Por Manuel De La Cruz

Michel Foucault enarboló desde la ensayística el curioso y aparentemente novedoso concepto de la biopolítica. Como él mismo admitió, la categoría conceptual hace referencia a una interpretación antiquísima de lo político: la potestad de decisión sobre la existencia del otro.

Biopolítica, palabras más palabras menos, se refiere a la esfera política desarrollada desde los albores de la humanidad que interpreta al fenómeno vital como una variable sobre la cuál el poder decide.

La facultad de imponer mandatos sobre la conducta de los seres racionales es en sí mismo un gesto biopolítico. Desde la institución de la agogé espartana, pedagogía para la formación de guerreros; hasta las reformas de Bismarck en pos del mismo cauce belicista, ya sea la ciudad-Estado o el Estado nacional han incidido de manera directa sobre cada latido del hombre.

¿Pero es que al delimitar un ideal de vida, no encumbramos también una perspectiva moral sobre la muerte? ¿No sería más realista, aunque no por ello menos pomposo, hablar de la tanatopolítica? Pues al fin y al cabo, en esta labor de imponer valores de forma autoritaria, el Estado señala a través del arquetipo de la vida vida digna, todo aquello que también mereciera ser apagado en el orden de las cosas.

Hay elementos que merecen la muerte, sí, el fin de su existencia indecorosa por lo nocivo que resultan para la armonía general y la felicidad pública. Me refiero al caso de la criminalidad, el terrorismo, y todas aquellas fuerzas contrarias a la dignidad humana que conspiran en contra de su desarrollo.

Al mismo tiempo, hay temibles tiranías que solo actúan dentro de la esfera de la thanatopolítica, siendo el homicidio su solución general a cuanto problema de carácter social diagnostican. Los comunistas son muy diestros en esto, asemejando su carácter al de ciertos médicos de antaño que desangraban a sus pacientes en nombre de su salud.

Para la gran revitalización que requiere la civilización, es menester sincerar las cosas: la política real como fundamento del orden considera esa esfera ulterior que no solo preserva la vida sino que ademas erradica lo hostil. El Estado que como árbitro imparte justicia, debe también desenvainar la espada y desatar la guerra cuando su existencia se ve amenazada.

En verdad, la biopolítica no es más que un eufemismo tibio que se niega a aceptar la rotundidad del hecho político: gobernar es comprender al sujeto como mortal, por lo que, para lograr la trascendencia se debe pensar en la política desde la muerte.