En nuestros tiempos, el elemento identitario ha surgido como un recurso discursivo omnipresente en la narrativa política. Sea para fustigar a sus proponentes, sea para enarbolar sus banderas, la identidad y lo identitario vuelven a irrumpir.

Vuelven, porque la idea identitaria es una de esas que por lo antiquísimo nos parece novedosa. Se nos olvidó que existía.

Hablar de identidad implica revalorizar la atávica pasión de aprecio por lo propio. Se relaciona, con la idea clásica de defensa del sagrado suelo patrio, terruño de cariz divino por ser herencia de ancestros y bóveda de sus huesos. Establece en su forma más primal una relación de sinonimia con la noción de tradición.

En esencia las políticas identitarias no replantean lo público, en su lugar, retoman el debate en donde Occidente lo dejó tras la irrupción de las ideologías como cosmogonía secular.

Anteriormente, la discusión identitaria no poseía el quid de la acción política debido a que el hombre tradicional asumía como suyos un conjunto de valores éticos y culturales que perfilaban su cosmovisión dentro de la lógica primero clásica del universo helenístico y, posteriormente, religiosa de la civilización cristiana.

El debate sobre qué conforma la identidad es novedoso, en razón que tras el derrumbe de la arquitectura social pre-revolucionaria, las naciones y las ideologías economicistas fungieron de reemplazos seculares al imaginario colectivo legado por la religión.

De modo, que solo se entiende el cuestionamiento hacia la identidad propia, el qué-soy, si se considera al afán ladino de su descontrucción como moda intelectual de la izquierda contemporánea. El desconstructivismo propulsado por el relativismo moral ha conseguido atomizar y disgregar las estructuras identitarias básicas de toda sociedad sana.

De allí que surjan identidades estériles y sintéticas que lejos de corresponder a una evolución orgánica de la acción humana, responden a corrientes de pensamiento pasajeras. La identidad nacional o familiar es dejada de lado, priorizando construcciones ideológicas como la identidad sexual o de especie.

El hombre moderno se identificaba como un caballero cristiano, perteneciente a un país determinado; el de hoy desconoce si es hombre y de siquiera es humano.

Toda una contracultura de gimoteos trasgresores se ha fabricado en torno al afán de identificarnos por lo que no es. La araña mecánica nos inhibe de nuestra esencia espiritual y pasional, disecciona la psique contemporánea y nos encapsula en etiquetas basadas en nimiedades, como nuestra preferencia sexual.

¿Qué estandarte debiera desatar pasiones? ¿Aquella bandera por la que nuestros antepasados mataron y murieron en aras de legarnos una tierra próspera, o un arcoíris?

Hay liberales que, como casi siempre, simplifican el debate a un tema de sencilla enemistad pública. Ven en las políticas identitarias una amenaza para la concordia, aquella panacea necesaria para el comercio, por lo que les condenan arrojando en un mismo saco al patriota y al comunista.

Nada más lejos de la realidad, una de las razones por las cuales Occidente está en crisis es por haber demolido su identidad. Mientras China, a pesar del cáncer comunista, conserva los rasgos culturales propios de su civilización; nuestros conciudadanos desconocen nociones básicas de lengua e historia nacionales.

Un regreso a la nacionalidad, a la hispanidad, a la europeidad. He allí donde reside la cura para nuestra corrosiva lepra. Aunque, no nos equivoquemos, de lo que hablamos no es un brebaje mágico, sino de un tratamiento lento, doloroso y que se aplica con bisturí.

No importa que tan grande sea el sacrificio, revitalizar nuestra verdadera identidad nos conducirá a una auténtica y ordenada libertad: aquella en que ausentes de perturbaciones triviales, nos permitirá la máxima délfica… ¡Conócete a ti mismo!