Por Manuel De La Cruz

Hay derrames petroleros en Venezuela dañinos para nuestra tierra, a la par que abundan derrames de tinta perjudiciales para la mente.

Desfilan entre las columnas de opinión de los diarios, ahora digitales, centurias de artículos que nada articulan. Difunden concepciones erradas sobre el trágico destino de Venezuela, y valoran con supino desacierto las dimensiones de la catástrofe. La palabra crisis evoca un interludio transitorio, jamás dos décadas de oprobio.

Hace poco presenciamos uno de los episodios más irónicos de la intelectualidad pro status quo. Mientras la ONU tardíamente acusa la naturaleza criminal de la tiranía socialista, los propagandistas de la izquierda interina desestiman el adjetivo totalitario para describir el «régimen con deficiencias democráticas» que encabeza el PSUV. Más lo de lo mismo.

No es un flaco favor, tampoco anímico, el que hace esta gente. Se trata de un asedio directamente dirigido a cualquier escenario de reconquista real de la libertad. ¿Por qué?

El aparato propagandístico de la oposición oficial en Venezuela tiene entre sus objetivos aminorar la nefasta obra de destrucción del chavismo. Difunden entre las esferas internacionales la imagen de un país arruinado por una supuesta ineficiencia gubernamental, que eventualmente podrá ser reemplazada por métodos pacíficos. Ocultan la verdad. El chavismo hundió a Venezuela en la miseria con alevosía, usó la violencia para conquistar el poder, usa la violencia para preservar el poder y solo tendrá un desenlace violento.

Bajo la premisa de un gobierno de «características autoritarias» o de «partido hegemónico pero no único», que es «malo pero no para tanto», la oposición concubina sitúa a Venezuela en un limbo.

Arrojan al país a las orillas del Estigio, para ellos no estamos tan mal como para admitir el uso de la fuerza pero sí lo suficientemente deteriorados para recibir ayudas humanitarias. De ese modo, la vocación mendicante de la oposición tabernaria es desvergonzadamente pública y notoria. La libertad de Venezuela les arruinaría la estafa piramidal, y encima les obligaría a trabajar honradamente.

Cada vez que alguien subestima al chavismo, sea por la crudeza de sus crímenes o la dimensión de sus fechorías, tenemos que hacer caso omiso.

El socialismo del siglo XXI es perverso, un criterio quizá hasta demoníaco que destruyó una de las naciones hispanas más prósperas del orbe. La logia detrás de la barbarie está conformada por un ejército de astutos conspiradores, formados por la guerrilla, las escuelas de cuadros de los partidos revolucionarios, la universidad venezolana de profesorado allendista y las fuerzas armadas infiltradas por el PCV.

Entendido esto, nuestro tono debe ser contundente. No debemos permitirnos ambigüedades, ni mucho menos el lujo de ser neutrales cuando toca ser completamente parciales con Venezuela.

Las letras que difundamos debe encarnar un reclamo concreto y más que justificado: ¿Qué hacer?¡Tenemos que matarlos a todos!

A la cúpula del PSUV, a los oficiales del cartel de los soles, a los agentes de la inteligencia cubana, a los estrategas del Foro de Sao Paulo, a los colectivos, a los propagandistas del contubernio, a las cabecillas del clan de los cómplices, a los terroristas extranjeros… ¡Tenemos que matarlos a todos!

¡Que no quede ninguno! Se trata de una labor higiénica fundamental para la reconstrucción. Hay que amputar el tejido gangrenoso de la sociedad, extirpar el tumor cancerígeno y drenar tanto pus.

Hay que matarlos a todos. Sí. Ese es el qué con el que podremos contestar interrogantes de segundo orden como quién, cómo y cuándo se hará la labor vindicadora. Centrémonos en el qué hacer.

Amigos, difundir esta meta es fundamental aún no se esté de acuerdo con ella. Así como ondear la bandera de guerra a muerte fortificó el esprit de corps de la resistencia aún cuando entonces no se articuló plan alguno para ejecutar a la cúpula chavista.

Tal consigna revitaliza el ánimo y el espíritu combativo de este bando, a veces engullido por la zozobra. Y más importante, es un ataque directo contra la moral de tropa al servicio del chavismo.

Debemos ganarnos el respeto de las alimañas, así sea por el miedo. Los miembros de la oligarquía no pueden tener paz, siendo la bomba en el automóvil o el veneno en la comida temores que les acompañen en cada paso, cada respiración y cada latido. Así jamás les toquemos, debemos adueñarnos de su psique. Hacer que la élite desesperada y atemorizada erre con huidas, dilaciones y pugnas internas.

Socavar la moral del enemigo, paso imprescindible para lograr nuestra victoria.