Por Alberto Zambrano

En 1975, Aleksandr Solzhenitsin compiló una serie de capítulos escritos por Vladimir Ilich Ulianov en un libro llamado “Lenin en Zúrich”, decidiendo compartir con el mundo un retrato revelador e inolvidable del líder soviético.

El enfoque de Solzhenitsin, fundamentado en un estudio minucioso de discursos y cartas de Lenin, así como algunos relatos de su estadía en Suiza mezcla narración en tercera persona e intimidad en primera persona ofreciendo una representación endemoniada de Lenin en aquel entonces. El líder revolucionario es uno que se irrita fácilmente, es intolerante para con sus pares, tiránico en su liderazgo, se evidencian sus rasgos psicópatas de su personalidad mezquina. También se retrata a un Lenin educado, brillante, enfocado, y consumido por energía inhumana.

Un relato de ficción y a la vez no, demuestra como Solzhenitsin usó el poder de las artes narrativas para reconstruir y descifrar eventos históricos ocultos.

El significado perdurable de Lenin en Zúrich para los nacionalistas no radica en la descripción negativa que hace Solzhenitsin del líder soviético, cuyo recuerdo la mayoría de la sociedad preferiría aplastar con una aplanadora. La crueldad de Lenin como dirigente está bien documentada. Más bien Solzhenitsin busca –como el buen novelista que fue– dar un vistazo a las nefastas entrañas repulsivas de una izquierda que mata a la nación, definiendo así a la derecha como su opuesto en comparación.

Con una narrativa propia, el uso abundante de signos de exclamación –al estilo de Nietzsche–, y el flujo —tácito— constante de insultos que arroja a sus camaradas socialistas, Solzhenitsin describe a Lenin como un hombre incómodo consigo mismo y con su entorno, atrapado en un lugar pacífico, próspero, burgués y ensimismado en un contexto histórico de una guerra mundial.

Todo lo que hace Lenin en Suiza es leer periódicos, trazar formas poco probables en que la guerra podría instigar revoluciones comunistas, tener sexo promiscuo y fumar su pipa.

Agosto de 1914 fue un punto bien bajo para los bolcheviques en el extranjero: Tenían poca esperanza de tener éxito y se la pasaban peleando entre ellos –por quien era el más woke.

Las nociones pintorescas de nacionalismos que se ventilaban en aquel ambiente molestaban mucho a Lenin porque no podía hacer nada al respecto. Después del fallido intento de revolución de 1905, las expectativas eran bajas y sólo una guerra mundial podía cambiar el panorama.

La primera indicación de Solzhenitsin sobre cómo opera la izquierda contra la humanidad –a manera de cáncer– aparece cuando Lenin muestra lo contento que lo pone el estallido de la guerra. La muerte y el dolor no significan nada para él a menos que contribuyan con la causa revolucionaria. Lenin ve a la lucha en la izquierda como patriotas enfrentados a antipatriotas, pero en mayor escala, su contexto revolucionario enfrenta a nacionalistas contra los –súper– nacionalistas.

Nada puede debilitar más al nacionalismo que una guerra sin sentido y prolongada. En un momento, Lenin admite macabramente que cuanto mayor sea el número de bajas en la batalla, mayor felicidad le produce. Sólo se preocupa por que los líderes de Europa cometan algún error tonto como abogar por la paz antes que él & sus compinches puedan comenzar alguna vorágine asesina disfrazada de revolución en algún país tranquilo como Suiza o Suecia.

Las pequeñas cosas que hace Lenin, sus comentarios y observaciones imprevistas, también revelan su enemistad hacia todo lo tradicional, natural y moralmente saludable. Se queja amargamente del principio de los derechos de propiedad. Se esfuerza por mantener a sus colegas discutiendo cuando le es útil. Se opone al empleo bolchevique del terror individual solo porque cree que el terror debería ser una “actividad de masas”.

Pasa por las tiendas y tiendas de delicatessen en las calle de Zúrich y se las imagina saqueadas por una mafia que empuña un hacha. Incluso presagia la deskulakización soviética de la próxima década al afirmar que:

“El soviet debe tratar de aliarse no con el campesinado en general, sino ante todo con los trabajadores agrícolas y los campesinos más pobres, separándolos de los más prósperos. Es importante dividir al campesinado en este momento y enfrentar a los pobres contra los ricos. Ese es el quid de la cuestión.”

Lenin no sólo se enfrenta a la humanidad, sino que se enfrenta amargamente con sus propios colegas. Cuando se reúne con los socialdemócratas suizos (apodados “The Skittles Club”) en un restaurante, Solzhenitsyn ofrece esta pepita diabólica:

“La mirada de Lenin se desliza rápidamente, inquieta sobre todas esas cabezas, tan diferentes, pero casi tan suyas para tomar. Todos temen su letal sarcasmo.”

El odio de Lenin por los mencheviques es palpable en todo el libro. En un momento, Lenin afirma hilarantemente que “¡vería antes que el zarismo sobreviviera otros mil años que dar un milímetro a los mencheviques!”

Lenin era un mentiroso compulsivo . Él anuncia que Suiza es un país imperialista cuando sabe que no lo es. También afirma —para desconcierto de los socialistas suizos— que Suiza es el país más revolucionario del mundo. Él hace falsas promesas a los socialistas más moderados con respecto a sus roles post-revolucionarios. El doble rasero tampoco es nada para él. Él aboga por oponerse a la guerra en público, y llega a incitarla en privado. Él profesa apoyar la democracia, pero solo antes de la revolución. Después, debería abolirse con todos los demás obstáculos a su plan totalitario planeado.

Si algo de esto le suena familiar al lector que conoce la realidad venezolana, es la forma por medio de la cual se llega al poder de forma democrática para luego destruir las instituciones desde adentro. La izquierda no ha cambiado mucho desde los días de Lenin.

Lo único que han hecho los izquierdistas contemporáneos se reduce simplemente a intercambiar clase por raza en el siglo XXI. El mismo grupo que clamó en EEUU por los derechos civiles de los negros en la década de 1960 ahora está pidiendo la abierta opresión de los blancos –basta solo con encender el TV y ver las protestas raciales que están haciendo desastres en EEUU a raíz de la muerte del ex-convicto y cocainómano George Floyd.

Al igual que con Lenin, a lo que la izquierda dice aspirar y lo que realmente quiere son dos cosas diferentes: El único factor determinante aquí es quién ejerce el poder.

Un paseo por Twitter o Hollywood mostrará con bastante claridad que las fantasías violentas de los progres contra sus enemigos percibidos no van a ninguna parte.

Otro aspecto de la izquierda que revela Solzhenitsin es la naturaleza judía de Lenin sin caer en el antisemitismo furibundo. Es cierto que no nombra al judío en Lenin en Zúrich como lo hace en 200 años juntos. Aun así, dado que todos los personajes de estos capítulos son figuras históricas, es bastante fácil evaluar exactamente cómo era el círculo de Lenin y cuán importantes fueron algunos de éstos para su éxito y el de los bolcheviques. Y la respuesta es considerable en ambos aspectos.

Un hombre conocido como “Parvus” aparece principalmente entre los personajes judíos en Lenin en Zürich. Nacido Izrail Lazarevich Gelfand, se encuentra, al menos con Lenin, como un capitalista y millonario enigmático y algo inescrupuloso que, por alguna razón, dedica su vida a causas socialistas.

La agenda de Parvus puede ser doble: o dedica su vida a financiar al socialismo internacional, o desea destruir a Rusia mientras muestra una sospechosa lealtad a Alemania. Parvus, junto con su protegido Leon Trotsky, había intentado y no pudo derrocar al zar en 1905, y ahora ofrece un nuevo plan: Con sus profundos contactos en el gobierno alemán, hará los arreglos para que los bolcheviques viajen por Alemania para reingresar a Rusia donde pueden fomentar la revolución contra un zar debilitado.

Esto serviría no solo a Lenin sino también a los amigos alemanes de Parvus al noquear a Rusia de la guerra. Sospechoso de la condición de forastero de Parvus, y especialmente de su tolerancia a los detestados mencheviques de Lenin, Lenin al principio se niega.

Descrito por Solzhenitisin, Parvus es gordo, ostentoso y carente de tacto, parece tan repulsivo para el lector como lo es para Lenin. Sin embargo, su gran riqueza y su perspicacia para la trama política doman la actitud rapaz de Lenin y logra callarlo por un tiempo –lo que quizás lo exonera un poco como personaje en la mente del lector.

Parvus también es bastante profético, ya que pronosticó la Primera Guerra Mundial en un momento anterior e impresionó a un incrédulo Lenin de que “¡la destrucción de Rusia ahora era la clave de la historia futura del mundo!”.

Y, por supuesto, Parvus es un genio financiero:

“Era una cuestión de instinto con él, la aparición de desproporciones, desequilibrios, lagunas que lo suplicaban, le gritaban que insertara su mano y obtuviera ganancias. Esto era tan parte de su naturaleza más íntima que llevó a cabo sus múltiples transacciones comerciales, que ahora estaban dispersas en diez países europeos, sin un solo libro de contabilidad, manteniendo todas las cifras en su cabeza.”

Otro personaje judío que figura prominentemente en Lenin en Zürich es Radek (nacido Karl Berngardovich Sobelsohn). Lenin tiene un tremendo respeto por Radek como escritor y propagandista. Radek se había convertido en uno de los periodistas más prominentes de la Unión Soviética años después de la muerte de Lenin ciertamente justifica su estima. En general, es inteligente, ingenioso y la única persona a quien Lenin entregaría voluntariamente su pluma.

Después de la Revolución de febrero en Rusia, mientras Lenin se prepara para viajar de regreso a su país de origen de acuerdo con el plan de Parvus, Radek encuentra soluciones ingeniosas para problemas logísticos formidables que amenazan con hundir la empresa. Esto hace que Lenin, por una de las pocas veces en el libro, se sienta verdaderamente feliz.

Nadezhda Krupskaya –la esposa descuidada del infame revolucionario–e Inessa Armand –su amante– hicieron pocas contribuciones sustantivas al trabajo revolucionario del caudillo rojo en las páginas de Lenin en Zürich.

Según Solzhenitsyn –Cristiano Ortodoxo nacionalista–, muchos de los asociados más cercanos de Lenin en Zurich eran judíos, hecho histórico que a los ojos no entrenados hace lucir al comentario políticamente incorrecto.

Desde la perspectiva de la derecha, Solzhenitsyn ofrece pruebas tentadoras de que la Revolución de Octubre no habría ocurrido –o no habría tenido tanto éxito– sin las acciones cruciales de los judíos  como grupo étnico influyente en los momentos más importantes. Sin Parvus ni Radek, Lenin probablemente se habría quedado en Zurich en marzo de 1917.

¿Los bolcheviques habrían tenido tanto éxito sin él?

Imposible decirlo, aun así, una conclusión razonable sería que el destino de la Unión Soviética habría quedado mucho más en juego sin que Lenin manejara las cosas durante sus años de formación. Y sin una Revolución de Octubre exitosa, probablemente no habría decenas de millones de personas asesinadas sin sentido por los soviéticos durante las décadas de 1920 y 1930.

Lenin en Zürich ofrece lecciones importantes para los lectores a la derecha del espectro político, casi hasta el punto de la ironía.

A pesar de ser un villano desquiciado, malhumorado y miserable, Lenin en Zúrich de Solzhenitsyn exhibe algunas características admirables que los disidentes de cualquier banda harían bien en emular, siempre que separen los elementos destructivos.

Su gigantesca fe en sí mismo lo hace completamente inmune al ridículo y la vergüenza. Él piensa en consignas, siempre luchando por una forma de controlar y motivar a las masas: “¡La lucha contra la guerra es imposible sin la revolución socialista!”. Está obsesionado con el tiempo y se enoja casi hasta el punto de enojarse cada vez que desperdicia algo. Todo es urgente para él. El hombre también demuestra energía inhumana, siempre trabajando, siempre leyendo, siempre luchando.

Solzhenitsyn, para su gran crédito como autor, hace que la intensidad de Lenin vibre en casi todas las páginas:

“Por analogía, por asociación, por contradicción, chispas de pensamiento fueron continuamente eliminadas, volando en una tangente a izquierda o derecha, a trozos sueltos de papel, a las páginas forradas de libros de ejercicios, a márgenes en blanco, y todo pensamiento debe ser cosido al papel con un hilo de fuego antes de que pudiera desvanecerse, para arder allí hasta que se quisiera, en un borrador del resumen o en una carta comenzada allí y luego para poder falsificar sus oraciones al rojo vivo.”

 

En esencia, la constitución espiritual —a prueba de balas— de Lenin lo convierte en la máquina radical perfecta. ¿Quién no querría seguir a un hombre así durante una crisis? Para permitirse esto, Lenin debe vivir una vida espartana. Dedica toda su vida por su causa, y lo mismo hace poco por sí mismo en términos de placer. Lamentablemente para él, y para la humanidad, su querida Inessa –el cacho– no pudo renunciar a su enamoramiento con ella. En un momento sincero, Lenin admite que sólo en su presencia podría reducir la velocidad y relajarse y hacer cosas por sí mismo, un día después de un día gloriosamente lánguido.

Tal vez si hubiera encontrado un poco más de consuelo con ella, el mundo podría haberse librado de su ira mefistofélica. Quizás con ella, podría haber sido más humano y menos Lenin.

La exagerada narrativa de Solzhenitsin sobre Lenin –reminiscente de la Venezuela Heroica de Eduardo Blanco–es demasiado buena para ser cierta, una historia demasiado perfecta para contar. Se percibe una arquitectura trágica que lo abarca todo en lugar de la formación destartalada de la verdad.