones interesantes, desde el punto de vista bélico, con respecto al empleo de contratistas. En la guerra civil siria, contratistas rusos no solo se encargaron de ejecutar misiones de seguridad y protección de figuras políticas: también instruyeron a los combatientes fieles a Bashar Al-Ássad.

El elemento autóctono es fundamental para la victoria en este tipo de frentes. Los ucranianos han demostrado una resistencia verdaderamente heroica ante la agresión rusa. Emplearon de manera inteligente empresas contratistas para entrenar a sus ciudadanos, quiénes organizados en milicias nacionalistas y armados con los recursos bélicos de la OTAN siguen frenando las incursiones rusas.

La moral del ejército es primordial, y justo, la guerra psicológica es uno de esos poquísimos frentes en donde la balanza está inclinada a nuestro favor. ¿Qué clase de disciplina, heroísmo o sacrificio es capaz de demostrar aquella montonera de sabandijas violentas que son hoy las FANB? ¡Nada!

La Reconquista es posible, necesitamos para ello mantener un discurso coherente, que aglutine ideológicamente a todos los disidentes dispuestos a asumir el camino de las armas como respuesta definitiva a la pesadilla venezolana. Solo a través de una postura patriótica, auténticamente anticomunista, posicionada en las antípodas más radicales con respecto al orden político existente, podremos difundir el discurso más que necesario que siente las bases para la organización del Ejército de Reconquista.

Miles serán los voluntarios, entre los exfuncionarios decentes que alguna vez pertenecieron a las fuerzas de seguridad de Venezuela. Y también ¿por qué no? contaremos con voluntarios internacionales deseosos de combatir esta temible condena infernal llamada comunismo.

El renacer de Venezuela será, en la medida que nos movilicemos para solventar las necesidades logísticas y financieras que requiere esta histórica empresa. De momento, nuestra prioridad está en convencer a los vecinos en prestar parte de sus tierras para los entrenamientos, y en conseguir de parte de los aliados internacionales el empleo inmediato de contratistas para el empleo de tropas y la instrucción de nuestros conciudadanos.

¿Qué más da lo que diga la presidencia interina? Obremos nosotros mismos por la Libertad. De lograr la caída total de la tiranía comunista, nos encargaremos también de llevar ante a la justicia a cada uno de sus cómplices.
Según las principales agencias de migraciones y refugiados, hay más de 4.000.000 de venezolanos en el exilio. Con el aporte de todos, estoy seguro podremos dar inicio a la opción contratista.