Por Manuel De La Cruz

La política es una esfera ineludible en el mundo contemporáneo, incluso se ha llegado a suponer que detrás de toda acción humana existe siempre alguna intención política. Aun así, pocos son los que conocen qué es la política.

La política en la era clásica

La introspección lingüística nos ofrece un marco teórico adecuado para abordar el estudio de la política. Su etimología procede de la voz griega Polis, referente a las unidades políticas que conformaban la Hélade y que a posteriori designamos como ciudad-Estado. La terminación «-ica» indica aquello que es relativo a algo. La política englobaba entonces, los asuntos relacionados a la ciudad y la ciudadanía.

Para reforzar este punto, resulta relevante que en el pensamiento griego ya existía la diferenciación entre politai(ciudadanos) y demos (pueblo).

En Aristóteles (384 – 322 a. C.) la Polis es una asociación voluntaria de hombres libres cuyo fin es la eudaimonía, que se traduce en la vida de forma virtuosa conducente a la felicidad. La política aparece como conocimiento crucial para el hombre, al ser el conocimiento que permite el desarrollo correcto de la vida en comunidad.

El pensamiento aristotélico sostiene la existencia de un orden natural establecido, una cosmogonía perfecta en donde una causa final es intrínseca a la existencia de todo ser. Las ciencias, los oficios y roles en el que el hombre se desenvuelve en sociedad, responden a la natural inclinación de cumplir con la órbita asignada en el sistema universal.

Si el bien perseguido por el zapatero es la confección de zapatos de la mejor manera, y la existencia del soldado estriba en su excelente desempeño en el campo de batalla; para Aristóteles, la labor del político es de una ponderación aún más elevada: designar qué bienes procura cada ciencia dentro de la polis.

Platón (427 – 347 a. C.), mentor de Aristóteles, otorgaba a la política una función de carácter cuasi divino, exponiendo que esta dota al hombre del orden necesario para su recta formación y conducción durante su temporal estancia en la tierra.

Desde una perspectiva esotérica, la política junto a la paideia (educación) tendrían como fin el elevamiento del alma inmortal, de modo que el próximo tránsito tras la reencarnación sea menos azaroso. El buen gobierno es aquél que vela por el elevamiento moral de sus gobernados, teniendo como guía el crisol de la justicia. La política es la ciencia de abrir y elevar el ojo del alma, la razón.

Aristóteles en su Ética a Nicómaco expone la naturaleza superior de la política con respecto a las demás ciencias:

Todo arte y toda investigación e, igualmente, toda acción y toda elección libre parecen tender a algún bien. […] Si, por tanto, de las cosas que hacemos hay algún fin que queramos por sí mismo, y las demás cosas por causa de él […], es evidente que este fin será lo bueno y lo mejor. […] Si es así, debemos inten­tar determinar, al menos esquemáticamente, cuál es este bien y a cuál de las ciencias o facultades pertenece. Parecería que ha de ser la suprema y directiva en grado sumo. Esta es, manifiestamente, la política.

De entre las múltiples nociones clásicas sobre la política, fueron las visiones platónica y aristotélica las que mejor sentaron la idea de política como orden.

Las ideas de política como orden y como lucha

El orden es la armonía entre los distintos elementos que constituyen un ente, v.g. el Estado. Se trata de la faceta estática de la política, una visión del poder desde las múltiples relaciones existentes en la sociedad, sus protagonistas y los procesos por los cuales aquellos procuran la preservación de la paz.

La instauración y manutención del orden dependen de la voluntad. El problema de lo político radica en la discordia provocada por las múltiples posturas sobre el cómo debería constituirse el orden, origen de las incesantes querellas habidas en toda comunidad humana. Lo estático se disuelve ante la dinámica de las desavenencias. La política entonces se muestra como una esfera caracterizada por lo polémico, se trata de la idea de política como lucha.

La perenne tensión suscitada por la mutabilidad no es un tópico nuevo,  Heráclito de Éfeso (544 – 484 a. C.) proclamó en su tiempo lo ineludible del cambio, y la lucha como ejes de la existencia humana: la dialéctica nace con la concepción de que sólo a través del enfrentamiento son apreciables las diferencias. En sus palabras, «la guerra es el origen de todo».

Manuel García-Pelayo en su Idea de la política, resume las dos visiones en los siguientes términos:

La política intuida como lucha gira en torno al poder, es más, tiende a disolverse en relaciones de poder, pues no hay lucha sin poderes contrapuestos, y, al girar en torno al poder, tiene como supuesto el despliegue de la voluntad, pues justamente el poder supone una resistencia a la que la voluntad trata de allanar. En cambio, la política intuida como paz o como orden gira, […] en torno de la justicia, a la que puede entenderse sea como un orden natural y objetivo de las cosas, que no es creado, sino descubierto por el hombre, sea -lo que es más certero- como una síntesis de los valores por y para los cuales se construye hic et nunc la convivencia política.

Para definir la política, apelaremos a una síntesis entre las dos ideas de orden y lucha:

La política es el conflicto perenne entre voluntades por imponer y preservar un orden. Es la esfera del conocimiento que mejor encarna la naturaleza polémica del hombre y con la cual, de forma ineludible, las culturas constituyen los senderos conducentes tanto a la felicidad cívica y la paz, como a la disgregación y la guerra. De la política depende la existencia, unidad y convivencia de las asociaciones humanas, así como de ella también se origina la disolución de las mismas.

La política como criterio

Las definiciones de política y lo político son tan variopintas como el innumerable contingente de pensadores que a lo largo de los siglos han disertado sobre el tema. Se explica la extensa multiplicidad de argumentos, por la variedad de abstracciones con las que se ha intentado justificar la acción política.

Las interpretaciones morales de los fenómenos políticos han engendrado sistemas complejos que han llegado a imponerse y perecer como paradigmas de una época. Pensemos, por ejemplo, en la influencia decisiva de Santo Tomás de Aquino (1224-1274) en el pensamiento político medieval y moderno.

Tal y como Nicolás Maquiavelo le retrata, la política es un arte en el que el hombre se encuentra inmerso al ritmo de sus latidos con sus pasiones y temores; y que semejante a las artes estéticas, plasma con su acción las particularidades de su esencia.

¿Cómo abordar con la neutralidad requerida por la academia, una esfera que se caracteriza por su parcialidad?

Carl Smichtt (1888-1985) jurista y realista político alemán, solventó parte del problema al plantear la posibilidad de abordar a la política como un criterio. El eje central de su argumento se fundamenta en la necesidad de independizar la idea política de las interpretaciones éticas y estéticas que a través de valores distorsionan las relaciones de poder y la naturaleza de los hombres en pugna.

A su vez, la comprensión de lo político requiere que revitalicemos el término y tracemos linderos concretos entre lo que abarca y los demás elementos de la sociedad. No se puede llegar a entender lo político, si se le reduce a ser la rama de alguna otra ciencia.

El concepto de lo político se define entonces como el criterio amigo-enemigo. Dupla que similar a las contradicciones bueno-malo en el orden moral, y bello-feo en el orden estético, designa una relación de contrarios  cuya identidad se reafirma con aquello a lo que se oponen. Schmitt lo expone de la siguiente manera en su Concepto de lo político:

Si la distinción entre el bien y el mal no puede ser identificada sin más con las de belleza y fealdad, o beneficio y perjuicio, ni ser reducida a ellas de una manera directa, mucho menos debe poder confundirse la oposición amigo enemigo con aquéllas. El sentido es marcar el grado máximo de intensidad de una unión o separación, de una asociación o disociación. Y este criterio puede sostenerse tanto en la teoría como en la práctica sin necesidad de aplicar simultáneamente todas aquellas otras distinciones morales, estéticas, económicas y demás. El enemigo político no necesita ser moralmente malo, ni estéticamente feo, no hace falta que se erija en competidor económico, e incluso puede tener sus ventajas hacer negocios con él. Simplemente es el otro, el extraño, y para determinar su esencia basta con que sea existencialmente distinto y extraño en un sentido particularmente intensivo.

En la concepción schmittiana de lo político, lo crucial es el grado máximo de asociación o disociación existente entre los hombres. Se trata del modo en que una comunidad considera amigos, es decir suyos, a los individuos con los que comparte identidad, v.g. los nacionales, los ciudadanos, et cetera; a diferencia de los enemigos que serían los otros, que en su máxima expresión encarnan la hostilidad foránea.

Hannah Arendt (1906-1975) critica el aforismo latino aristotélico que reza homo est naturaliter politicus, id est, socialis («el hombre es político por naturaleza, esto es, social»), al acotar que la acción política solo es posible como interacción entre una pluralidad de hombres que dependen del discurso para lograr el entendimiento. En pocas palabras, un hombre no hace política en sí mismo, sino cuando recurre al discurso con otro.

Tanto en Schmitt como en Arendt impera la idea de otredad como definitoria de lo político, sea la tensión polémica amigo-enemigo, sea la posibilidad de acuerdo a través del discurso. La política en definitiva subscribe la necesidad del otro.

De allí que sería preferible desechar la sinonimia entre político y social, y apelar a las raíces griegas del término zoon politikón para entender al hombre como animal político en tanto que participa activamente en la Polis. Esto es, un modus vivendi centrado en su capacidad discursiva, que a diferencia del resto del reino animal, le permite disertar con sus congéneres las nociones de lo justo, lo bueno, lo bello y lo conveniente.

La palabra meditada, el logos, capacita al hombre para designar un sistema común de valores para la Polis, y en consecuencia, su existencia supera la mera supervivencia instintiva y trasciende al buen vivir, a la eudaimonía. Conforme estos valores pactados o intuidos se reproducen, se suscitan los procesos de adopción o rechazo de los mismos, surge la identidad colectiva y con ella los amigos y enemigos. Esto es política.