por Alberto R. Zambrano U.

Después de 2011, el Medio Oriente árabe conoció el tormento generalizado que surgió del caos: Alepo, Mosul, Sanaa, Idlib y Raqqa cayeron a manos del fundamentalismo babilonio. La lista de ciudades martirizadas sin mesura se tornó en un conflicto difícil de medir o precisar.

Mientras rodaban las cabezas de Hervé Gourdel, David Haines, James Foley, Steven Sotfloff, Kenji Goto, Haruna Yukawa y muchos otros ante un mundo occidental espantado que miró con alegría la fantasía onírica de la Primavera Árabe, para luego despertar ante el horror del Estado Islámico en un contacto con la realidad difícil de descifrar.

Pareciera que la caída de ciertos gobiernos, que luego de décadas en el poder podían pintar con tintes occidentales a la realidad política de esas tierras, la realidad fue otra; una más dramática. Una que reveló la fragilidad de los estados árabes cuando llegan a un punto extremo de desintegración. Entre las principales causas de este conflicto, una de las raíces, es el pleito de faldas milenario que surge entre las dos grandes ramas del islam: Suníes y Chiíes.

Lucha por la Supremacía

Si la génesis entre Chiíes y Suníes se remonta a los primeros tiempos del islam por un pleito de faldas, la cuestión yacía en quien se quedaba con el poder político-religioso luego de la muerte del profeta Mahoma, las razones de ese enfrentamiento —que pasó de ser disputado con piedras a la promesa aterradora del uso de armas nucleares—siguen siendo las mismas: el control de una región entera.

Los chiíes son la mayoría religiosa en Irán, único país del mundo en declarar a esa doctrina del islam la religión oficial, en el emirato de Bahréin, 75% de su población es chií, y en Irak el 56% de la población profesa la religión de los partidarios de Alí.
Los chiíes son la comunidad mayoritaria en Líbano y en la provincia petrolera saudita de El-Hasa, en Yemen, una rama de los chiitas —el zaydismo— ha dominado las tierras altas de ese país por miles de años. A excepción de los Zayditas, un punto en común de todas las comunidades chiitas es su sumisión política y social a los regímenes Sunitas durante siglos. Tal es el caso de Bahréin, con la familia del Emir Al Khalifa, o el caso de los regímenes que sucedieron el derrocamiento de Saddam Hussein en 2003, el caso de los chiíes libaneses, una comunidad despreciada y marginalizada por décadas hasta que en 1982 el Hezbollah se asentó en ese país, lo cual los llevó a una amarga guerra civil que puso a la agrupación de Imad Mugniyah en la escena. Es el mismo caso con los chiíes sauditas, a los que el wahabismo suní les prohíbe hacer sus rituales religiosos en públicos por considerarlos herejes.

El caso los alauitas de Siria —11% de la población—, ellos son una secta esotérica del chiismo, una comunidad pobre y maltratada durante siglos que ha jurado y ejecutado una certera venganza contra sus victimarios desde la llegada al poder de la familia Assad en 1970, gracias a un habilidoso proceso de infiltración del partido Baath.

Excluidos del poder político y de la carrera militar, los chiíes compensaron, —a instancia de los judíos, de quienes aprendieron estrategias de evolución grupal— que su ostracismo dio pie a la génesis de un espíritu empresarial que creó una burguesía citadina pujante. Una de las causas de la pobreza extrema en las comunidades chiíes radica en los procesos sociales propios del mundo beduino árabe. Los señores del desierto eran representados por las tribus camelleras nómadas que dominaban a sus paisanos sedentarios o seminómadas. Los sometidos debían pagar fuertes impuestos de “protección” a unas tribus armadas que cada vez que les provocaba desataban sangrientas razzias contra aquellos que veían como amenazas económicas en los rubros de agropecuarios y de la construcción. Países como Irak fueron receptáculos de invasiones beduinas que provenían de la península árabe. Al llegar a Mesopotamia, donde el agua dulce del Tigris y el Éufrates eran abundantes, los recién llegados no vieron razón alguna para seguir siendo nómadas.

Ese proceso de sedentarización significaría también una degradación de los estatutos y códigos sociales del mundo beduino. Esa sociedad pasó de ser una campesina nómada a una sedentaria y constructora de infraestructura en un proceso de asentamientos rápidos e intensos. El proceso suscitó la conversión en masa al chiismo, donde la ética correspondía a adaptarse a la situación de que las viejas tribus libres terminaron siendo esclavizadas.

El primer estado iraquí, fundado por los ingleses en 1920, ilustra como dos proyectos políticos se conocieron: por un lado —el occidental— el mandato británico, que buscaba respetar a las minorías para conseguir apoyo, y por otro, el de los árabes suníes, los cuales siempre tuvieron el monopolio del poder que heredaron del imperio Otomano durante siglos.

De Sykes-Picot a ISIS, pasando por Hezbollah

La invasión de Irak en 2003 a manos de EEUU puso fin a un sistema político para imponer otro, con armas inglesas y británicas se depuso a un suní nacionalista que oprimió a los Kurdos en el norte y a chiíes en el sur —donde está el petróleo— para colocar a un liderazgo chií que —para sorpresa de los conquistadores— no se hizo leal a sus libertadores occidentales sino a los líderes iraníes, llevando a la desestabilizada región a entrar en otra crisis.

El Estado Islámico no es sino la consecuencia de los suníes de rehusarse a aceptar el sistema de creencias de sus contrapartes históricamente excluidas. Y es que la verdad para Irak es la misma para el Líbano con la emergencia del movimiento Amal del ’75, del Hezbollah del ’82. La revolución islámica de 1979 dio aires de emancipación a las minorías, les dio un enorme poder a los activistas religiosos chiitas enconchados en un Occidente que los cobijó pensando que eran unas pobres almas embatoladas y golpeadas por siglos de violencia. Un Occidente que consideró que, si a los chiíes se les daba un chance, iban a portarse como unos caballeros y no entrarían en una vorágine de violencia y agresión revanchista contra el resto del mundo.

Basta con ver las veladas actitudes de Bahréin y Arabia Saudita a favor de la primavera árabe, fenómeno que en Siria rápidamente degeneró en una guerra sanguinaria entre alauitas y suníes. La misma cosa en Yemen, la primavera árabe —bendecida por Barack Hussein Obama— terminó en un enfrentamiento religioso en el cual los drones y jets piloteados por sauditas y americanos buscaban apagar un incendio con gasolina.

La irrupción del Estado Islámico en 2014 ilustra la forma en la que los árabes sunitas —sauditas— se rehusaron a ser excluidos en Irak por el régimen de tutela occidental de extracción chií e influencia iraní, caso similar a la democracia secular autoritaria siria.

De manera simbólica, el borramiento de la frontera siria-iraquí —legado del tratado Sykes-Picot— en julio de 2014 a manos del ISIS data de un siglo de amargo y resabiado rencor, por cuanto las promesas de los Aliados a los árabes de formar un reino árabe de tamaño considerable sobre las ruinas del imperio Otomano no se materializaron. El estado se mantuvo en las miras de los ‘asabiyya-s —nacionalistas—, aquellos pactos de sangre resultaron aquí y allá en un estado constante de agresión mutua.

De forma paradójica, la invasión occidental de Irak y la primavera árabe en Siria resultaron en la confirmación del histórico conflicto.

Balcanizando la región

Entre 2014 y 2017, el territorio iraquí se picó en tres, ilustrando el borramiento del estado central a beneficio de las comunidades religiosas (chiíes y suníes) y étnicas (árabes y kurdos). El llamado del ayatolá Sistani, en junio de 2014 a formar un frente de milicias chiíes, de la movilización popular, para tomar los territorios conquistados por ISIS lleva a confirmación de ese sistema de partición territorial. Aquella fue una campaña admirable y victoriosa, celebrada por el gobierno iraquí de manera concomitante con los iraníes y americanos. Toda vez que la elección de Donald Trump aceleró de forma irremediable el distanciamiento entre los dos promotores de ese sistema.

Lo que pasó después, fue que las calles iraquíes se inundaron de manifestantes para denunciar la corrupción de la clase política, la fragilidad del estado, la forma mezquina de los chiíes en el reparto de la renta que surge de la explotación de los recursos minerales de ese país. A la vez, la misma narrativa resonaba en Beirut, y en las grandes ciudades libanesas para reclamar las mismas cosas.

En esos dos países, la sustitución de los sistemas de gobierno por regímenes bajo la tutela de la batola de los ayatolás fueron los leitmotifs de los manifestantes. El ajedrez de la confrontación política y las reformas se ilustran por las dificultades a la hora de nombrar autoridades (uno suní en el Líbano y uno chií en Bagdad).

En Siria, el régimen Bacharista ha hecho la cosa de reprimir a la primavera árabe reformista usando la amenaza como disuasivo al poner a pelear a los alauitas de ese país con la contra que busca la balcanización de ese país a manos de kurdos, comunistas, suníes e israelitas, “una peculiar ensalada de beligerantes en una guerra civil que busca decidir por los sirios lo que ellos deben hacer por su cuenta”, como comenta la analista siria radicada en Australia Maram Susli en una entrevista para la realización de este trabajo.

“Los eslóganes de los ciudadanos de 2011 que protestaban contra Asad fueron rápidamente absorbidos por el fundamentalismo religioso que hizo prosperar a la maldad del salafismo wahabí yihadista”, afirma Susli. El valle del Éufrates terminó controlado desde Raqqa, capital administrativa del Estado Islámico. Mientras tanto, Al Qaeda terminó en el oeste de Siria tanto que la metrópoli del norte, Alepo fue devastada por los diversos grupos que buscaban hacerse con ella ante la mirada atónita de la prensa occidental que beneficiaba de forma ingenua a terroristas glorificados como rebeldes ante las lentes occidentales, mientras que la realidad era otra.

Lo que ocurría —y sigue ocurriendo— es que la “oposición” a Asad constaba de una mezcolanza de caudillos formados por Al Qaeda, a los que los americanos neoconservadores les dieron armas con la esperanza de que antagonizaran al régimen sirio por su cercanía con el terrorismo de los violentos años setenta y ochenta. Herencia de una Agencia Central de Inteligencia americana que constantemente mete la pata, como lo hizo entre 1985 y 1986 cuando dicha institución pactó acuerdos con los carteles de la droga colombianos y mexicanos para permitirles que los narcóticos llegaran a EE. UU., a cambio de que algunas de las ganancias llegaran a la Contra nicaragüense que luchaba contra los sandinistas.

La alianza entre Bachar el Asad y Vladimir Putin permitió reconquistar Alepo en diciembre de 2016 y una buena parte del territorio sirio que había sido arrancado del control de Damasco.
Alepo antes que Mosul vivió el infierno de los bombardeos. Bombas americanas en Mosul, rusas en Alepo. A su vez, fue una coalición de milicias chiíes provenientes de diversos países que jugaron un rol decisivo —bajo el comando del fallecido Qassem Soleimani— permitiéndole al ejército sirio tomar de vuelta control sobre el territorio.

Un acuerdo permitió la infiltración de Idlib, al suroeste de Alepo de combatientes que quedaron atrapados allí. En Yemen, los Zayditas gradualmente se han asimilado a la corriente chií mainstream, de la cual vienen. Los Houthis, cuyo nombre toman de un líder Zaydí, tomaron el control de las tierras altas y de la capital Sana’a en 2014. Una coalición árabe suní dirigida por Arabia Saudita bombardea de forma indiscriminada —con armas de fabricación americana y europea— la región desde hace un lustro matando en igualdad a combatientes y civiles.

La gran discordia que reina hoy entre las principales ramas del islam es un factor que —pleitos milenarios de faldas aparte— está intrínsecamente atado al actual estado de bancarrota de varios estados árabes.