Por Manuel De La Cruz

La marcada popularidad del análisis geopolítico en las comunidades digitales contemporáneas tiene una explicación práctica: el acceso masivo a fuentes abiertas facilita el pronóstico de movilizaciones militares que hace años resultaban secretos de Estado.

La todavía inconclusa globalización, tiene efectos telúricos en los paradigmas políticos. El acceso masivo de información otorga al cardumen el material idóneo para diseccionar, ver bajo la lupa y analizar cuanto hecho bélico ocurre a cientos de kilómetros de nuestras fronteras sin caer en cuenta de lo que pasa en la inmediatez.

Allí, otro ardid preparado por la democratización cultural: el consumo irrestricto de datos por quiénes no han aprendido a digerir con el cerebro.

Siempre agradezco a mis lectores y escuchas por su tiempo, les creo con un criterio semejante al que yo mismo practico, es decir, un escogimiento minucioso del contenido intelectual que consumimos.

Debemos pasar siempre un tamiz por sobre la marea de notificaciones y titulares altisonantes. ¿Quiénes escriben esos variopintos «cables diplomáticos» encontrados en twitter? ¿Un politólogo, un militar, un internacionalista o quizá un advenedizo que siquiera ha intentado leer a Tucídides más allá de frases aisladas? En la mayoría de los casos, me temo que son más de los últimos.

El problema no radica en que estos demiurgos del análisis político hablen, sino que se les escuche. Que sean seguidos en este concurso de popularidad, que no de conocimiento, encarnado por las redes sociales para confundir más a su audiencia.

¿Qué importa para un hispanoamericano, el interminable conflicto en Nagorno Karabaj, cuando en su realidad inmediata existe un régimen de terror con la capacidad de infiltrar agentes subversivos en los gobiernos vecinos?

Mientras muchos se apasionan por las efímeras facciones paramilitares que nacen y mueren en el Kurdistán iraquí, sin siquiera conocer la existencia de sus admiradores occidentales, la lepra narco-socialista infesta a la hispanidad entera desde Buenos Aires hasta Madrid.

Hay guerras de información, y su objetivo es magullar la capacidad analítica de quiénes se interesan en política, o al menos, despistar su atención: así desvían su mirada hacia conflictos lejanos, a veces irrelevantes, no solo en espacio geográfico sino en dimensión temporal: ¡Hay quiénes polemizan sobre la Caída de Puerto Cabello o la Toma de las flecheras!

Amigos, vale quien hace. Y hoy la palabra categórica de acción estriba en la Reconquista material de Venezuela. Al derrocar la tiranía comunista liberaremos de la infección a los confines espirituales de nuestra civilización común. Sin la capital ideológica en que se ha constituido Caracas, casi reemplazando a La Habana en la órbita socialista revolucionaria; capitularán los proyectos de expansión y sumisión totalitaria.

Venezuela es hoy el hito geopolítico más importante de la hispanidad. Es el centro de la constelación socialista que financia y promueve la desintegración de las sociedades hispanoamericanas. En lugar del sol, un agujero negro remueve los astros estatales que le rodean, sus mercenarios políticos empujan a las sociedades hasta la oscuridad desoladora mediante promesas de igualdad y prosperidad. Naciones, futuros y vidas; la energía que consume este tártaro sideral.

Lo político como criterio se basa en el grado de hostilidad que admitimos con el otro. No hay otro juicio de valor que aminore la rotundidad de la dimensión amigo-enemigo. El enemigo puede ser bello, admirable, compartir nuestra religión y principios, pero no deja de ser enemigo si amenaza nuestra existencia.

Ergo, la geopolítica debe retomar su lugar como disciplina de análisis de la relación entre la posición geográfica y la Razón de Estado, en vez de encarnar ídolo y excusa de mediocres para justificar sus simpatías con el Kremlin.

La coherencia o la afinidad ideológico-cultural carece de relevancia ante hechos como el conflicto ucraniano o la rebeldía de Hong Kong: apoyo al que socave las bases del bloque euroasiático, así yo mismo esté a favor de la integridad nacional en mi propia realidad. ¿Hipocresía o realismo?

Por eso la izquierda promueve los separatismos en España a la vez que consolida regímenes centralistas allí donde gobierna. Sin lugar a dudas la integridad nacional es ventajosa por encima de las identidades centrípetas y también ellos lo saben.

El estadista no solo procura que los suyos practiquen lo que es mejor para sí mismos, también que sus rivales jamás alcancen ese entendimiento.

Solo quiénes pueden auxiliarnos o promover condiciones favorecedoras para la Reconquista bélica de Venezuela pueden ser considerados amigos circunstanciales. El resto, sobra.

Es con ese enfoque, desde el espíritu, con el que debemos observar al mundo y sentar posición. Resulta irrelevante la vistosidad de un uniforme o la justicia de una causa si esta no se alinea o favorece la Reconquista de Venezuela. Así sean mis correligionarios ideológicos, les combatiré a muerte si defienden los intereses de Caracas o Pekín.